Dos Cráneos.

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Poeta recién llegado
- ¡Hola, hola muchachito! ¡Pasa, entra a mi galería de maravillas, pequeñín! Toda esta
colección que me ha tomado años recopilar es ahora tan tuya como es mía. Mira, ven, acá
tenemos una colección de volúmenes originales, el más importante de todos son estos
manuscritos alquímicos de Teofrasto Paracelso. El librero perteneció al propio Charles Dickens,
el escritorio es el mismo donde Aleister Crowley redactó su Liber Al vel Legis y las sillas,
bellísimas ¡son genuinas Luis XIV! Las paredes, por supuesto, no podían tener menor decoración
que grabados de Goya, Durero y Rembrandt... ¿Qué dices, pequeñín? ¿Te llaman la atención esos
dos cráneos que están sobre el librero? ¡Ah! esa es una historia larga y difícil, pero por eso son
tan valiosos. Son de dos hermanas que fueron monjas y amantes sin jamás saber su parentesco
sino hasta su lecho de muerte. Ven, te contaré su historia.

La pequeña Josefina nació primero, de Don Silvestre Escandón Morales y la Señora
Agustina Trujillo de Escandón. Eran los primeros años del siglo veinte y la capital del país se
convertía en un ejemplo de modernidad y lujo, bajo el mandato del General Díaz. Josefina llegó
a vivir años hermosos con el cariño de sus padres, en una situación bastante acomodada ya que
Don Silvestre era heredero de una importante familia de ferrocarrileros. Luego de años felices
para Josefina, comenzaron los disturbios que llevaron a la revolución. Tras el asesinato de
Madero, con la inestabilidad en el país, el avance de Carrancistas, Villistas y Zapatistas, la
posibilidad de que la capital fuera tomada creció y los padres de Josefina decidieron refugiarse
con amigos y familiares hacia el norte, en la ciudad de Zacatecas, partiendo por la madrugada de
un 17 de Agosto de 1913. Durante casi un año consiguieron vivir tranquilamente y fue en ellos
que Doña Agustina quedó nuevamente embarazada, pero tristemente Don Silvestre no alcanzó a
ver a su segunda hija nacer, pues durante la toma de Zacatecas, el 23 de Junio del año siguiente,
murió cuando las tropas Villistas saquearon la casa donde se refugiaban, raptando a la pequeña
Josefina. Doña Agustina tuvo su vida perdonada debido a su avanzado estado de embarazo, pero
la tristeza de haber perdido a su hija y marido le rompieron el corazón, acelerando el parto de la
pequeña Angélica Guadalupe y llevándose la vida de Doña Agustina durante el parto. Por su
parte, la pequeña Josefina, con apenas doce años de edad, fue ultrajada por la banda de rufianes y
abandonada en su marcha hacia el estado de Guanajuato, en la población que entonces se conocía
como La Blanca y que, más adelante, se conocería como Gral. Pánfilo Natera. Fue acogida por el
matrimonio Aguilera, una pareja madura sin hijos, propietarios de un mesón. Allí conoció una
vida más tranquila y relativamente feliz, donde por más de cinco años se dedicó en cuerpo y
alma a aprender la vida de las caballerizas y la cocina de los viajeros, preparando el arroz con
mole rojo y los platillos de nopales tradicionales de la región. Sin embargo, jamás pudo superar
el miedo a quedarse sola entre varios hombres y, cuando notaba que sucedía mientras estaba
llevando cubos de agua a los abrevaderos o sirviendo los platos en el comedor, salía corriendo a
la cocina o a cualquier otra parte donde pudiera encontrar a su mamá Conchita o cualquiera de
las otras asistentes del mesón. Preocupada por ese miedo irracional que veía siempre en Josefina,
Doña Conchita Aguilera habló con Hilario, su marido, para mandarla al convento de las
hermanas Clarisas en Fresnillo. Tristes por la perspectiva de quedarse nuevamente solos sin la
que ya consideraban como hija, pero entendiendo que sería la mejor forma de alejarla del miedo
que siempre le ganaba, la dejaron partir una mañana de Octubre, con una comitiva de arrieros de
toda su confianza, acompañada además por un par de ayudantes del mesón, amigas de Josefina,
para hacerle más tolerable el viaje que tanto miedo le despertaba, trayendo los recuerdos de su
rapto, casi seis años atrás.

Por su parte, Angélica Guadalupe, desde recién nacida, se vio bajo el cuidado estricto de la
hermana mayor de Don Silvestre, la soltera señorita Dolores Escandón que logró permanecer en
Zacatecas tras la toma de la ciudad y que, con ayuda de amigos de la familia, pudo llevar una
vida austera en la que no faltaba lo necesario. En Angélica, Dolores reconoció desde temprana
edad la belleza que había tenido en vida Agustina, su cuñada, esa belleza que siempre le irritó y
le hizo tener más de una pelea con su hermano, pues la consideraba "una perdida" que sólo
estaba interesada en sacar ventaja del apellido Escandón y la fortuna de la familia. Esa belleza
despertó una crueldad sorda en Dolores, para no dejarla salir de casa más que al asistir a los
servicios religiosos y así, crió a Angélica en un universo alienado del mundo exterior, entre
pesados cortinajes que cubrían las ventanas, muebles añosos que habían sobrevivido la
revolución e imágenes de santos y vírgenes tétricamente iluminados por la cetrina luz de las
veladoras, aprendiendo a leer de las Sagradas Escrituras, sin mayor juego que espantar a los
ocasionales gatos escabulléndose por el patio trasero de la casa. Sin embargo, a pesar de esta
dura vida y educación, la belleza de Angélica no se extinguió, más al contrario, al pasar los diez
años de edad, comenzó a aflorar como botón de flor abriéndose al rocío de la mañana. Incapaz de
seguirla mirando convertirse en una réplica de aquella cuñada tan despreciada, Dolores
consiguió, con ayuda del párroco local, que la aceptaran lo antes posible, a los doce años, como
novicia en el convento de Fresnillo, para impedirle que esa belleza y el espíritu que comenzaba a
rebelarse a tanta imposición tuvieran alguna puerta de escape, alguna forma de volverse "otra
perdida" como tanto temía. Pero para Angélica el convento se volvió una vida luminosa llena de
gente nueva y diferente, comparada con la rígida casona en la que viviera sus primeros años.
Desde su llegada tomó predilección por Sor Dorotea, con quien se sentía tan cómoda, tan
familiar y que, sin saberlo, era precisamente su hermana perdida. Las dos se volvieron
inseparables, atendiendo el huerto del convento y trabajando con alegría en la cocina, los hornos
de pan y...

¡Oh, pero mira la hora! ¡Me he distraído tanto contándote la historia que casi me olvido de
la cita con el Sr. Guízar, en el centro! Me ha dicho que tiene un escritorio que perteneciera a José
Vasconcelos y una imprenta de los hermanos Flores Magón, lo cual dudo mucho pues la mayoría
fueron destruidas durante aquel periodo tan convulso de nuestra historia. Ven, pequeñín, te dejaré
en compañía de estas dos damas en quienes tanto interés has mostrado, quizá cuando vuelva
pueda terminar de contarte esta historia, terrible y hermosa, del amor que tuvieron, la muerte
compartida y de cómo obtuve los cráneos junto con su historia -

Haciendo tiernas señas con las manos, el hombre, con saco de levita marrón y camisa café
claro mira con ternura desde atrás de sus añosos y gruesos anteojos. Atusándose los enredados
bigotes, deposita la jaula donde un pequeño gorrión canta, sostenido en la pequeña percha
interior. Lo deja sobre el librero, al lado de los dos cráneos amarillentos, lustrosos de barniz, los
cuales, mientras se cierra la puerta tras la que desaparece el anciano anticuario, parecieran mirar
con extrañeza y curiosidad al recién llegado, desde la oscura profundidad de sus cuencas vacías.

Dedicado a Two Skulls. Pintura de Damien Hirst.
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