kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
DOS MARÍAS DE MIGUEL ÁNGEL
Era una noche de verano.
Desde el estanque pútrido de la mala hostia
te dije que no me querías.
Tras el silencio quirúrgico de aquella frase
la comisura de tus labios
se deprimió lentamente en el barro de tu rostro.
Entonces, me contestaste
que qué sabía yo de lo que tú podías sentir por mí.
Solo eso me dijiste, nada más,
pero con la inabarcable gravedad en el gesto
que tan solo la tristeza abierta hasta el hueso es capaz de formular.
Y en la pausa irrefutable de tu verdad
de pronto me vi dentro de ti.
Yo dentro tu cuerpo, con tu mente,
yo mirando a través del vidrio de tus ojos.
Contemplé —desde ellos— a un pobre hombre
con esa mueca estúpida de quien no sabe qué decir
cuando hacía un instante
había dicho tanto de más.
Pero si algo sentí dentro de ti fue un amor descomunal.
Era tal la inercia de tu voluntad por abrazarme...,
pero la hemorragia de tu pena
(y cuando digo pena, digo pena)
había trepado por la médula hasta instalarse en la punta de tu lengua,
y ahí estabas tú, completamente inmóvil.
Éramos dos Marías de Miguel Ángel incapaces de sostenernos
en la mutación de aquel silencio terrible.
Y salí corriendo de tu cuerpo
igual que un niño avergonzado
que urge abatir su rostro sobre el vientre de su madre,
pero ya no era yo quien te abrazaba
sino tú a ti misma hecha un ovillo.
Ante la mísera incapacidad de soportar el llanto ajeno
en aquella extensa madrugada
este torpe muñeco de trapo que tanto te debe
lloró por ti.
Kalkbadan
En Madrid, 31 de agosto de 2016
Era una noche de verano.
Desde el estanque pútrido de la mala hostia
te dije que no me querías.
Tras el silencio quirúrgico de aquella frase
la comisura de tus labios
se deprimió lentamente en el barro de tu rostro.
Entonces, me contestaste
que qué sabía yo de lo que tú podías sentir por mí.
Solo eso me dijiste, nada más,
pero con la inabarcable gravedad en el gesto
que tan solo la tristeza abierta hasta el hueso es capaz de formular.
Y en la pausa irrefutable de tu verdad
de pronto me vi dentro de ti.
Yo dentro tu cuerpo, con tu mente,
yo mirando a través del vidrio de tus ojos.
Contemplé —desde ellos— a un pobre hombre
con esa mueca estúpida de quien no sabe qué decir
cuando hacía un instante
había dicho tanto de más.
Pero si algo sentí dentro de ti fue un amor descomunal.
Era tal la inercia de tu voluntad por abrazarme...,
pero la hemorragia de tu pena
(y cuando digo pena, digo pena)
había trepado por la médula hasta instalarse en la punta de tu lengua,
y ahí estabas tú, completamente inmóvil.
Éramos dos Marías de Miguel Ángel incapaces de sostenernos
en la mutación de aquel silencio terrible.
Y salí corriendo de tu cuerpo
igual que un niño avergonzado
que urge abatir su rostro sobre el vientre de su madre,
pero ya no era yo quien te abrazaba
sino tú a ti misma hecha un ovillo.
Ante la mísera incapacidad de soportar el llanto ajeno
en aquella extensa madrugada
este torpe muñeco de trapo que tanto te debe
lloró por ti.
Kalkbadan
En Madrid, 31 de agosto de 2016
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