AZIF-AL-DAHNA
Poeta adicto al portal
La fruta prohibida
(Azif Al Dahna)
Esa noche el vuelo alcé
con la dama de Kutu
dejando un cordón de plata
de Sin a Nar Mattaru.
Y al partir de los mares de Sin
me volteé para contemplar
como Shamash con su luz
coronaba el desierto lunar.
Bendita sea tu ignorancia,
dijo irónica Ereshkigal,
pues miras con poesía
a la tragedia angelical.
Allí donde tú ves los mares,
yo veo bosques en cenizas.
Tu ves majestuosos cráteres,
yo palacios hechos trizas.
Y en la noche del Paraíso
no era pálido el fulgor,
la luna era un vergel vivo
que vibraba con color.
Allí se plantaron árboles
de vida y conocimiento.
Su fruto inflamaba el alma
y encendía el pensamiento.
¿Vislumbras de a poco hechicero
el dolor en nuestro pecho?
Del hombre fuimos fantasmas,
aunque padres por derecho.
Pensaron que estaban solos
y sólo escuchaban a Dios;
habiendo miríadas de ángeles
sin poder alzar su voz.
Con el sol les alumbramos,
su calor les impartimos;
en el viento les cantamos
y en el sueño les mecimos.
Cuidamos en todo momento
de nuestros hijos amados
y no cuestionamos al Padre
que nos los había quitado.
Como formas de energía
y en igual polaridad,
amamos a Dios y al hombre
con la misma intensidad.
A medida que crecía
nuestra carga emocional
este amor se dirigía
a una fisión sentimental.
Nos dolía el soportar
verlos huérfanos crecer,
sin un guía que enseñarles
el nivel de su poder.
Vivían en la ignorancia,
tú dirías en la inocencia.
El les negó la razón,
nuestro amor y la conciencia.
En Su afán de convertirlos
en Su imagen reflejada,
transformaba su existencia
en una estatua inalterada.
Debatimos en la luna
y en secreta reunión
decidimos como padres
ofrecerles la elección.
El cisma entre la hueste
provocó esta decisión:
el amarlos impotentes
o el amarlos en traición.
Lucifer, el más brillante,
dirigía la partida
que ofrecería a los hombres
esta fruta prohibida.
(Azif Al Dahna)
Esa noche el vuelo alcé
con la dama de Kutu
dejando un cordón de plata
de Sin a Nar Mattaru.
Y al partir de los mares de Sin
me volteé para contemplar
como Shamash con su luz
coronaba el desierto lunar.
Bendita sea tu ignorancia,
dijo irónica Ereshkigal,
pues miras con poesía
a la tragedia angelical.
Allí donde tú ves los mares,
yo veo bosques en cenizas.
Tu ves majestuosos cráteres,
yo palacios hechos trizas.
Y en la noche del Paraíso
no era pálido el fulgor,
la luna era un vergel vivo
que vibraba con color.
Allí se plantaron árboles
de vida y conocimiento.
Su fruto inflamaba el alma
y encendía el pensamiento.
¿Vislumbras de a poco hechicero
el dolor en nuestro pecho?
Del hombre fuimos fantasmas,
aunque padres por derecho.
Pensaron que estaban solos
y sólo escuchaban a Dios;
habiendo miríadas de ángeles
sin poder alzar su voz.
Con el sol les alumbramos,
su calor les impartimos;
en el viento les cantamos
y en el sueño les mecimos.
Cuidamos en todo momento
de nuestros hijos amados
y no cuestionamos al Padre
que nos los había quitado.
Como formas de energía
y en igual polaridad,
amamos a Dios y al hombre
con la misma intensidad.
A medida que crecía
nuestra carga emocional
este amor se dirigía
a una fisión sentimental.
Nos dolía el soportar
verlos huérfanos crecer,
sin un guía que enseñarles
el nivel de su poder.
Vivían en la ignorancia,
tú dirías en la inocencia.
El les negó la razón,
nuestro amor y la conciencia.
En Su afán de convertirlos
en Su imagen reflejada,
transformaba su existencia
en una estatua inalterada.
Debatimos en la luna
y en secreta reunión
decidimos como padres
ofrecerles la elección.
El cisma entre la hueste
provocó esta decisión:
el amarlos impotentes
o el amarlos en traición.
Lucifer, el más brillante,
dirigía la partida
que ofrecería a los hombres
esta fruta prohibida.