Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Los niños tienen pene, las niñas, vagina. Los adultos, por lo general, dejan de creer en fantasías. Tengo que reconocer que estoy ganando en perspectiva, aunque mis estudios no hayan servido para conquistar el mundo. He visto muchas cosas, pero ninguna sin explicación. Todo estaba en mi cabeza. La explicación que yo le daba a las cosas que, aparentemente para mí, no tenían explicación, no era ni mucho menos un monumento a la ciencia.
Para mí una mujer es un ser imperfecto. El hombre es también un ser imperfecto. No hago uso de bibliografía alguna. Estamos predestinados al pecado. Me enamoré como unas treinta veces antes de obsesionarme con treinta mujeres. Me indigné con el mundo antes de obsesionarme con Dios.
Le gasté el nombre a Dios antes de esto, que no sé cómo llamar.
Quizá salón de la fama, o Highway to Hell.
Siempre hice lo que me dictaba la impulsividad.
He sido experto en desamores y en desdichas, pero nunca dejé de escribir.
Nunca he sido capaz de controlar lo que escribía.
Me daba lo mismo que ardiera Roma, o que a todos nos llevase un cataclismo.
Coqueteé con el suicidio.
Soy tan merecedor de la felicidad como cualquier otro.
Se ha difuminado el odio que sentía por mis congéneres, en lo más profundo de mí, así como la envidia hacia la gente pudiente.
Mi cuerpo sigue siendo muy pesado.
De vez en cuando me masturbo para eliminar la presión a la que a veces me siento sometido.
Este texto no es autorreferencial.
Tampoco ha sido motivado por agentes externos.
Los síntomas de mi trastorno están remitiendo.
Ni creo en Dios ni dejo de creer en Dios.
Las alcantarillas.
Un establo.
Una ambulancia.
Imágenes que se me vienen a la cabeza.
Soy todo lo contrario a la ambición.
He cambiado.
Escribo letras amarillas sobre un fondo rojo oscuro.
Me gustaría curar todos los males del universo.
No soy médico, ni paisajista.
No le pongo peros a nada.
No quiero verlo todo al revés.
Huyo de mi orden de ideas paranoide que me llevó años construir.
No podía ser consecuente con él fuera del cuaderno.
Las focas aplauden.
Los grillos cantan.
El amor es mi tema tabú.
No Dios.
Ni las decepciones basadas en ilusiones.
No escribo para sobrecogerme ni sobresaltar a nadie.
Escribo para que la vida siga como hasta ahora, pues aun sin ser feliz, el caracol saca sus cuernos al sol, y su lentitud le permite disfrutar del camino.
Y aunque yo no sea un caracol, no me obsesiono con ser un caracol.
Las habitaciones de mi casa son testigo:
«Soy lo que quiero ser porque no fantaseo con ello».
Para mí una mujer es un ser imperfecto. El hombre es también un ser imperfecto. No hago uso de bibliografía alguna. Estamos predestinados al pecado. Me enamoré como unas treinta veces antes de obsesionarme con treinta mujeres. Me indigné con el mundo antes de obsesionarme con Dios.
Le gasté el nombre a Dios antes de esto, que no sé cómo llamar.
Quizá salón de la fama, o Highway to Hell.
Siempre hice lo que me dictaba la impulsividad.
He sido experto en desamores y en desdichas, pero nunca dejé de escribir.
Nunca he sido capaz de controlar lo que escribía.
Me daba lo mismo que ardiera Roma, o que a todos nos llevase un cataclismo.
Coqueteé con el suicidio.
Soy tan merecedor de la felicidad como cualquier otro.
Se ha difuminado el odio que sentía por mis congéneres, en lo más profundo de mí, así como la envidia hacia la gente pudiente.
Mi cuerpo sigue siendo muy pesado.
De vez en cuando me masturbo para eliminar la presión a la que a veces me siento sometido.
Este texto no es autorreferencial.
Tampoco ha sido motivado por agentes externos.
Los síntomas de mi trastorno están remitiendo.
Ni creo en Dios ni dejo de creer en Dios.
Las alcantarillas.
Un establo.
Una ambulancia.
Imágenes que se me vienen a la cabeza.
Soy todo lo contrario a la ambición.
He cambiado.
Escribo letras amarillas sobre un fondo rojo oscuro.
Me gustaría curar todos los males del universo.
No soy médico, ni paisajista.
No le pongo peros a nada.
No quiero verlo todo al revés.
Huyo de mi orden de ideas paranoide que me llevó años construir.
No podía ser consecuente con él fuera del cuaderno.
Las focas aplauden.
Los grillos cantan.
El amor es mi tema tabú.
No Dios.
Ni las decepciones basadas en ilusiones.
No escribo para sobrecogerme ni sobresaltar a nadie.
Escribo para que la vida siga como hasta ahora, pues aun sin ser feliz, el caracol saca sus cuernos al sol, y su lentitud le permite disfrutar del camino.
Y aunque yo no sea un caracol, no me obsesiono con ser un caracol.
Las habitaciones de mi casa son testigo:
«Soy lo que quiero ser porque no fantaseo con ello».