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Día de Navidad

ManuGarcia21

Poeta recién llegado
Solo era un niño más. Un niño que había cumplido 10 años de edad. Era la época más feliz del año, Navidad, pero a él, parece que la magia que lo inundaba todo no le hacía efecto.

Estaba triste, todo lo triste que puede estar un niño de 10 años, disfrutando de las vacaciones de invierno sin colegio y con la Navidad a la vuelta de la esquina.

En esos 10 años de edad, había pasado la nochebuena sólo con su madre, según ella le contaba, su padre tenía que trabajar, ya que, ese día, el 24 de diciembre, era el día en el que todo el trabajo que había hecho su padre durante el año daba sus frutos. Escribió la carta a Santa Claus casi sin esperanza de que lo que estaba pidiendo se le fuera a conceder, pero, aun así, escogió cada palabra con mucho cuidado para que no pudieran haber malentendidos. En la carta no había escrito una lista con infinidad de juguetes o la consola de última generación que querían todos los niños de su clase. Lo único que ese niño pedía era poder estar la noche del día 24 de diciembre con su padre.

Ese niño vivía en Rovaniemi, justo el pueblo del que era Santa Claus, así que tenía la certeza de que su carta le iba a llegar.

Se pasó 3 días mirando por la ventana, viendo cómo la nieve cada día decoraba más y más las calles, cómo los niños de su edad jugaban a tirarse bolas de nieve y lanzándose en trineo por esa cuesta que estaba desde hace ya varias semanas helada, pero él no tenía ganas de salir a jugar, lo único en lo que pensaba era en esa carta que envió al taller de Santa Claus y deseando que los duendes de la Navidad se la entregaran y así poder recibir su regalo.

Por fin, llegó el día 24. Durante el día, madre e hijo estuvieron haciendo galletas de todas las formas navideñas posibles para dejárselas a Santa Claus al lado del árbol. Cuando la tarde se estaba despidiendo, porque la noche pedía paso al reloj, ese niño de 10 años empezó a pensar que esta vez no iba a tener su regalo de Navidad. Una lágrima empezó a caer de su ojo, recorriendo su mejilla cuando una mano con unos enormes guantes blancos le tocó el hombro y le secó la lágrima antes de que abandonara su rosto. Ese niño, se giró y ahí empezó a llorar de alegría, porque vio allí a su padre. Un hombre con una gran barba blanca, pantalones rojos y botas negras. Había dejado la chaqueta roja en el perchero de la entrada. Ese abrazo duró solamente un minuto, pero para ese niño duró todo un año, esos 364 días en los que no había ni uno solo, en que pensara no en este momento.

- ¿Pero papá, y los demás niños del mundo? - preguntó el niño a su padre.

- Pueden esperar un día hijo. - le respondió él.

Y ese año, todos los niños del mundo recibieron su regalo la madrugada del día 26 diciembre… todos menos uno.
 
Solo era un niño más. Un niño que había cumplido 10 años de edad. Era la época más feliz del año, Navidad, pero a él, parece que la magia que lo inundaba todo no le hacía efecto.

Estaba triste, todo lo triste que puede estar un niño de 10 años, disfrutando de las vacaciones de invierno sin colegio y con la Navidad a la vuelta de la esquina.

En esos 10 años de edad, había pasado la nochebuena sólo con su madre, según ella le contaba, su padre tenía que trabajar, ya que, ese día, el 24 de diciembre, era el día en el que todo el trabajo que había hecho su padre durante el año daba sus frutos. Escribió la carta a Santa Claus casi sin esperanza de que lo que estaba pidiendo se le fuera a conceder, pero, aun así, escogió cada palabra con mucho cuidado para que no pudieran haber malentendidos. En la carta no había escrito una lista con infinidad de juguetes o la consola de última generación que querían todos los niños de su clase. Lo único que ese niño pedía era poder estar la noche del día 24 de diciembre con su padre.

Ese niño vivía en Rovaniemi, justo el pueblo del que era Santa Claus, así que tenía la certeza de que su carta le iba a llegar.

Se pasó 3 días mirando por la ventana, viendo cómo la nieve cada día decoraba más y más las calles, cómo los niños de su edad jugaban a tirarse bolas de nieve y lanzándose en trineo por esa cuesta que estaba desde hace ya varias semanas helada, pero él no tenía ganas de salir a jugar, lo único en lo que pensaba era en esa carta que envió al taller de Santa Claus y deseando que los duendes de la Navidad se la entregaran y así poder recibir su regalo.

Por fin, llegó el día 24. Durante el día, madre e hijo estuvieron haciendo galletas de todas las formas navideñas posibles para dejárselas a Santa Claus al lado del árbol. Cuando la tarde se estaba despidiendo, porque la noche pedía paso al reloj, ese niño de 10 años empezó a pensar que esta vez no iba a tener su regalo de Navidad. Una lágrima empezó a caer de su ojo, recorriendo su mejilla cuando una mano con unos enormes guantes blancos le tocó el hombro y le secó la lágrima antes de que abandonara su rosto. Ese niño, se giró y ahí empezó a llorar de alegría, porque vio allí a su padre. Un hombre con una gran barba blanca, pantalones rojos y botas negras. Había dejado la chaqueta roja en el perchero de la entrada. Ese abrazo duró solamente un minuto, pero para ese niño duró todo un año, esos 364 días en los que no había ni uno solo, en que pensara no en este momento.

- ¿Pero papá, y los demás niños del mundo? - preguntó el niño a su padre.

- Pueden esperar un día hijo. - le respondió él.

Y ese año, todos los niños del mundo recibieron su regalo la madrugada del día 26 diciembre… todos menos uno.
Una enseñanza muy elocuente este escrito infantil.

Saludos nuevamente
 
Enternecedor relato, bien escrito y excelente presentación.

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