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Un dolor muy grande está arraigado en mi pecho,
mientras una lágrima recorre mi mejilla, destella,
se ahoga un grito en mi garganta, no puedo erupcionarlo,
contenerlo me hace daño, lacera mis entrañas,
pero está derrumbada mi laringe,
como una mina dinamitada,
lentamente consume mis huecos,
como reacción en cadena, lento, inevitable,
el oxígeno se va consumiendo en mi interior,
como un minero sin salida, sin rescate,
a más de diez mil corazones de profundidad,
los treinta y tres tuvieron suerte de salir en Atacama,
mi dolor está condenado a estar en silencio,
como un faquir con mil cuchillos incrustándose,
tarde que temprano todo tiene consecuencias,
duelen, matan lentamente, desgasta el alma,
el silencio retumba en el tímpano de mi oído,
en lo más profundo de una caverna, cerrada, oscura.
A tientas,
¡A tientas me busco!
¡Sin ver!¡La oscuridad vela mis ojos!
Me busco en las pinturas rupestres de lo que fui,
entre la paredes de mi pensamiento donde hace eco,
como chillido de murciélagos que llenan de guano
el piso donde recorren mis pies, mi pasado, mi presente,
mezclándose con el cieno, entre aguas estancadas,
que han estado ahí por mucho tiempo, podridas.
Los cadáveres del que fui, van acechando a mi paso,
tropezando voy en cada pisada con ellos,
cayendo de bruces frente a sus gélidos rostros,
sintiendo su aliento nauseabundo, frío, fétido,
la piel se descarna al tropezar con ellos,
pareciera surgir un lamento desde su interior,
andan penando, a rastras,
buscan paz, buscan amor, buscan el sol,
¡Quieren extinción!
no les basta el frío,
no les basta la glaciación en la que están,
tienen sed, tienen hambre, tienen soledad,
tienen hastío, tienen eutanasia detenida
tienen una tristeza perenne en sus cuencas,
en esa tangente donde una vez sus ojos
brillaron con la sonrisa de un niño…
¡Que quedó en el pasado!
Un dolor muy grande está arraigado en mi pecho,
mientras una lágrima recorre mi mejilla, destella,
se ahoga un grito en mi garganta, no puedo erupcionarlo,
contenerlo me hace daño, lacera mis entrañas,
pero está derrumbada mi laringe,
como una mina dinamitada,
lentamente consume mis huecos,
como reacción en cadena, lento, inevitable,
el oxígeno se va consumiendo en mi interior,
como un minero sin salida, sin rescate,
a mil corazones de profundidad,
los treinta y tres tuvieron suerte de salir en Atacama,
mi dolor está condenado a estar en silencio,
como un faquir con mil cuchillos incrustándose,
tarde que temprano todo tiene consecuencias,
duelen, matan lentamente, desgasta el alma,
el silencio retumba en el tímpano de mi oído,
profundo como una caverna, cerrada, oscura.
A tientas,
¡A tientas me busco!
¡Sin ver!¡La oscuridad vela mis ojos!
Me busco en las pinturas rupestres de lo que fui,
en la paredes de mi pensamiento donde hace eco,
como chillido de murciélagos que llenan de guano
el piso donde recorren mis pies, mi pasado, mi presente,
mezclándose con el cieno, entre aguas estancadas,
que han estado ahí por mucho tiempo, podridas.
Los cadáveres del que fui, van acechando a mi paso,
tropezando voy en cada pisada con ellos,
cayendo de bruces frente a sus gélidos rostros,
sintiendo su aliento nauseabundo, frío, fétido,
la piel se descarna al tropezar con ellos,
pareciera surgir un lamento desde su interior,
andan penando, a rastras,
buscan paz, buscan amor, buscan el sol,
¡Quieren extinción!
no les basta el frío,
no les basta la glaciación en la que están,
tienen sed, tienen hambre, tienen soledad,
tienen una tristeza perene en sus cuencas,
en esa tangente donde una vez sus ojos
brillaron con la sonrisa de un niño…
¡Que quedó en el pasado!
Mucha profundidad llevan tus letras amigo Angel, donde el sentimiento
se denota de principio a fin disfrutando de una sentida inspiración hecha
poesía. Después de tanto tiempo me ha encantado poder a pasar por estas
letras que llegan con fuerza y llevarme una buena lectura.
Besos y un abrazo. Tere
Un dolor muy grande está arraigado en mi pecho,
mientras una lágrima recorre mi mejilla, destella,
se ahoga un grito en mi garganta, no puedo erupcionarlo,
contenerlo me hace daño, lacera mis entrañas,
pero está derrumbada mi laringe,
como una mina dinamitada,
lentamente consume mis huecos,
como reacción en cadena, lento, inevitable,
el oxígeno se va consumiendo en mi interior,
como un minero sin salida, sin rescate,
a mil corazones de profundidad,
los treinta y tres tuvieron suerte de salir en Atacama,
mi dolor está condenado a estar en silencio,
como un faquir con mil cuchillos incrustándose,
tarde que temprano todo tiene consecuencias,
duelen, matan lentamente, desgasta el alma,
el silencio retumba en el tímpano de mi oído,
profundo como una caverna, cerrada, oscura.
A tientas,
¡A tientas me busco!
¡Sin ver!¡La oscuridad vela mis ojos!
Me busco en las pinturas rupestres de lo que fui,
en la paredes de mi pensamiento donde hace eco,
como chillido de murciélagos que llenan de guano
el piso donde recorren mis pies, mi pasado, mi presente,
mezclándose con el cieno, entre aguas estancadas,
que han estado ahí por mucho tiempo, podridas.
Los cadáveres del que fui, van acechando a mi paso,
tropezando voy en cada pisada con ellos,
cayendo de bruces frente a sus gélidos rostros,
sintiendo su aliento nauseabundo, frío, fétido,
la piel se descarna al tropezar con ellos,
pareciera surgir un lamento desde su interior,
andan penando, a rastras,
buscan paz, buscan amor, buscan el sol,
¡Quieren extinción!
no les basta el frío,
no les basta la glaciación en la que están,
tienen sed, tienen hambre, tienen soledad,
tienen una tristeza perene en sus cuencas,
en esa tangente donde una vez sus ojos
brillaron con la sonrisa de un niño…
¡Que quedó en el pasado!
Un dolor muy grande está arraigado en mi pecho,
mientras una lágrima recorre mi mejilla, destella,
se ahoga un grito en mi garganta, no puedo erupcionarlo,
contenerlo me hace daño, lacera mis entrañas,
pero está derrumbada mi laringe,
como una mina dinamitada,
lentamente consume mis huecos,
como reacción en cadena, lento, inevitable,
el oxígeno se va consumiendo en mi interior,
como un minero sin salida, sin rescate,
a mil corazones de profundidad,
los treinta y tres tuvieron suerte de salir en Atacama,
mi dolor está condenado a estar en silencio,
como un faquir con mil cuchillos incrustándose,
tarde que temprano todo tiene consecuencias,
duelen, matan lentamente, desgasta el alma,
el silencio retumba en el tímpano de mi oído,
profundo como una caverna, cerrada, oscura.
A tientas,
¡A tientas me busco!
¡Sin ver!¡La oscuridad vela mis ojos!
Me busco en las pinturas rupestres de lo que fui,
en la paredes de mi pensamiento donde hace eco,
como chillido de murciélagos que llenan de guano
el piso donde recorren mis pies, mi pasado, mi presente,
mezclándose con el cieno, entre aguas estancadas,
que han estado ahí por mucho tiempo, podridas.
Los cadáveres del que fui, van acechando a mi paso,
tropezando voy en cada pisada con ellos,
cayendo de bruces frente a sus gélidos rostros,
sintiendo su aliento nauseabundo, frío, fétido,
la piel se descarna al tropezar con ellos,
pareciera surgir un lamento desde su interior,
andan penando, a rastras,
buscan paz, buscan amor, buscan el sol,
¡Quieren extinción!
no les basta el frío,
no les basta la glaciación en la que están,
tienen sed, tienen hambre, tienen soledad,
tienen una tristeza perene en sus cuencas,
en esa tangente donde una vez sus ojos
brillaron con la sonrisa de un niño…
¡Que quedó en el pasado!
Un poema, si duda, que se cuaja de sentires angustiosos. En cada verso una imagen desgarrada. ¡Y un lenguaje magníficamente manejado en toda su extensión con empleo hábil de los signos de puntuación! Ha sido un privilegio tener acceso a la lectura esta obra.
Con afecto reciba mi saludo cordial, estimado Ángel.
Salvador.
Un dolor muy grande está arraigado en mi pecho,
mientras una lágrima recorre mi mejilla, destella,
se ahoga un grito en mi garganta, no puedo erupcionarlo,
contenerlo me hace daño, lacera mis entrañas,
pero está derrumbada mi laringe,
como una mina dinamitada,
lentamente consume mis huecos,
como reacción en cadena, lento, inevitable,
el oxígeno se va consumiendo en mi interior,
como un minero sin salida, sin rescate,
a mil corazones de profundidad,
los treinta y tres tuvieron suerte de salir en Atacama,
mi dolor está condenado a estar en silencio,
como un faquir con mil cuchillos incrustándose,
tarde que temprano todo tiene consecuencias,
duelen, matan lentamente, desgasta el alma,
el silencio retumba en el tímpano de mi oído,
profundo como una caverna, cerrada, oscura.
A tientas,
¡A tientas me busco!
¡Sin ver!¡La oscuridad vela mis ojos!
Me busco en las pinturas rupestres de lo que fui,
en la paredes de mi pensamiento donde hace eco,
como chillido de murciélagos que llenan de guano
el piso donde recorren mis pies, mi pasado, mi presente,
mezclándose con el cieno, entre aguas estancadas,
que han estado ahí por mucho tiempo, podridas.
Los cadáveres del que fui, van acechando a mi paso,
tropezando voy en cada pisada con ellos,
cayendo de bruces frente a sus gélidos rostros,
sintiendo su aliento nauseabundo, frío, fétido,
la piel se descarna al tropezar con ellos,
pareciera surgir un lamento desde su interior,
andan penando, a rastras,
buscan paz, buscan amor, buscan el sol,
¡Quieren extinción!
no les basta el frío,
no les basta la glaciación en la que están,
tienen sed, tienen hambre, tienen soledad,
tienen una tristeza perene en sus cuencas,
en esa tangente donde una vez sus ojos
brillaron con la sonrisa de un niño…
¡Que quedó en el pasado!
La duda final es elevado estigma para perseguir desde
el lacerado dolor de los hechos un pasaje que es recordatorio
interior de esas esencias que fueron tratamiento melancolico,
para en el repasar el porque de una tristeza en perspectiva
intima. el poema es intenso y se retuerce en una sinfonia
que fractura el alma.
felicidades, excelente. saludos amables de luzyabsenta
Un dolor muy grande está arraigado en mi pecho,
mientras una lágrima recorre mi mejilla, destella,
se ahoga un grito en mi garganta, no puedo erupcionarlo,
contenerlo me hace daño, lacera mis entrañas,
pero está derrumbada mi laringe,
como una mina dinamitada,
lentamente consume mis huecos,
como reacción en cadena, lento, inevitable,
el oxígeno se va consumiendo en mi interior,
como un minero sin salida, sin rescate,
a más de diez mil corazones de profundidad,
los treinta y tres tuvieron suerte de salir en Atacama,
mi dolor está condenado a estar en silencio,
como un faquir con mil cuchillos incrustándose,
tarde que temprano todo tiene consecuencias,
duelen, matan lentamente, desgasta el alma,
el silencio retumba en el tímpano de mi oído,
en lo más profundo de una caverna, cerrada, oscura.
A tientas,
¡A tientas me busco!
¡Sin ver!¡La oscuridad vela mis ojos!
Me busco en las pinturas rupestres de lo que fui,
entre la paredes de mi pensamiento donde hace eco,
como chillido de murciélagos que llenan de guano
el piso donde recorren mis pies, mi pasado, mi presente,
mezclándose con el cieno, entre aguas estancadas,
que han estado ahí por mucho tiempo, podridas.
Los cadáveres del que fui, van acechando a mi paso,
tropezando voy en cada pisada con ellos,
cayendo de bruces frente a sus gélidos rostros,
sintiendo su aliento nauseabundo, frío, fétido,
la piel se descarna al tropezar con ellos,
pareciera surgir un lamento desde su interior,
andan penando, a rastras,
buscan paz, buscan amor, buscan el sol,
¡Quieren extinción!
no les basta el frío,
no les basta la glaciación en la que están,
tienen sed, tienen hambre, tienen soledad,
tienen hastío, tienen eutanasia detenida
tienen una tristeza perenne en sus cuencas,
en esa tangente donde una vez sus ojos
brillaron con la sonrisa de un niño…
¡Que quedó en el pasado!