Agapimu
Poeta recién llegado
Esa mañana había comenzado un poco distinta a las anteriores. El trino de los pajarillos era lo que lo alistaba a comenzar el día y lo hacía salir de un salto de la cama, pero esa mañana era diferente, sentía en su interior un peso profundo y unas ganas locas de salir corriendo y olvidarlo todo. Nunca durante sus largos años de estadía en ese lugar había experimentado tal sensación, era complicado para él poder manejarlo y difícilmente podía olvidarlo, todo aquello había sido un despertar instintivo a un mundo espectral y casi inexistente que estaba oculto tan cerca pero a la vez tan distante.
Cuando Pedro salió de su casa, se fue con la convicción de todo aquello que le inculcaron sus padres y creyó con firmeza en su vocación espiritual, desconociendo por completo aquel mundo hermoso que le preparaba la vida. Cada día se entregaba por completo a sus oraciones para poder apaciguar así sus más íntimos deseos, los cuales por ahora lo hacían flaquear y lo intimaban. Fue difícil para él aceptar lo que le estaba pasando, más aún resistirse a las miradas fogosas de Alba, quien, indiscretamente lo observaba a la distancia. Fue entonces cuando decidió lanzarse a lo que algunos llamaban vida, tratando de algún modo apagar aquella hoguera que lo consumía. Cada tarde acudía a casa de Alba y sacaba de su cuerpo cada amuleto que lo inculpara haciéndole sentir el pecado, algo que para él por ahora, resultaba dulce y placentero como la más dulce miel que jamás en su vida había disfrutado, era extraño, pero sentía que la vida no era una caverna obscura como algún día había pensado, sentía que la vida era el resultado de un sinnúmero de situaciones buenas para algunos y no tan buenas para otros, por lo que pensaba en lo difícil que era distanciar el bien del mal, porque ahora lo que le pasaba era muy bueno y no tan bueno para otros tantos.
Esa mañana tomó unos jeans que nunca había usado y una camisa que por un motivo casual hacía algunos días le habían obsequiado, sacó de su cuerpo aquella cruz que cargaba hacía años y lo marcaba y dejó sus hábitos colgados en la habitación, en la que sobrevolaron sus más ávidos desencuentros. Abrió la puerta de aquél lugar y nunca el sol le pareció tan brillante y el perfume de las rosas olía al sabor de aquella miel tonificante que lo revestía, la vía estaba expedita y su corazón más liviano, observaba un largo y pesado camino que le otorgaba la vida, lleno de curvas peligrosas que nunca había apreciado hasta después de vivir fugazmente en pecado.
Cuando Pedro salió de su casa, se fue con la convicción de todo aquello que le inculcaron sus padres y creyó con firmeza en su vocación espiritual, desconociendo por completo aquel mundo hermoso que le preparaba la vida. Cada día se entregaba por completo a sus oraciones para poder apaciguar así sus más íntimos deseos, los cuales por ahora lo hacían flaquear y lo intimaban. Fue difícil para él aceptar lo que le estaba pasando, más aún resistirse a las miradas fogosas de Alba, quien, indiscretamente lo observaba a la distancia. Fue entonces cuando decidió lanzarse a lo que algunos llamaban vida, tratando de algún modo apagar aquella hoguera que lo consumía. Cada tarde acudía a casa de Alba y sacaba de su cuerpo cada amuleto que lo inculpara haciéndole sentir el pecado, algo que para él por ahora, resultaba dulce y placentero como la más dulce miel que jamás en su vida había disfrutado, era extraño, pero sentía que la vida no era una caverna obscura como algún día había pensado, sentía que la vida era el resultado de un sinnúmero de situaciones buenas para algunos y no tan buenas para otros, por lo que pensaba en lo difícil que era distanciar el bien del mal, porque ahora lo que le pasaba era muy bueno y no tan bueno para otros tantos.
Esa mañana tomó unos jeans que nunca había usado y una camisa que por un motivo casual hacía algunos días le habían obsequiado, sacó de su cuerpo aquella cruz que cargaba hacía años y lo marcaba y dejó sus hábitos colgados en la habitación, en la que sobrevolaron sus más ávidos desencuentros. Abrió la puerta de aquél lugar y nunca el sol le pareció tan brillante y el perfume de las rosas olía al sabor de aquella miel tonificante que lo revestía, la vía estaba expedita y su corazón más liviano, observaba un largo y pesado camino que le otorgaba la vida, lleno de curvas peligrosas que nunca había apreciado hasta después de vivir fugazmente en pecado.
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