Alex Courant
Poeta adicto al portal
Oigo rodar las ruedas de los trenes,
los silbidos telúricos de su circunferencia.
Oigo a la tierra hembra que devora
a sus crías después del parto-
astillarse en el pecho de los hombres,
perforar el pezón de las mujeres
con la perfecta simetría
de las palabras que se borran solas.
Somos esquirlas en las piedras.
Danzamos con la misma convicción
de una mosca en el foco fluorescente.
Nada apenas nos queda:
Ceniza, humo, vapor, estela, polvo,
nombres que no son nombres,
rostros que dejarán de ser más rostros,
tiempo que sólo tiempo fue.
Sobre las piernas de mi madre
los santos se mutilan, las vírgenes se castran,
el toro cae muerto por la última estocada.
Un nuevo cielo súbito se enciende.
La noche con su pólvora abraza.
Sus astros diminutos se entretejen
como los vellos púbicos de lánguidos amantes.
los silbidos telúricos de su circunferencia.
Oigo a la tierra hembra que devora
a sus crías después del parto-
astillarse en el pecho de los hombres,
perforar el pezón de las mujeres
con la perfecta simetría
de las palabras que se borran solas.
Somos esquirlas en las piedras.
Danzamos con la misma convicción
de una mosca en el foco fluorescente.
Nada apenas nos queda:
Ceniza, humo, vapor, estela, polvo,
nombres que no son nombres,
rostros que dejarán de ser más rostros,
tiempo que sólo tiempo fue.
Sobre las piernas de mi madre
los santos se mutilan, las vírgenes se castran,
el toro cae muerto por la última estocada.
Un nuevo cielo súbito se enciende.
La noche con su pólvora abraza.
Sus astros diminutos se entretejen
como los vellos púbicos de lánguidos amantes.