Love Craft
Poeta asiduo al portal
Las puertas de la sala de espera esperaban impacientes tragarse a los pacientes. Sonaba tan vacío, que las agujas del reloj nostálgico, sumergidas en níveo agujero, merodeaban en el suelo como inquietas al resurgir del Sol. El blanco enfermaba el clímax, como nieve a la estantería de troncos ramificados; una sola gota de sangre gritaba en las paredes pulimentadas, y los reflejos que producían captaban la realidad del mundo en base de propios conceptos: gélido, sombrío, reservada a la expiración nuestra vida, con esperanza amarilla en las bisoñas flores del cannabis.
El péndulo cual marea se balanceaba sobre mí, cortaba el tiempo o de él pendía. El filo del monte mataba, sin en nuestros ojos las nubes grises desterrarse.
Los frutos maduros de conocimiento marcaban un tatuaje en la piel, sedaban con golpes de grávida gravedad. Las manzanas distraen los labios, desmayados nos deslizamos como gaviotas muertas en cerúlea tumba, las difuntas estrellas se adormecen sobre mis brazos: es todo un Cielo cayendo, o yo a él subiendo.
La anestesia suaviza el curso proceloso del dolor, presiona los nervios a dormir sueños siniestros. Los túneles están cerrados. Ningún grito se pega a mis sentidos que despierten el correr descalzo, ninguna mirada prende las linternas del camino necesario. Todos drogados, todos exasperados.
Y como todo en mí precipitaba, los alaridos de amordazados se condensaron en mis venas, se agrandaban cual círculos en el agua, como si la raíz del grito no se diera en la garganta, sino desde las profundidades del ser. Lo único vívido aquí es un rumor de hiedras enroscándose desde los pliegues del naufragio, sierpes y ortiga en asfixiados antebrazos.
Por el grillete del letargo encarcelado, las cadenas de la Muerte abrazan, como único consuelo, el cuerpo del Alma extraviada en el último trance. Pienso que la morfina está libre de este tratamiento, que el acero se filtra en mi pecho a través de las fisuras del remordimiento, la carne cortada, el corazón buscado. Las higueras se doblegan, la sabiduría dormía, todo paso tambaleaba.
Pregunto, una vez despierto: ¿qué arrancaron de mi cuna, que siento el llanto en el viento y no en mis entrañas? Dormimos despiertos, despiertos dormiremos, las sílabas nerviosas me sueñan aquel suceso. Ellos cosieron mi boca con silencio, mis heridas con cinta negra – aunque la nieve esconda sus huellas en vendajes y palomas muertas-, y mis lágrimas y hemorragias engastaron zafires y rubíes en el hilo, como un collar de cicatrices. Pero por un instante, no comprendo por qué en mis manos sostiene el guante sangre y quirúrgicos, las agujas clavadas y las tijeras con las vendas quedar entreveradas.
Las sombras son ahora títeres manejados por lazos de carne; el agua es agua cuando bebida es debida; el aire, aire donde pinceles aguados se secan; el suelo, suelo porque es pisado.
Todos anestesiados, todos drogando. Todos engañados, todos mintiendo.
El péndulo cual marea se balanceaba sobre mí, cortaba el tiempo o de él pendía. El filo del monte mataba, sin en nuestros ojos las nubes grises desterrarse.
Los frutos maduros de conocimiento marcaban un tatuaje en la piel, sedaban con golpes de grávida gravedad. Las manzanas distraen los labios, desmayados nos deslizamos como gaviotas muertas en cerúlea tumba, las difuntas estrellas se adormecen sobre mis brazos: es todo un Cielo cayendo, o yo a él subiendo.
La anestesia suaviza el curso proceloso del dolor, presiona los nervios a dormir sueños siniestros. Los túneles están cerrados. Ningún grito se pega a mis sentidos que despierten el correr descalzo, ninguna mirada prende las linternas del camino necesario. Todos drogados, todos exasperados.
Y como todo en mí precipitaba, los alaridos de amordazados se condensaron en mis venas, se agrandaban cual círculos en el agua, como si la raíz del grito no se diera en la garganta, sino desde las profundidades del ser. Lo único vívido aquí es un rumor de hiedras enroscándose desde los pliegues del naufragio, sierpes y ortiga en asfixiados antebrazos.
Por el grillete del letargo encarcelado, las cadenas de la Muerte abrazan, como único consuelo, el cuerpo del Alma extraviada en el último trance. Pienso que la morfina está libre de este tratamiento, que el acero se filtra en mi pecho a través de las fisuras del remordimiento, la carne cortada, el corazón buscado. Las higueras se doblegan, la sabiduría dormía, todo paso tambaleaba.
Pregunto, una vez despierto: ¿qué arrancaron de mi cuna, que siento el llanto en el viento y no en mis entrañas? Dormimos despiertos, despiertos dormiremos, las sílabas nerviosas me sueñan aquel suceso. Ellos cosieron mi boca con silencio, mis heridas con cinta negra – aunque la nieve esconda sus huellas en vendajes y palomas muertas-, y mis lágrimas y hemorragias engastaron zafires y rubíes en el hilo, como un collar de cicatrices. Pero por un instante, no comprendo por qué en mis manos sostiene el guante sangre y quirúrgicos, las agujas clavadas y las tijeras con las vendas quedar entreveradas.
Las sombras son ahora títeres manejados por lazos de carne; el agua es agua cuando bebida es debida; el aire, aire donde pinceles aguados se secan; el suelo, suelo porque es pisado.
Todos anestesiados, todos drogando. Todos engañados, todos mintiendo.
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