Edel Vicente
Poeta recién llegado
Tímidamente sale la aurora,
La ciudad con pereza se despierta
El puerto todo máquinas, pueblo alerta
El barco atracado su hambre aflora.
Al fin su gigantesca fauces, embiste
En un pis pas todo lo engulle;
Remolino de motores que zambulle,
Faros titilantes y pasos que no viste.
La diestra tripulación las amarras suelta,
Lentamente la ciudad se va alejando,
Veo desde la popa la estela buscando
La quilla entre la espuma envuelta.
Allí sentado, en solitaria butaca
Mi esqueleto añora y descansa,
Mientras allá, en la cumbre mansa,
La mujer duerme y su pena aplaca.
Adentro y fuera de aquella casa,
donde trabaja sin descansar;
la vida se le va en cuidar
Al rebelde abuelito, que la rebasa.
Laboriosa la tortilla adereza,
Mantiene la pulcritud del aposento,
Prepara con celo el condimento
Siempre muy erguida la cabeza.
Dulce envidia me provoca,
Aquel díscolo ancianito;
Al amparo de la manito
Que ausente de mí, no me toca.
Desde mi vigilia disfruto
De todo un mar de crespones;
Que agolpados y a empujones
Rinden a la fuerza tributo.
¿Por qué hoy, no le veo belleza
A ese remanso de onda en onda?
¿Será que por mi mente ronda,
Un sentimiento de tristeza?
No me embarga tristeza alguna,
Sólo la nostalgia por su ausencia
Y duele la obligada carencia,
Del abrazo que el amor acuna.
Así transcurre nuestra existencia,
Con devoción, amor y lealtad;
Por veces apartados y en soledad
Sin que nos aflija, la forzada ausencia.
La ciudad con pereza se despierta
El puerto todo máquinas, pueblo alerta
El barco atracado su hambre aflora.
Al fin su gigantesca fauces, embiste
En un pis pas todo lo engulle;
Remolino de motores que zambulle,
Faros titilantes y pasos que no viste.
La diestra tripulación las amarras suelta,
Lentamente la ciudad se va alejando,
Veo desde la popa la estela buscando
La quilla entre la espuma envuelta.
Allí sentado, en solitaria butaca
Mi esqueleto añora y descansa,
Mientras allá, en la cumbre mansa,
La mujer duerme y su pena aplaca.
Adentro y fuera de aquella casa,
donde trabaja sin descansar;
la vida se le va en cuidar
Al rebelde abuelito, que la rebasa.
Laboriosa la tortilla adereza,
Mantiene la pulcritud del aposento,
Prepara con celo el condimento
Siempre muy erguida la cabeza.
Dulce envidia me provoca,
Aquel díscolo ancianito;
Al amparo de la manito
Que ausente de mí, no me toca.
Desde mi vigilia disfruto
De todo un mar de crespones;
Que agolpados y a empujones
Rinden a la fuerza tributo.
¿Por qué hoy, no le veo belleza
A ese remanso de onda en onda?
¿Será que por mi mente ronda,
Un sentimiento de tristeza?
No me embarga tristeza alguna,
Sólo la nostalgia por su ausencia
Y duele la obligada carencia,
Del abrazo que el amor acuna.
Así transcurre nuestra existencia,
Con devoción, amor y lealtad;
Por veces apartados y en soledad
Sin que nos aflija, la forzada ausencia.