Rafael Alvazalez
Poeta recién llegado
La sangre mata, no, mata el olvido.
No puedo vivir ya, no sin ella.
Nada sabe, nada huele, nada es.
Todo se va, y ella es la culpable.
¡Oh, háblame!, ¿por qué haces esto?
¿no ves que sin ti no soy,
y que sin ti me voy?.
Me voy al olvido vano.
Me voy al oscuro rincón,
donde mis locuras y tristezas no sean,
que se borren y no se vean,
pues soy un loco y desesperado,
triste, solo y acongojado,
pues en mi absurda búsqueda
de un absoluto afanado
perdido estoy sin cuenta.
Y tal vez no seas consiente
de tu doliente falta,
ya que a los muchos asuntos tienes
un buen y educado propósito,
pero eso no quita
que a mi ser irrita
tu ponzoñoso desdén
a mi sumiso querer.
¡Hierve! ¡Hierve sangre! No sin duda
te quites de premura,
pues más grave es la congoja
en el oscuro rincón que te acopla.
No puedo vivir ya, no sin ella.
Nada sabe, nada huele, nada es.
Todo se va, y ella es la culpable.
¡Oh, háblame!, ¿por qué haces esto?
¿no ves que sin ti no soy,
y que sin ti me voy?.
Me voy al olvido vano.
Me voy al oscuro rincón,
donde mis locuras y tristezas no sean,
que se borren y no se vean,
pues soy un loco y desesperado,
triste, solo y acongojado,
pues en mi absurda búsqueda
de un absoluto afanado
perdido estoy sin cuenta.
Y tal vez no seas consiente
de tu doliente falta,
ya que a los muchos asuntos tienes
un buen y educado propósito,
pero eso no quita
que a mi ser irrita
tu ponzoñoso desdén
a mi sumiso querer.
¡Hierve! ¡Hierve sangre! No sin duda
te quites de premura,
pues más grave es la congoja
en el oscuro rincón que te acopla.