Julio Viyerio
Poeta recién llegado
Anhelante del estío, fui ese prado
verdecido por sus húmedos arpegios,
donde el trópico prendía muy temprano,
ajustándose en mi piel su abrazo experto.
Es otoño. No dan frutos los castaños;
cae el trino y es pisado sobre el suelo.
Agonizo; dan vigor al llanto párvulo,
estampidos de un dragón que enluta al cielo.
Otra alcoba. Tiñen flashes de cobalto,
sin color la soledad del turbio lecho
y su imagen torna a mí con el descaro
con que urdió tras rauda fuga su argumento.
Desazón; se precipitan sobre el tálamo
las cenizas abrasivas del deseo
y en mi tez los rasgos lúgubres, calcáreos,
se preservan suplicantes cual patéticos.
Fascinante curvatura de sus labios,
esa daga angelical me corta el sueño
y el dolor insoportable extiende el diámetro
de la llaga de su risa y enloquezco.
Su voluble corazón cubierto en caucho,
veloz rueda nueva vía de consuelo
y su amor que yo creí frondoso y áureo,
es maleza sobre el polvo de mi féretro.
verdecido por sus húmedos arpegios,
donde el trópico prendía muy temprano,
ajustándose en mi piel su abrazo experto.
Es otoño. No dan frutos los castaños;
cae el trino y es pisado sobre el suelo.
Agonizo; dan vigor al llanto párvulo,
estampidos de un dragón que enluta al cielo.
Otra alcoba. Tiñen flashes de cobalto,
sin color la soledad del turbio lecho
y su imagen torna a mí con el descaro
con que urdió tras rauda fuga su argumento.
Desazón; se precipitan sobre el tálamo
las cenizas abrasivas del deseo
y en mi tez los rasgos lúgubres, calcáreos,
se preservan suplicantes cual patéticos.
Fascinante curvatura de sus labios,
esa daga angelical me corta el sueño
y el dolor insoportable extiende el diámetro
de la llaga de su risa y enloquezco.
Su voluble corazón cubierto en caucho,
veloz rueda nueva vía de consuelo
y su amor que yo creí frondoso y áureo,
es maleza sobre el polvo de mi féretro.