Deuda Melancólica

Juan Oriental

Poeta que considera el portal su segunda casa
Le debo a mi añoranza
una mañana de invierno
y juventud en la vereda
de Paraná casi Corrientes,
fascinado frente al vidrio
de la licorería aquella,
donde, producto de su luz,
también espirituosa, como
de tesoro pirata en cofre
cristalino, me acribillaban
de fulgores sus botellas.
Allí logré mi primer trago
de audacia y fraternidad.

Le debo a mi añoranza
una tarde de primavera
en la tabaquería aquella,
(Uruguay casi Sarmiento)
con vitrina ahíta de pipas,
habanos y adminículos
para el fumador exquisito,
donde perseguí con ansia
y esforzada economía
mi pipa de plata labrada
para poder arrellanarme
a leer Sherlock Holmes
elementalmente implícito.

Le debo a mi añoranza,
junto con estas minucias
quiméricas y esenciales,
crédulos y locos, aquellos
mis veinte años de ayer
que si el numen me da
pienso pagarle de a poco
y “verso a verso”, dijera
Machado, antes que más
años como estos cuarenta
que no sé dónde ni cómo
se me subieron a cacunda,
se dediquen insensibles
a trampearme evocaciones.

Le debo a mi añoranza,
aunque nadie como yo
la interprete y atesore,
el haber sido y ser feliz
con lo justo y necesario
y la emoción de revivirla
en cuanto abro el arcón
que intachable la guarda
para ser lo que es: quien
me recrea éste de siempre,
así, sin mucho miramiento

como supo hacerme Dios.




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Última edición:
Le debo a mi añoranza
una mañana de invierno
y juventud en la vereda
de Paraná casi Corrientes,
fascinado frente al vidrio
de la licorería aquella,
donde producto de su luz,
también espirituosa, como
de tesoro pirata en cofre
cristalino, me acribillaban
de fulgores sus botellas.
Allí logré mi primer trago
de audacia y fraternidad.

Le debo a mi añoranza
una tarde de primavera
en la tabaquería aquella,
(Uruguay casi Sarmiento)
con vitrina ahíta de pipas,
habanos y adminículos
para el fumador exquisito,
donde perseguí con ansia
y esforzada economía
mi pipa de plata labrada
para poder arrellanarme
a leer Sherlock Holmes
elementalmente implícito.

Le debo a mi añoranza,
junto con estas minucias
quiméricas y esenciales,
crédulos y locos, aquellos
mis veinte años de ayer
que si el numen me da
pienso pagarle de a poco
y “verso a verso”, dijera
Machado, antes que más
años como estos treinta
que no sé dónde ni cómo
se me subieron a cacunda,
se dediquen insensibles
a trampearme evocaciones.

Le debo a mi añoranza,
aunque nadie como yo
la interprete y atesore,
el haber sido y ser feliz
con lo justo y necesario
y la emoción de revivirla
en cuanto abro el arcón
que intachable la guarda
para ser lo que es: quien
me recrea éste de siempre,
así, sin mucho miramiento,
como supo hacerme Dios.


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De mucha arte tus versos Juan; con tu buena retórica que es un placer leer
Un abrazo poeta
 
Última edición:
¡¡¡GENIAL!!! Obra maravillosa, de que la nostalgia se derrama por cada verso
Placer encontrarte amigo Juan. Fuerte abrazo con mi más grande afecto.

Le debo a mi añoranza
una mañana de invierno
y juventud en la vereda
de Paraná casi Corrientes,
fascinado frente al vidrio
de la licorería aquella,
donde producto de su luz,
también espirituosa, como
de tesoro pirata en cofre
cristalino, me acribillaban
de fulgores sus botellas.
Allí logré mi primer trago
de audacia y fraternidad.

Le debo a mi añoranza
una tarde de primavera
en la tabaquería aquella,
(Uruguay casi Sarmiento)
con vitrina ahíta de pipas,
habanos y adminículos
para el fumador exquisito,
donde perseguí con ansia
y esforzada economía
mi pipa de plata labrada
para poder arrellanarme
a leer Sherlock Holmes
elementalmente implícito.

Le debo a mi añoranza,
junto con estas minucias
quiméricas y esenciales,
crédulos y locos, aquellos
mis veinte años de ayer
que si el numen me da
pienso pagarle de a poco
y “verso a verso”, dijera
Machado, antes que más
años como estos treinta
que no sé dónde ni cómo
se me subieron a cacunda,
se dediquen insensibles
a trampearme evocaciones.

Le debo a mi añoranza,
aunque nadie como yo
la interprete y atesore,
el haber sido y ser feliz
con lo justo y necesario
y la emoción de revivirla
en cuanto abro el arcón
que intachable la guarda
para ser lo que es: quien
me recrea éste de siempre,
así, sin mucho miramiento,
como supo hacerme Dios.


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Le debo a mi añoranza
una mañana de invierno
y juventud en la vereda
de Paraná casi Corrientes,
fascinado frente al vidrio
de la licorería aquella,
donde, producto de su luz,
también espirituosa, como
de tesoro pirata en cofre
cristalino, me acribillaban
de fulgores sus botellas.
Allí logré mi primer trago
de audacia y fraternidad.

Le debo a mi añoranza
una tarde de primavera
en la tabaquería aquella,
(Uruguay casi Sarmiento)
con vitrina ahíta de pipas,
habanos y adminículos
para el fumador exquisito,
donde perseguí con ansia
y esforzada economía
mi pipa de plata labrada
para poder arrellanarme
a leer Sherlock Holmes
elementalmente implícito.

Le debo a mi añoranza,
junto con estas minucias
quiméricas y esenciales,
crédulos y locos, aquellos
mis veinte años de ayer
que si el numen me da
pienso pagarle de a poco
y “verso a verso”, dijera
Machado, antes que más
años como estos cuarenta
que no sé dónde ni cómo
se me subieron a cacunda,
se dediquen insensibles
a trampearme evocaciones.

Le debo a mi añoranza,
aunque nadie como yo
la interprete y atesore,
el haber sido y ser feliz
con lo justo y necesario
y la emoción de revivirla
en cuanto abro el arcón
que intachable la guarda
para ser lo que es: quien
me recrea éste de siempre,
así, sin mucho miramiento

como supo hacerme Dios.




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Y tu añoranza aviva tu recuerdo,
y los días van pasando,
en mi pensamiento,
al recordar lo que siento...
Un placer haber pasado, un beso.
 
Le debo a mi añoranza
una mañana de invierno
y juventud en la vereda
de Paraná casi Corrientes,
fascinado frente al vidrio
de la licorería aquella,
donde, producto de su luz,
también espirituosa, como
de tesoro pirata en cofre
cristalino, me acribillaban
de fulgores sus botellas.
Allí logré mi primer trago
de audacia y fraternidad.

Le debo a mi añoranza
una tarde de primavera
en la tabaquería aquella,
(Uruguay casi Sarmiento)
con vitrina ahíta de pipas,
habanos y adminículos
para el fumador exquisito,
donde perseguí con ansia
y esforzada economía
mi pipa de plata labrada
para poder arrellanarme
a leer Sherlock Holmes
elementalmente implícito.

Le debo a mi añoranza,
junto con estas minucias
quiméricas y esenciales,
crédulos y locos, aquellos
mis veinte años de ayer
que si el numen me da
pienso pagarle de a poco
y “verso a verso”, dijera
Machado, antes que más
años como estos cuarenta
que no sé dónde ni cómo
se me subieron a cacunda,
se dediquen insensibles
a trampearme evocaciones.

Le debo a mi añoranza,
aunque nadie como yo
la interprete y atesore,
el haber sido y ser feliz
con lo justo y necesario
y la emoción de revivirla
en cuanto abro el arcón
que intachable la guarda
para ser lo que es: quien
me recrea éste de siempre,
así, sin mucho miramiento

como supo hacerme Dios.




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Bellos y nostalgicos versos que repasan momentos de una vida que se recuerda con cariño. Muy bueno Juan Oriental. Un abrazo. Paco.
 

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