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Ecos de un sueño sin tiempo

Rosa Reeder

Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay un lugar donde los relojes se derriten como hielo bajo un sol invisible. Allí camino descalzo sobre un suelo tejido de memorias quebradas. Cada paso provoca un eco que se convierte en luz. El aire tiene sabor a luna y a lluvia sin lluvia. El cielo respira en silencio y en sus pulmones habita un murmullo antiguo, como el recuerdo de un canto que nadie escuchó.


Avancé hasta encontrar una escalera suspendida entre lo tangible y lo inexistente. No estaba hecha de madera ni piedra, sino de fragmentos de instantes, de segundos rotos, de sueños olvidados. Subí sin miedo. El miedo allí se había convertido en una sombra que dormía. Cada peldaño era una palabra que alguien había perdido: un poema sin autor, un verso sin tiempo.


Al llegar arriba, me encontré con un bosque hecho de vidrio líquido. Los árboles tenían hojas como páginas transparentes. En cada hoja flotaban frases que no podían pronunciarse, historias que no podían contarse. El bosque cantaba, pero sus cantos eran silencios pintados de color. Allí entendí que el lenguaje mismo era un sueño atrapado.


En el centro del bosque estaba un espejo sin marco. Era un espejo que no devolvía reflejos, sino sueños. Me acerqué y vi un río de recuerdos. No era agua, sino memoria pura: peces de luz nadaban entre recuerdos que nunca habían sucedido. Bebí de ese río. Cada sorbo me llevó más profundo. Descubrí que yo no tenía nombre, sino un eco. Un eco perpetuo de un sueño sin tiempo.


De pronto, escuché pasos. No eran pasos humanos: eran acordes, eran viento transformado en música. Seguí esa melodía y llegué a una ciudad suspendida sobre el vacío. Sus calles se abrían como cicatrices luminosas, y cada edificio era un suspiro. Las ventanas mostraban fragmentos de otros mundos: lunas llorando, mares que caminaban, rostros dormidos despiertos.


Caminé hasta tocar una puerta hecha de sombra y luz. Al abrirla, caí en un vacío donde el tiempo se doblaba sobre sí mismo. No había principio ni final: sólo la eternidad de un instante. Allí comprendí que yo no estaba vivo ni muerto. Yo era un eco. El eco mismo de un sueño sin tiempo.


Y desperté. O tal vez seguí soñando.


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
 
Hay un lugar donde los relojes se derriten como hielo bajo un sol invisible. Allí camino descalzo sobre un suelo tejido de memorias quebradas. Cada paso provoca un eco que se convierte en luz. El aire tiene sabor a luna y a lluvia sin lluvia. El cielo respira en silencio y en sus pulmones habita un murmullo antiguo, como el recuerdo de un canto que nadie escuchó.


Avancé hasta encontrar una escalera suspendida entre lo tangible y lo inexistente. No estaba hecha de madera ni piedra, sino de fragmentos de instantes, de segundos rotos, de sueños olvidados. Subí sin miedo. El miedo allí se había convertido en una sombra que dormía. Cada peldaño era una palabra que alguien había perdido: un poema sin autor, un verso sin tiempo.


Al llegar arriba, me encontré con un bosque hecho de vidrio líquido. Los árboles tenían hojas como páginas transparentes. En cada hoja flotaban frases que no podían pronunciarse, historias que no podían contarse. El bosque cantaba, pero sus cantos eran silencios pintados de color. Allí entendí que el lenguaje mismo era un sueño atrapado.


En el centro del bosque estaba un espejo sin marco. Era un espejo que no devolvía reflejos, sino sueños. Me acerqué y vi un río de recuerdos. No era agua, sino memoria pura: peces de luz nadaban entre recuerdos que nunca habían sucedido. Bebí de ese río. Cada sorbo me llevó más profundo. Descubrí que yo no tenía nombre, sino un eco. Un eco perpetuo de un sueño sin tiempo.


De pronto, escuché pasos. No eran pasos humanos: eran acordes, eran viento transformado en música. Seguí esa melodía y llegué a una ciudad suspendida sobre el vacío. Sus calles se abrían como cicatrices luminosas, y cada edificio era un suspiro. Las ventanas mostraban fragmentos de otros mundos: lunas llorando, mares que caminaban, rostros dormidos despiertos.


Caminé hasta tocar una puerta hecha de sombra y luz. Al abrirla, caí en un vacío donde el tiempo se doblaba sobre sí mismo. No había principio ni final: sólo la eternidad de un instante. Allí comprendí que yo no estaba vivo ni muerto. Yo era un eco. El eco mismo de un sueño sin tiempo.


Y desperté. O tal vez seguí soñando.


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
Un paisaje de sueños y recuerdos.

Saludos
 

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