Évano
Libre, sin dioses.
Pasea por el puente mi cuerpo reflexivo
y observa una corriente con destellos que brillan
en colores de bronces y diamantes que fluyen;
luz del sol emanando de un fondo en canto y piedra.
Es cauce que adolece cuando uno ya no es joven.
Vuelvo a la infancia y miro otra vez la memoria,
a mi aldea por brazos de montes recogida,
abnegada a tejados que desean el suelo
y a paredes que abrazan ventanas que preservan
al frío de un fuego que vuela del cielo a un niño
que derrama la vida en sus versos y escritos.
Y levantan las nubes mi cuello y me hacen ver
lo rotas que navegan hacia el final de mí.
Soy el semicírculo del fin del horizonte,
donde caen los sueños que lancé en la niñez.
Hoy solo tengo reflejos que titilan las aguas.
Hay un chopo varado por la escasa corriente,
como esqueleto viendo la entrada del nicho
y de raíz aferrada al aliento de ayer.
Extrae sus manos de ramas blanquecinas;
es un grito de auxilio por la muerte que viene;
una vida arrastrada sin luchar ni querer.
Me mete el árbol dentro de una mente finita
y comprendo que fui una gota de tiempo,
disipada del cauce de sueños imposibles,
para viajar por soplos de unos vientos ajenos
y arrojado de nubes que viajan a horizontes
que jamás alcanzó mi esperanza abatida.
Sé la parte que soy dentro del universo:
soy diminuto, como la gota que reluce
en colores de bronce por los cauces de un río;
soy frágil, un insomnio viajando por los aires
que arrastra la corriente de los vientos ajenos;
soy el chopo atrapado en pilastras del puente,
temeroso del nicho que van viendo mis ojos.
Y me quiero aferrar al hoy, pero la tierra
ya es tejado y ventana y pared y montaña,
y me entierra a mi frío, separando el calor.
Quedarán los recuerdos y mi nombre caído,
atrapado por siempre por las letras de aldeas:
esos versos que surgen de ramas de relámpagos
y que vienen del cielo que jamás alcanzamos.
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