El dolor de cabeza había iniciado hacía apenas unos cuantos minutos cuando comenzó a preguntarse si se trataba de su cuerpo reclamando su derecho a ir mas allá de esas cuatro paredes o su recuerdo extendiendo el flagelo al cual lo había sometido ya demasiado. Este día en particular se encontró con que poco a poco las distracciones habían ido agotándose. Lo había imaginado, claro está. Era imposible huir con amigos, viejos y nuevos a diario, escapar en a través de complicados juegos, lecturas no demasiado mediocres y películas carentes de profundidad emocional de tan nefasto momento. Ese temido instante en que se encontrase solo y sin alguna distracción había llegado una mañana de invierno.
Se resistió con la resignación con que los ríos resisten las crecidas que traen las lluvias de marzo. Camino por una coca cola en lata, fría como debe de ser, dulce como la legislación nacional la permite y mágica como la corporación que la produce la intenta vender, justo antes de que lo golpease de nuevo. Habría podido evitarlo, como en otros días, de no haber agotado fondos, amistades, libros, ideas y abismos. Recorrió la habitación mil veces, rozó con sutileza el abismo y eventualmente bebió de él una y otra vez hasta que sintió frío. El dolor de cabeza llegó después, como siempre llega la resaca.
¿Qué era el abismo? Recuerdo. ¿Qué recuerdo? Luz. ¿Por qué luz? El abismo no estaba construido por el dolor al que finalmente no había podido resistirse. Los abismos no podrían construirse sobre una base tan frágil. El calor que la cercanía a la más resplandeciente felicidad, el mundo que nunca sería y las oportunidades perdidas en un instante producen, ese es el verdadero abismo. Siguiendo la lógica de un viejo comic: ¿Qué sería del infierno si las almas torturadas no pudiesen soñar con el paraíso?
Se resistió con la resignación con que los ríos resisten las crecidas que traen las lluvias de marzo. Camino por una coca cola en lata, fría como debe de ser, dulce como la legislación nacional la permite y mágica como la corporación que la produce la intenta vender, justo antes de que lo golpease de nuevo. Habría podido evitarlo, como en otros días, de no haber agotado fondos, amistades, libros, ideas y abismos. Recorrió la habitación mil veces, rozó con sutileza el abismo y eventualmente bebió de él una y otra vez hasta que sintió frío. El dolor de cabeza llegó después, como siempre llega la resaca.
¿Qué era el abismo? Recuerdo. ¿Qué recuerdo? Luz. ¿Por qué luz? El abismo no estaba construido por el dolor al que finalmente no había podido resistirse. Los abismos no podrían construirse sobre una base tan frágil. El calor que la cercanía a la más resplandeciente felicidad, el mundo que nunca sería y las oportunidades perdidas en un instante producen, ese es el verdadero abismo. Siguiendo la lógica de un viejo comic: ¿Qué sería del infierno si las almas torturadas no pudiesen soñar con el paraíso?
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