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Dulce placer estelar

León_es

...no soy poeta, solo escribo...

Era, como una noche de vibrantes armonías,

el ruido de la urbe se desataba en profusión,

los fanales trazaban caprichosas geometrías,

mostrando lo abstracto con rítmica ilusión.


Sin abismo, no hay fondo, la tiniebla se esfuma,

y la luna, tras el velo de un nublado dosel,

finge un pálido rostro de marfil y de espuma,

reflejando en el légamo su argentado pincel.


Cae el agua, cristalina, con su gélido acento,

mientras ella se acerca con un paso de flor,

un largo caminar, como ráfaga al viento,

dejando en el ambiente un aroma de amor.


Me encamino a una puerta herrumbrosa,

cuyos goznes rechinan en su vieja queja,

y al abrirse la entrada, ¡oh visión portentosa!,

la estancia un secreto de greda me deja.


Allí aguarda la ninfa, de ropajes ligera,

sus contornos de estatua, su elegancia de altar,

es un verso de carne, una dulce quimera,

que me ofrece sus besos para hacerme soñar.


Me abraza con ansia, me sonríe con calma,

más no sé quién habita en tan bello disfraz,

un nombre perdido en el fondo del alma,

una sombra divina, una extraña faz.


Bajo el grifo de plata mi fatiga despejo,

busco el agua que enfríe mi sien y mi mano,

la veo en la sombra, cual místico espejo,

invitándome al lecho, territorio profano.


Y juntos caímos, en volcán de delicias,

en un rapto de goces, un eterno festín,

¡Oh, el divino perfume de aquellas caricias,

en el sueño sagrado de aquel jardín!


Más al abrir los ojos, la ilusión se desvae,

solo queda el recuerdo de un placer estelar,

el lecho está frío, el silencio me distrae,

y ella... ¡ella se ha ido con el viento y el mar!
 

Era, como una noche de vibrantes armonías,

el ruido de la urbe se desataba en profusión,

los fanales trazaban caprichosas geometrías,

mostrando lo abstracto con rítmica ilusión.



Sin abismo, no hay fondo, la tiniebla se esfuma,

y la luna, tras el velo de un nublado dosel,

finge un pálido rostro de marfil y de espuma,

reflejando en el légamo su argentado pincel.



Cae el agua, cristalina, con su gélido acento,

mientras ella se acerca con un paso de flor,

un largo caminar, como ráfaga al viento,

dejando en el ambiente un aroma de amor.



Me encamino a una puerta herrumbrosa,

cuyos goznes rechinan en su vieja queja,

y al abrirse la entrada, ¡oh visión portentosa!,

la estancia un secreto de greda me deja.



Allí aguarda la ninfa, de ropajes ligera,

sus contornos de estatua, su elegancia de altar,

es un verso de carne, una dulce quimera,

que me ofrece sus besos para hacerme soñar.



Me abraza con ansia, me sonríe con calma,

más no sé quién habita en tan bello disfraz,

un nombre perdido en el fondo del alma,

una sombra divina, una extraña faz.



Bajo el grifo de plata mi fatiga despejo,

busco el agua que enfríe mi sien y mi mano,

la veo en la sombra, cual místico espejo,

invitándome al lecho, territorio profano.



Y juntos caímos, en volcán de delicias,

en un rapto de goces, un eterno festín,

¡Oh, el divino perfume de aquellas caricias,

en el sueño sagrado de aquel jardín!



Más al abrir los ojos, la ilusión se desvae,

solo queda el recuerdo de un placer estelar,

el lecho está frío, el silencio me distrae,


y ella... ¡ella se ha ido con el viento y el mar!
Un hermoso sueño donde el amor, ese amor que marco tus silencios aparece de nuevo embargando tus sentidos precioso gracias por compartir saludos
 
Dejando atrás placentera ensoñación.

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Era, como una noche de vibrantes armonías,

el ruido de la urbe se desataba en profusión,

los fanales trazaban caprichosas geometrías,

mostrando lo abstracto con rítmica ilusión.



Sin abismo, no hay fondo, la tiniebla se esfuma,

y la luna, tras el velo de un nublado dosel,

finge un pálido rostro de marfil y de espuma,

reflejando en el légamo su argentado pincel.



Cae el agua, cristalina, con su gélido acento,

mientras ella se acerca con un paso de flor,

un largo caminar, como ráfaga al viento,

dejando en el ambiente un aroma de amor.



Me encamino a una puerta herrumbrosa,

cuyos goznes rechinan en su vieja queja,

y al abrirse la entrada, ¡oh visión portentosa!,

la estancia un secreto de greda me deja.



Allí aguarda la ninfa, de ropajes ligera,

sus contornos de estatua, su elegancia de altar,

es un verso de carne, una dulce quimera,

que me ofrece sus besos para hacerme soñar.



Me abraza con ansia, me sonríe con calma,

más no sé quién habita en tan bello disfraz,

un nombre perdido en el fondo del alma,

una sombra divina, una extraña faz.



Bajo el grifo de plata mi fatiga despejo,

busco el agua que enfríe mi sien y mi mano,

la veo en la sombra, cual místico espejo,

invitándome al lecho, territorio profano.



Y juntos caímos, en volcán de delicias,

en un rapto de goces, un eterno festín,

¡Oh, el divino perfume de aquellas caricias,

en el sueño sagrado de aquel jardín!



Más al abrir los ojos, la ilusión se desvae,

solo queda el recuerdo de un placer estelar,

el lecho está frío, el silencio me distrae,


y ella... ¡ella se ha ido con el viento y el mar!
Una noche llena de armonías y el bullicio de la ciudad.

Saludos
 

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