Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
I
Aquí, donde la noche no tiene nombre,
la soledad se acuesta en mi pecho,
cierra los ojos,
y me deja despierto con su peso.
II
Los relojes pierden su prisa,
el tiempo se derrite en las esquinas,
y todo lo que queda
es el susurro de un recuerdo
que no sé si es mío.
III
Te busco entre las sombras,
pero el olvido ya puso su sello,
sus dedos borraron las huellas
y ahora camino solo,
sin saber dónde fui ni dónde estoy.
IV
Hay un vacío que no sabe cómo llenarse,
un eco que regresa siempre a la misma palabra:
nada.
Y en esa nada me encuentro,
me pierdo,
me hago polvo.
V
La soledad habla en murmullos,
dice cosas que no entiendo,
pero que siento
como un frío bajo la piel,
como una despedida
que nunca termina.
VI
No hay respuestas,
solo una pregunta sin dueño
que cuelga del aire
y se enreda en mi voz
cada vez que trato de olvidar.
VII
El olvido no mata,
pero desarma,
pieza por pieza,
hasta que no queda más que un alma desnuda
esperando algo que no llega.
VIII
Y aún así, escribo.
Porque si el amor ya no vuelve,
si las palabras no me salvan,
al menos este poema será testigo
de que alguna vez estuve vivo.
Aquí, donde la noche no tiene nombre,
la soledad se acuesta en mi pecho,
cierra los ojos,
y me deja despierto con su peso.
II
Los relojes pierden su prisa,
el tiempo se derrite en las esquinas,
y todo lo que queda
es el susurro de un recuerdo
que no sé si es mío.
III
Te busco entre las sombras,
pero el olvido ya puso su sello,
sus dedos borraron las huellas
y ahora camino solo,
sin saber dónde fui ni dónde estoy.
IV
Hay un vacío que no sabe cómo llenarse,
un eco que regresa siempre a la misma palabra:
nada.
Y en esa nada me encuentro,
me pierdo,
me hago polvo.
V
La soledad habla en murmullos,
dice cosas que no entiendo,
pero que siento
como un frío bajo la piel,
como una despedida
que nunca termina.
VI
No hay respuestas,
solo una pregunta sin dueño
que cuelga del aire
y se enreda en mi voz
cada vez que trato de olvidar.
VII
El olvido no mata,
pero desarma,
pieza por pieza,
hasta que no queda más que un alma desnuda
esperando algo que no llega.
VIII
Y aún así, escribo.
Porque si el amor ya no vuelve,
si las palabras no me salvan,
al menos este poema será testigo
de que alguna vez estuve vivo.
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