Ayax
Poeta que considera el portal su segunda casa
Y el momento de la ternura llegó. Un grato cansancio la ceniza del deseo esparcía sobre la piel. La pleamar de pasión era ya un plácido y tibio remanso que acariciaba al corazón. Aún retenida por mis brazos, con tu mejilla recostada sobre mi pecho, los versos de cálidos sonetos empezaste a murmurar. A intervalos, alzabas la mirada para sonreírme, desde el manantial de tu alma, con destellos de miel. Comunión de luz, sincera entrega e inefables sentimientos cincelaban de memoria inolvidable la quieta hora del crepúsculo. Besos tenues, breves, sobre mi pecho, como amables sorbos de vino azucarado rompían, bellamente, el caer de los pétalos de un poema que tus labios, como alas de mariposa, iban arrancando con amorosa sutileza; luego, concisas frases, espontáneas, pronunciadas como aroma de susurro, me decías, con el dulce ánimo de vaciar de silencio el calor de la habitación. Los instantes se iban construyendo con esencia de terneza, con intangible cristal de sentimiento que reflejaba, en las pupilas, la más límpida y cariñosa armonía de ambas existencias. Un sendero apacible, ameno de caricias delicadas, nos conducía a respirar un aire de tibias sensaciones, apenas, muy apenas, tocadas por ósculos de elegante erotismo. Un vez llegados a la salida del dédalo exquisito y pasional que enredara los apremios cálidos de nuestros cuerpos, buscábamos la simbiosis de los hondos principios de nuestras conciencias. Renunciamos a las palabras, ya que éstas tropezaban para alcanzar los conceptos de la vivencia íntima en floración y, mientras mi mano, desde las cúspides rosadas de tus pechos resbalaba, tersamente, como si tocara algo sagrado, hasta la comba de tu cadera, dejamos que bosquejos de sonrisas tradujesen la sinfonía que tocaba en nuestro interior.
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