Escribes demasiado bello ¿Qué quieres que te diga?... feliz tú. A veces quisiera convertirme en palabras coordinadas de manera tal que pudiera expresar completamente qué es una nube, una mujer, una estrella, un sentimiento. No puedo. Entonces humildemente araño con la tierra de mis uñas -pobremente- palabras a la verdad de las cosas y apenas las describo. Nunca satisfecho, nunca completo, lo que escribo son débiles reflejos de la maravilla implicada en cada cosa. Y esa maravilla, si pudiera yo expresarla con palabras como tú sí puedes hacerlo, es la poesía.
No sé si tu retrato de palabras (Desahogo) es en verdad un retrato o una ficción (a veces los/as poetas pueden desboblarse bellamente). Si fuera en verdad tu lienzo tu retrato del día dos de febrero, te diría en primer lugar lo penoso que es para mí no creer en dioses en este momento (pero en verdad no creo). Creo, eso sí, en el misticismo puro y mágico, enorme hasta la infinitud más allá de lo pensable, del que somos capaces los seres humanos. Somos para la vida. Cuando un corazón sangra y se siente herido es porque está profundamente aferrado a la vida.
Tengo 50 años (a partir de tu fotografía de imagen, creo, bastantes años más que tú). Los años y serias cicatrices me enseñaron que alguien hay dispuesto/a a acompañarnos, entre mucha gente no dispuesta (dispuesta a extraer de nosotros y a no dejarnos nada). Se trata de una espera activa, espera que busca lo que quiere sin dejarse herir tan fácilmente. Y en verdad resulta un reto aprender a distinguir a las personas de los seres mutantes deshumanizados, tan solo con apariencia humana; inclusive cuesta, de entre las personas-personas, distinguir a aquellas que serían buenos/as amigos/as de las que tendrían potencial para vivir sus vidas a través de las nuestras y vivir nuestras vidas a través de las de ellas... esas personas en cuyas manos terminamos colocando completo nuestro corazón vivo.
Con mis cincuenta años me provoca ternura y alivio ver a gente joven sufrir por estar viva y asumir el dolor con poesía, como tú lo estás haciendo. Si pudiera, te vería profundamente a los ojos, esbozaría una sonrisa y depositaría delicadamente un beso en tu frente que te produjera paz, alivio. Te pediría dulcemente que dejaras el cuaderno, la computadora, y que cantaras un poco conmigo. Luego, te contaría alguna historia humana de alta sensibilidad y rogaría a la vida que poco a poco te sumergieras en las brumas silentes del sueño reposado. Finalmente, ya dormida, te contemplaría siete o diez segundos, repararía en la manta (si te cubre bien, si te protege) y en la almohada. Solo después de todo eso me esfumaría por donde fui, algún camino nocturno de faroles y calles marineras, hacia un bar, un par de copas y probablemente alguna conversa... sin que se me fuera del todo de la mente tu imagen dormida.
Si escribiste una ficción: felicitaciones. Lograste transmitirme todo eso que te escribí antes.