Albertocastañomontoya
Poeta recién llegado
Para qué quiero una flor
Si lo que tengo es hambre!
irascible, irracional,
Hambre de hiena.
La misma que socava
Las entrañas heridas
De los combatientes
Y hace largos y grises
Los días de la espera.
La misma hambre
Que llega al hospital
A refugiarse
Bajo las sábanas raídas
De los enfermos pobres
Huyendo de los pueblos arrasados
Y de los campos
Saturados de guerra,
Donde la metralla ostenta
Más virtud que el trigo
Y la sangre que brota
-de repente-
Como flores furtivas,
Esa promesa de abundancia
A las aves carroñeras.
El hambre sin escrúpulos
Que aborda al vagabundo
En su alucinado viaje
Sin meta, sin tregua y sin retorno;
Deambulando intrincado laberinto
Donde, hasta la misma muerte
Suele tornarse esquiva.
La misma hambre lenta y fatigada
Que camina descalza
Por el ancianato:
Sórdido monumento a la nostalgia;
Donde la experiencia se pudre
De soledad y olvido.
El hambre elemental,
Proletaria, cotidiana,
Que, a mansalva, ataca
La austera cambucha
De los jornaleros
Y el albergue transitorio
Donde los sobrevivientes
y los desterrados toman aliento
O cambian de estrategia
Para seguir la vida.
O el hambre aquella
Que, en su lucha impía
De sus brazos magros
Arrebató a la madre
El hijo que temblaba,
Como un pétalo,
De frío, de miedo
Y de desesperanza.
¡Para qué quiero una flor
Si mi tristeza es de hambre!
Y el hambre duele más
Que la tristeza.
ALBERTO CASTAÑO MONTOYA
Si lo que tengo es hambre!
irascible, irracional,
Hambre de hiena.
La misma que socava
Las entrañas heridas
De los combatientes
Y hace largos y grises
Los días de la espera.
La misma hambre
Que llega al hospital
A refugiarse
Bajo las sábanas raídas
De los enfermos pobres
Huyendo de los pueblos arrasados
Y de los campos
Saturados de guerra,
Donde la metralla ostenta
Más virtud que el trigo
Y la sangre que brota
-de repente-
Como flores furtivas,
Esa promesa de abundancia
A las aves carroñeras.
El hambre sin escrúpulos
Que aborda al vagabundo
En su alucinado viaje
Sin meta, sin tregua y sin retorno;
Deambulando intrincado laberinto
Donde, hasta la misma muerte
Suele tornarse esquiva.
La misma hambre lenta y fatigada
Que camina descalza
Por el ancianato:
Sórdido monumento a la nostalgia;
Donde la experiencia se pudre
De soledad y olvido.
El hambre elemental,
Proletaria, cotidiana,
Que, a mansalva, ataca
La austera cambucha
De los jornaleros
Y el albergue transitorio
Donde los sobrevivientes
y los desterrados toman aliento
O cambian de estrategia
Para seguir la vida.
O el hambre aquella
Que, en su lucha impía
De sus brazos magros
Arrebató a la madre
El hijo que temblaba,
Como un pétalo,
De frío, de miedo
Y de desesperanza.
¡Para qué quiero una flor
Si mi tristeza es de hambre!
Y el hambre duele más
Que la tristeza.
ALBERTO CASTAÑO MONTOYA