Von Lioncourt
Poeta recién llegado
El día que corté mis venas,
arrancando las rosas del cementerio de mi amor,
tan piadosa y brutal, desdibujando la nitidez
de su figura, deshojando sus formas,
esparciendo sus pétalos sobre mi lecho
y cubriéndome con ellos el cuerpo,
me envolví, aferrándome a su fragancia,
haciendo a su perfume parte de mi esencia,
sintiendo con cada célula el roce de nuestras pieles,
las imperceptibles caricias las hice parte de mi carne.
Y sus espinas se deslizaron besando mis piernas y brazos,
en el más profundo beso, rasgándome, traspasándome, bebiéndose
mi sangre como el vino de una copa, escurriendo,
igual que la lluvia de las noches de verano,
provocándome una sed abrazadora, por la fuente inagotable,
por mí misma, por mi propia sangre.
El día que corté mis venas,
fluyó en mí más que un anhelo y un deseo,
desaté el infierno de mi cuerpo,
los demonios que saltaron por mis dedos, en mi boca,
perdiéndome, abandonándome, desconociéndome,
me consumí en mi fuego, en mi demencia,
en la incoherencia, en la necesidad, sedienta.
El día que corté mis venas,
desaparecí a la vida, postrada, viendo al sol...
Y rebasándo el tiempo a los días, nos marchitamos,
nos secamos, nos convertimos en la roca de la estatua,
del monolito de duda, efigie de la soledad.
arrancando las rosas del cementerio de mi amor,
tan piadosa y brutal, desdibujando la nitidez
de su figura, deshojando sus formas,
esparciendo sus pétalos sobre mi lecho
y cubriéndome con ellos el cuerpo,
me envolví, aferrándome a su fragancia,
haciendo a su perfume parte de mi esencia,
sintiendo con cada célula el roce de nuestras pieles,
las imperceptibles caricias las hice parte de mi carne.
Y sus espinas se deslizaron besando mis piernas y brazos,
en el más profundo beso, rasgándome, traspasándome, bebiéndose
mi sangre como el vino de una copa, escurriendo,
igual que la lluvia de las noches de verano,
provocándome una sed abrazadora, por la fuente inagotable,
por mí misma, por mi propia sangre.
El día que corté mis venas,
fluyó en mí más que un anhelo y un deseo,
desaté el infierno de mi cuerpo,
los demonios que saltaron por mis dedos, en mi boca,
perdiéndome, abandonándome, desconociéndome,
me consumí en mi fuego, en mi demencia,
en la incoherencia, en la necesidad, sedienta.
El día que corté mis venas,
desaparecí a la vida, postrada, viendo al sol...
Y rebasándo el tiempo a los días, nos marchitamos,
nos secamos, nos convertimos en la roca de la estatua,
del monolito de duda, efigie de la soledad.