Starsev Ionich
Poeta asiduo al portal
Despertar
Podría llegar a ser abrumador el placer,
si tu tacto pasara voraz y vivo sobre las persianas,
cuando las abres en la mañana.
Si tus ojos ven como la última vez
el flash poderoso del cielo,
que te abraza y te obliga con gracia a bajar la mirada.
Si sientes el olor a polvo viejo de la quietud del cuarto,
y no crees que haces parte de él,
y entonces observas minutos después
el agua cálida que te calma,
redibujando tu gran habitáculo,
bendiciéndote el alma.
Pero a veces llega a tu mente un día lúgubre;
en el que pudo hacer un sol espléndido,
pero que te nubló el deseo y te cercenó la sonrisa.
Y te das golpes de pecho como queriendo despertar,
de una agonía inventada
de esa maldición ignorante
que te han vendido de manera arbitraria.
Y te paralizas,
como un poster en la calle
promocionando un concierto viejo,
que solo quiso ser cáctus en el desierto.
Y te agolpas,
como una maraña de pelo,
que quisiera ser la trenza
para el escape de una doncella.
Pero que al no encontrar nudo,
espera tocar fondo,
al igual que una moneda en medio de la incertidumbre,
en caída libre por una fuente de los infortunios.
Y esperas que llegue a ti una salvación,
esperas dar forma y veracidad a tus canciones,
como un dulcero que vive de dar forma a la melcocha.
Y al final textualmente ambos viven de canciones dulces,
pero angustiados y solemnes,
y ya no sienten todo eso tan placentero,
que se puede sentir al abrir los sentidos
al máximo cada día,
e intentar mirar olores y saborear palabras.
Podría llegar a ser abrumador el placer,
si tu tacto pasara voraz y vivo sobre las persianas,
cuando las abres en la mañana.
Si tus ojos ven como la última vez
el flash poderoso del cielo,
que te abraza y te obliga con gracia a bajar la mirada.
Si sientes el olor a polvo viejo de la quietud del cuarto,
y no crees que haces parte de él,
y entonces observas minutos después
el agua cálida que te calma,
redibujando tu gran habitáculo,
bendiciéndote el alma.
Pero a veces llega a tu mente un día lúgubre;
en el que pudo hacer un sol espléndido,
pero que te nubló el deseo y te cercenó la sonrisa.
Y te das golpes de pecho como queriendo despertar,
de una agonía inventada
de esa maldición ignorante
que te han vendido de manera arbitraria.
Y te paralizas,
como un poster en la calle
promocionando un concierto viejo,
que solo quiso ser cáctus en el desierto.
Y te agolpas,
como una maraña de pelo,
que quisiera ser la trenza
para el escape de una doncella.
Pero que al no encontrar nudo,
espera tocar fondo,
al igual que una moneda en medio de la incertidumbre,
en caída libre por una fuente de los infortunios.
Y esperas que llegue a ti una salvación,
esperas dar forma y veracidad a tus canciones,
como un dulcero que vive de dar forma a la melcocha.
Y al final textualmente ambos viven de canciones dulces,
pero angustiados y solemnes,
y ya no sienten todo eso tan placentero,
que se puede sentir al abrir los sentidos
al máximo cada día,
e intentar mirar olores y saborear palabras.
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