Eclipse de piel

Homero Gazcón

Poeta recién llegado
"De desnuda que está
brilla la estrella"

Rubén Dario
Apenas creció y comprendió su pecado: ¡desnuda!, ella había nacido desnuda... desnuda... desnuda, pensaba para sí.

Durante diecisiete años, el tiempo la fue vistiendo de horas, días, meses, sueños y deseos.

Se vestía si. No por el solo hecho de vestirse. Ni por andar a la moda. No le importaban esos avatares. Ella se sabía puramente desnuda. Se cubría para disimular, para que pasase desapercibida su innata desnudez. Cubría su cuerpo por no mostrar el alma.

En las noches -desnuda- dormía con la ventana abierta, soñaba alunándose. Era el vértice de los rayos lunares, que intangibles teñían de blanco su alma adolescente. Durante el día acostumbró a vestirse o mejor dicho a arroparse. Así encubría su inusitada desnudez aquel cuerpo descalzo de toda iniquidad.

Ella sabía del peligro de su figura plena vagando por las calles, más pese a eso, de vez en vez, lo hacía sin ningún cuidado. Disfrutaba tanto caminar en la brumosa ciudad, que ignoraba que bajo sus pies el camino iniciaba y se extinguía.

Un día ya no regresó más -¿no quiso volver?-. En la urbe se absolvió, condenándose a no brillar más, ni de noche, ni de día, ni desnuda, ni arropada.

Hay un sencillo vestido estampado que anda por ahí, de banqueta en banqueta, llevado por el contaminado viento de la polis. Casi nadie sabe a quién perteneció.

Los que la conocimos, la esperamos. Algunos -enterados en astronomía- sabemos que escondida tras la luna, se precipitará sobre nosotros el día menos pensado, en un claro eclipse de piel, en su hermoso sucumbir ante el pecado para conquistar el cielo.
 
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