Old Soul
Poeta adicto al portal
En carnavales,
solitario,
disfrazado con un simple poncho,
con aliento a tabaco negro y tequila,
con ese aliento de haber bebido
una botella y vomitado un cuarto,
ese aliento pastoso
que deja la lengua áspera y seca.
Con el sabor en mi boca
de los ácidos de mi estómago,
con el sabor de la coca, aún más ácido,
cuarteando mi lengua.
Con todo el cuerpo
hediendo al olor de mi sudor
por haber estado como ganado
metido en un “after hours”,
entre humos y rozándome con gente,
pegándose a mi cuerpo su sudor
y sus nauseabundos perfumes.
Cuando pensaba que ya se había muerto la noche,
ya de amanecida,
una se me acercó vestida de mexicana
con dos coletas postizas
y, con un enorme micrófono de plástico entre sus manos,
empezó a entrevistarme.
¿De dónde eres? Qué coño le importaba, pensé,
pero respondí: de aquí mismo.
¿De qué vas disfrazado? Estará ciega la cabrona,
pensé, pero respondí: de mexicano.
Y antes de que siguiera haciendo preguntas estúpidas
le dije: ¿fumas maría?
Me respondió que también otras cosas.
Así que nos fuimos a un parque cercano.
Ya metidos en la espesura entre matorrales
y bambú,
nos fumamos mis cogollos
y el crack que llevaba ella
y, mientras nos besábamos,
justo cuando iba a bajarle las bragas
me dijo: espera.
Y sacó una bolsita
con algo de heroína.
¿Quieres? Me preguntó.
No se me pone dura con esa mierda
así que le dije: toda tuya.
Y tras esnifársela
quedó tendida en el suelo,
flácida.
Comencé a tocarla con mis dedos,
por la nicotina amarillos,
la toqué, la toqué desesperado
por tocarla toda entera,
por palpar todo su cuerpo
y meter mis dedos en su vagina.
Con mi aliento hediondo
besé y lamí su cuello,
amargándome la lengua
con su perfume barato.
Por lo que vomité justo a su lado
sólo babas.
Después me puse sobre ella,
le terminé de bajar las bragas
y me la follé
tratando de besarla
pero apenas se movía su lengua,
torpe por la heroína.
Así que me la acabé de follar,
eyaculando dentro de ella.
Luego, tal vez algo arrepentido,
antes de dejarla allí tirada, le subí las bragas.
Fui hasta mi casa caminando,
molesto por el piar de los mirlos
que me recordaban que trabajaba en unas pocas horas.
Cuando llegué a mi casa
ya había decidido mandar el trabajo al carajo.
Qué se jodan,
hoy descansaré,
pensé.
Tomé mis medicinas
y me tumbé en la cama.
Y allí, justo antes de dormirme,
reflexioné que tal vez debí de haberle dicho
que tengo el sida,
aunque, la verdad, no aparentaba tener
a la vida mucho aprecio,
al fin y al cabo,
se había dejado follar
por un tipo como yo.
solitario,
disfrazado con un simple poncho,
con aliento a tabaco negro y tequila,
con ese aliento de haber bebido
una botella y vomitado un cuarto,
ese aliento pastoso
que deja la lengua áspera y seca.
Con el sabor en mi boca
de los ácidos de mi estómago,
con el sabor de la coca, aún más ácido,
cuarteando mi lengua.
Con todo el cuerpo
hediendo al olor de mi sudor
por haber estado como ganado
metido en un “after hours”,
entre humos y rozándome con gente,
pegándose a mi cuerpo su sudor
y sus nauseabundos perfumes.
Cuando pensaba que ya se había muerto la noche,
ya de amanecida,
una se me acercó vestida de mexicana
con dos coletas postizas
y, con un enorme micrófono de plástico entre sus manos,
empezó a entrevistarme.
¿De dónde eres? Qué coño le importaba, pensé,
pero respondí: de aquí mismo.
¿De qué vas disfrazado? Estará ciega la cabrona,
pensé, pero respondí: de mexicano.
Y antes de que siguiera haciendo preguntas estúpidas
le dije: ¿fumas maría?
Me respondió que también otras cosas.
Así que nos fuimos a un parque cercano.
Ya metidos en la espesura entre matorrales
y bambú,
nos fumamos mis cogollos
y el crack que llevaba ella
y, mientras nos besábamos,
justo cuando iba a bajarle las bragas
me dijo: espera.
Y sacó una bolsita
con algo de heroína.
¿Quieres? Me preguntó.
No se me pone dura con esa mierda
así que le dije: toda tuya.
Y tras esnifársela
quedó tendida en el suelo,
flácida.
Comencé a tocarla con mis dedos,
por la nicotina amarillos,
la toqué, la toqué desesperado
por tocarla toda entera,
por palpar todo su cuerpo
y meter mis dedos en su vagina.
Con mi aliento hediondo
besé y lamí su cuello,
amargándome la lengua
con su perfume barato.
Por lo que vomité justo a su lado
sólo babas.
Después me puse sobre ella,
le terminé de bajar las bragas
y me la follé
tratando de besarla
pero apenas se movía su lengua,
torpe por la heroína.
Así que me la acabé de follar,
eyaculando dentro de ella.
Luego, tal vez algo arrepentido,
antes de dejarla allí tirada, le subí las bragas.
Fui hasta mi casa caminando,
molesto por el piar de los mirlos
que me recordaban que trabajaba en unas pocas horas.
Cuando llegué a mi casa
ya había decidido mandar el trabajo al carajo.
Qué se jodan,
hoy descansaré,
pensé.
Tomé mis medicinas
y me tumbé en la cama.
Y allí, justo antes de dormirme,
reflexioné que tal vez debí de haberle dicho
que tengo el sida,
aunque, la verdad, no aparentaba tener
a la vida mucho aprecio,
al fin y al cabo,
se había dejado follar
por un tipo como yo.
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