DESIERTO, GERMEN DE LA ESPERANZA.
Enhebrados con el hilo que se escapa
de un añafil destemplado, como un llorar agareno,
se forjan en la noche, furtivos de la nada,
los sueños en los ojos de ópalo negro.
Rosario de oraciones, río de lágrimas,
contrapunto riguroso de los cálices
colmados con ofrendas que gráciles amazonas
acarrean en sus monturas sin jáquimas ni bridas.
Noche luniblanca del oasis aterido,
tiemblan las jaimas, se doblegan las palmeras
ante el prodigio del alma sin latido
que despierta a la incierta primavera.
Desierto que disuelve entre sus piedras
las palabras que antes fueron
el idioma de los hombres,
y ahora son del viento susurros inefables.
Como hálitos que se niegan a vivir
y se transforman en estertores de muerte
así de la ciudad se escapan, nocturnos asesinos,
libélulas de neón, frágiles alas talladas como aguafuertes.
Llegan a los puertos del desierto
los últimos paquebotes de las líneas regulares.
Damas ensimismadas, caballeros de semblantes bruñidos
alhajan con estrellas moribundas sus rostros yertos.
Llegan aureolados con las frías tinieblas
de la ciudad que perece.
Llegan, siniestros correos del final,
desde el vómito y las ansias postrimeras.
Ya el sol remueve con sus rayos renacidos
las efigies y los huesos abandonados.
Ya las sombras alargadas del crepúsculo lustral
celan con sus crespones de luto los amantes perecidos.
Es el desierto que avanza.
Cauteloso pero impávido,
trocando en muerte su vida,
arrasando las miserias de los hombres.
Ilust.: Max Ernst.- “Collage” de “Une semaine de bonté”. Extraído de Pinterest.
Enhebrados con el hilo que se escapa
de un añafil destemplado, como un llorar agareno,
se forjan en la noche, furtivos de la nada,
los sueños en los ojos de ópalo negro.
Rosario de oraciones, río de lágrimas,
contrapunto riguroso de los cálices
colmados con ofrendas que gráciles amazonas
acarrean en sus monturas sin jáquimas ni bridas.
Noche luniblanca del oasis aterido,
tiemblan las jaimas, se doblegan las palmeras
ante el prodigio del alma sin latido
que despierta a la incierta primavera.
Desierto que disuelve entre sus piedras
las palabras que antes fueron
el idioma de los hombres,
y ahora son del viento susurros inefables.
Como hálitos que se niegan a vivir
y se transforman en estertores de muerte
así de la ciudad se escapan, nocturnos asesinos,
libélulas de neón, frágiles alas talladas como aguafuertes.
Llegan a los puertos del desierto
los últimos paquebotes de las líneas regulares.
Damas ensimismadas, caballeros de semblantes bruñidos
alhajan con estrellas moribundas sus rostros yertos.
Llegan aureolados con las frías tinieblas
de la ciudad que perece.
Llegan, siniestros correos del final,
desde el vómito y las ansias postrimeras.
Ya el sol remueve con sus rayos renacidos
las efigies y los huesos abandonados.
Ya las sombras alargadas del crepúsculo lustral
celan con sus crespones de luto los amantes perecidos.
Es el desierto que avanza.
Cauteloso pero impávido,
trocando en muerte su vida,
arrasando las miserias de los hombres.
Ilust.: Max Ernst.- “Collage” de “Une semaine de bonté”. Extraído de Pinterest.
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