Évano
Libre, sin dioses.
La barra de madera acoge al codo y la mano, a la cerveza. El bar no me ve, pese a estar repleto de gente. Una falda corta y una blusa blanca, que no para de pasear de un lado a otro y que acaba de llegar de vacaciones al pueblo, saluda a todos con un " Qué pasa, ya estoy aquí". A mí no, a mi nadie me saluda, pero he trazado una estrategia por si alguien me pregunta "Qué haces aquí tan solo"; entonces contestaré: "Me gusta venir a estas montañas porque, vaya dónde vaya paso inadvertido y nadie me molesta". Es mentira, pero así, por alguna extraña razón, me siento mejor.
Un moño preocupado, de espaldas a mí, repasa las consumiciones de las mesas junto a la caja registradora. Es joven y guapa; a lo largo de un montón de años se ha preocupado por recordar mi nombre, aunque se lo he repetido de vez en cuando cada verano, es de agradecer el esfuerzo.
La blusa blanca con minifalda y gran descote va caminando más lentamente, con menos energía y palabras. Yo sí tengo muchas cosas que decir, aunque al otro yo que me acompaña siempre. Si fuese un niño dirían que es mi amigo invisible (si alguien se preocupara por tal niño), pero este no es invisible. Cuando me miro al espejo es igual que yo y hace los mismos movimientos, y no piensa igual. Me cuesta retenerlo; por ello, cuando va a explotar, le narro a mi manera lo que nos rodea. Este relato es un ejemplo, un trocito.
Unas gafas blancas aniñadas, con sonrisa estúpida de pelo corto moreno, acompaña a la blusa blanca con falda corta danzante. Está claro que es el nuevo novio de la ciudad que trae a la aldea. No debe quererlo mucho, o sentirse segura a su lado; quizás primero deban dar el visto bueno los conocidos. Se aleja de él cuando saluda a algunos de los reencontrados en agosto. Mi otro yo comenta que jamás le chupará la polla porque solo le importa aparentar, a la muy hija de la gran puta. Son las cosas que tiene mi otra parte.
En el televisor ofrecen un partido de baloncesto. Es amistoso, aunque para mí, pese a que ni tan siquiera me gusta mucho tal deporte, es como si jugaran la final olímpica. Es un escudo, una razón para estar allí, algo que me defiende de la debilidad. Son mis cosas.
Han empezado a entrar los que asistieron a la conferencia de las minas de oro, en el valle Gordo en tiempos de los romanos, y los monumentos que por aquí, en Omaña, pululan derruidos, besando más el suelo que los cielos. Quizás, pronto, yo acabe como ellos; cuando no esté enseñarán los restos de mis obras. Es otra mentira que me digo, otro escudo. Sé que no dejaré más huella que el epitafio de un nicho, y aún así lo dudo; a lo mejor me queman y alguno arroja las cenizas allá donde le dé la gana, son todos unos cabrones de mierda. Es otra de las cosas de mi otro yo.
En la conferencia todos se besaban y saludaban. Son los mismos que van a todas las de la Semana Cultural. No les importa de qué va el tema. Hoy, la geóloga invitada, no ha podido asistir por una intervención quirúrgica de urgencia. La ha sustituido un señor de pelo blanco y camisa de cuadros. Leyó unos folios rápidamente y luego explicó que pertenece a una agrupación para la conversación de los monumentos. No ha parado de detallar lo bien que limpia los antiguas vías romanas y una que intentan sea alternativa del Camino de Santiago; al parecer, hace mucho tiempo, un peregrino se perdió por el camino tradicional y eso les vale para alterar la mítica peregrinación a Santiago. Me han dado ganas de levantarme y apuntarme para ayudar a segar hierbas y quitar de enmedio piedras.
Creo que ninguno se enteró de nada en la conferencia porque, entre la rapidez del discurso y el constante besuqueo y comentar el año transcurrido de los asistentes, ha sido imposible. Pero a nadie le ha importado. Se ha celebrado otra conferencia a la que hemos asistido, creo que han pensado. Al terminar hubo un montón de preguntas: "Qué dónde vive usted", "Pues mire que bien, yo tengo una casa cerca", "En El Rincón de Manolo se come bien", "Pues no lo dude, lo visitaré". Ha sido muy lucrativa, y no deben quejarse, ya que dos días antes, una que trataba de la aniquilación de las Juntas Vecinales de la provincia de León, no tuvo ni una sola pregunta al acabar la conferencia. El presidente de la multinacional de Iberdrola, así como el presidente del Real Madrid y de otra potente multinacional, ACS, entre otros, pueden estar tranquilos, no tendrán ninguna oposición para hacer campos de golf o cotos de caza para caciques, o lo que les dé la gana tras comprar enormes cantidades de hectáreas que están, por ahora, en manos de la Juntas Vecinales, tan antiguas como esta España (iba a decir nuestra, pero mejor diré de ellos). Es una puta vuelta al franquismo de los cojones. ¡Haz algo, imbécil, muévete!, ha gritado mi alter ego.
Han entrado en el bar y continúan sus agradables charlas. Ninguno ha mirado al único que estuvo atento a la conferencia. Allí sí. En la sala me miraban raro. ¿Quién será ese que no habla con nadie?, se preguntarían. ¡Acudir a estas citas así...!
Tras dos cervezas llamo a unos ojos de media luna horizontal, negros y profundos con una boca roja y estrechas mejillas. Es una belleza débil, pequeña, vestida a lo gótico, pero su rostro y aura muestran fortaleza. El otro yo se ha dado cuenta y se ha reído. "Hasta esta joven parece estar más asentada que tú. Y esta sí que chupa pollas, seguro". Le he contestado que si ha visto titilar las luces amarillentas de las farolas entre la inmensidad de la noche. Me ha hecho caso e, increíblemente, pese a tal gentío, hemos salido del bar y de las mesas de las terrazas sin empujón alguno.
Dire Strait suena mientras mi coche asciende la oscuridad de una alta montaña serpenteante. El humo mancha de blanco etéreo el leve alrededor. La enorme silueta de la cordillera montañosa de enfrente sombrea todo el horizonte al encaramar la cima de la que asciendo. Titilan las infinitas estrellas y la luna quiere crecer. No sé inglés, por lo que me voy inventando la letra, para entretener a mi otro yo. Desciendo la zigzagueante carretera mientras los faros alumbran trocitos de robles, piornos, alisos, zarzas y demás. En el fondo del angosto valle está mi casita de piedra, bueno, no es mía, pero duermo allí.
Estoy cansado de andar a solas todo el día, e intentando entretener a la furia que va conmigo. Todo el rato le tengo que narrar, con voz inaudible, lo que él también ve. Sé que un día será imposible, y explotará, porque, simplemente, se está dejando engañar. En el fondo, como la casita de piedra, no es tan malo, me está dando muchas oportunidades y tiempo; pero se cansará, sin duda, algún día, se cansará.
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