Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
El domingo se despierta con pereza de animal herido,
se arrastra por las cortinas,
moja el café frío de la semana
y se sienta a mirar el reloj.
La casa es un zapato vacío.
Las horas se deshacen como azúcar en la taza,
y yo, descalzo, camino sobre el silencio,
pisando migajas de tiempo.
Hay algo en los domingos que parece una despedida:
la luz lamiendo los muros,
el periódico abandonado en el sofá,
el teléfono mudo como un Santo.
Me pregunto si Dios también descansa hoy,
si se quita la barba de nube
y se acuesta junto al mundo,
cansado de sostenerlo.
La tarde cae como un pañuelo sucio.
Alguien tose en el edificio de enfrente.
Yo escribo este poema con las manos vacías,
mientras el domingo se aleja
—un perro sin dueño—
oliscando la basura de los días.
se arrastra por las cortinas,
moja el café frío de la semana
y se sienta a mirar el reloj.
La casa es un zapato vacío.
Las horas se deshacen como azúcar en la taza,
y yo, descalzo, camino sobre el silencio,
pisando migajas de tiempo.
Hay algo en los domingos que parece una despedida:
la luz lamiendo los muros,
el periódico abandonado en el sofá,
el teléfono mudo como un Santo.
Me pregunto si Dios también descansa hoy,
si se quita la barba de nube
y se acuesta junto al mundo,
cansado de sostenerlo.
La tarde cae como un pañuelo sucio.
Alguien tose en el edificio de enfrente.
Yo escribo este poema con las manos vacías,
mientras el domingo se aleja
—un perro sin dueño—
oliscando la basura de los días.