Dos piececitos descalzos
se asoman por la enramada
con sus deditos de trigo
y sus uñitas de nácar;
son piececitos de niña
cargando en edad temprana
un cuerpito atribulado
y un alma, ¡por Dios!, un alma
que se abre paso a la vida
con el hambre por aljaba,
con la cruz de la pobreza
haciendo peso en su espalda
y la orfandad prematura
en su carita pintada.
Dos piececitos descalzos
han de soportar la carga
de un cuerpito titubeante
que sin consuelo se afana
a seguir las callejuelas
que lo conduzcan al alba,
aún cuando deba franquear
estiercol, fango y cizaña,
montarrascales brumosos
y veredas empedradas.
Yo la incito desde el cielo
virginal de sus entrañas
a que persiga el destino
que le depara el mañana
porque ha de ser esa niña,
la de uñitas nacaradas,
la que me dé de su pecho,
la que yo le diga: ¡mama!