Desprendimiento

Funámbula Peperina

Poeta recién llegado
Perdóname, mamá.
A veces tengo la cabeza enana,
un capullo sobre los hombros.
No respiro profundo.
No me hago mujercita.


Me erosiono sin haber florecido.
Me confunden las eras de mi nombre.
Echo culpas a la crueldad
del cuarto mes del calendario
y al sino que rige mis latitudes.


Asisto al espejo aunque tenga púas.
Vengo aquí y veo mi cara adentro
de esta niña desplumada
que también me mira.

Lloro como un gato en la madrugada.
Un gato peleando contra el desorden
que dejan los muertos.
La locura no te enseña otra cosa
que tu calavera. Ahí está es su bondad.


Soy un barquito embotellado.
Me ahogo en la paradoja de querer zarpar
en el agua podrida que me bebe.
Porque no soy fuerte.
Porque soy una farsa.


Me solidarizo con el abandono;
soy como el niño pendejo al que dejan solo
cuando juega a las escondidas
pero entiende que el juego es así
no por madurez
sino por cobardía.


Guardo silencio.
Siento el eco de unos dedos
picoteándome la espalda;
a mi corazón cronometrando el regreso anhelado.


Me desespero.
Me encabrono.


Quiero correr por la lengua
de la noche.
Que me lama como lame a las estrellas.
Que oculte la evidente flaqueza de mi piel
y mis venas erizadas.


Me araño los ojos,
apuro las patologías de mis córneas.
No quiero ver.
Busco una tregua en las esquinas,
bajo las sábanas, detrás de los párpados
con una manía infantil
porque el mundo no guarece y las palabras me acosan.


Perdóname, mamá.
Ya he caminado muy lejos de mí.
 
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