Idilio
Poeta recién llegado
Inusitadamente me encontraba
en un mundo que crecía en el arcoiris,
donde el reflejo del sol se esparcía
en el cuerpo desnudo de los serafines
que eran como inocentes partículas
danzantes del rocío.
Yo era acompañado por un par de ellos,
me rodeaban y me observaban cuidadosamente
algunos de ellos, con las alas más amplias y calladas
dirigían sus alabanzas hacia el cielo;
que en un instante se volcó
en un torbellino de mil colores.
Me encontraba reposando en una nube
con la forma de un majestuoso cisne,
los unicornios marcaban el final de la creación,
las libélulas trazaban la vida
yo me encontraba sin rumbo.
Era aquel lugar, el mejor de mis sueños
terrible belleza que cubría los ríos de risas
cayendo como las cascadas en un valle oculto,
lugar donde los segundos nunca pasan,
lugar fantástico, lugar eminente.
Dulce suplicio que trae a mí este edén de gloria
que me permite el desear abandonar mi sueño de realidad;
dulce suplicio que me convierte en extranjero
de esta tierra que llaman felicidad.
Cosmos inexplorado de luna menguante
se aparece sin previo aviso
e invade de alegría la sombría morada
en la que habita mi ser.
El más sonriente y pequeño de todos ellos
me tendió su mano desde las alturas,
me sujeté de su corazón
y me llevó muy cerca del comienzo
al fondo de la vida.
Llegamos al centro del volcán
a la garganta de su salvador.
La algarabía se convirtió en el manto nocturno
que nos cubría y procuraba protección.
Ahora, ya la vida se iba perdiendo
en el sonido de las aves que imploraban un nuevo amor,
al final nos cubrimos con una suave caricia
regalo del viento, cálido y efusivo.
Sustrajo el aliento naciente de la mañana
que provenía directo de mi alma
después de que los párpados recibieran
el beso del primer sol.
Momentos que suceden al morir el séptimo día
se vuelven comunes en mi
amarga soledad que envuelve mis huellas.
Dulce suplicio que volveré a vivir por ti.
en un mundo que crecía en el arcoiris,
donde el reflejo del sol se esparcía
en el cuerpo desnudo de los serafines
que eran como inocentes partículas
danzantes del rocío.
Yo era acompañado por un par de ellos,
me rodeaban y me observaban cuidadosamente
algunos de ellos, con las alas más amplias y calladas
dirigían sus alabanzas hacia el cielo;
que en un instante se volcó
en un torbellino de mil colores.
Me encontraba reposando en una nube
con la forma de un majestuoso cisne,
los unicornios marcaban el final de la creación,
las libélulas trazaban la vida
yo me encontraba sin rumbo.
Era aquel lugar, el mejor de mis sueños
terrible belleza que cubría los ríos de risas
cayendo como las cascadas en un valle oculto,
lugar donde los segundos nunca pasan,
lugar fantástico, lugar eminente.
Dulce suplicio que trae a mí este edén de gloria
que me permite el desear abandonar mi sueño de realidad;
dulce suplicio que me convierte en extranjero
de esta tierra que llaman felicidad.
Cosmos inexplorado de luna menguante
se aparece sin previo aviso
e invade de alegría la sombría morada
en la que habita mi ser.
El más sonriente y pequeño de todos ellos
me tendió su mano desde las alturas,
me sujeté de su corazón
y me llevó muy cerca del comienzo
al fondo de la vida.
Llegamos al centro del volcán
a la garganta de su salvador.
La algarabía se convirtió en el manto nocturno
que nos cubría y procuraba protección.
Ahora, ya la vida se iba perdiendo
en el sonido de las aves que imploraban un nuevo amor,
al final nos cubrimos con una suave caricia
regalo del viento, cálido y efusivo.
Sustrajo el aliento naciente de la mañana
que provenía directo de mi alma
después de que los párpados recibieran
el beso del primer sol.
Momentos que suceden al morir el séptimo día
se vuelven comunes en mi
amarga soledad que envuelve mis huellas.
Dulce suplicio que volveré a vivir por ti.