Évano
Libre, sin dioses.
Cuando el cielo era rojo y ardía el aire al entrar en los pulmones. Cuando la nieve y el barro confundían al frío de la piel a la intemperie. Cuando los niños crecían sin haber visto nunca el final de las calles.
Entonces, es cuando los vi decididos a empujar. En todos los pueblos del mundo, incluso en el Polo Norte, en cada iglú había gente esperando la señal para empujarlo todo a no se sabía dónde.
Televisores, radios, teléfonos, cada aparato que sirviera para recibir la orden,
estaba encendido.
Y un día, de pronto, una voz gritó en cada aparato del mundo:
¡AHORA O NUNCA, EMPUJAD, EMPUJAD...!
Y la voz gritaba mientras toda la gente del mundo empujaba sus casas, sus chabolas, sus edificios, sus pueblos, sus ciudades, sus calles, sus parques, sus museos, sus teatros, sus cines, sus barcos, sus aviones, sus coches, sus motos, sus bares...
Mas, ante las miradas desgastadas de los animales y plantas abatidas, nada de ello se movió ni un dedo.
Y un día, de pronto, la voz dijo, ahora casi susurrando:
Volved cada uno a vuestro hogar y permaneced a buen recaudo, porque viene un virus que puede ser mortal para menos de uno de cada cien de vosotros.
Pasaba el tiempo, nadie se abrazaba, ni besaba, y si se hablaba, una mascarilla impedía ver labios y boca. El interior de la gente emergió a la piel, al rostro y al aura y dejó al aire el vacío inmenso de la inmensa mayoría. Se redujeron y arrojaron amigos; se crearon círculos cada vez más pequeños, hasta quedar cada uno consigo mismo.
El silencio continuaba expandiéndose junto al vacío de la inmensa mayoría.
Y casas, chabolas, edificios, pueblos, ciudades, calles, parques, museos, teatros, cines, barcos, aviones, bares, coches, motos... fueron desapareciendo de los ojos de cada una de la gente que fue abandonando el mundo que antes empujaba a no sabían dónde.
—¿Qué habrá allí abajo? —le preguntó un ángel a otro ángel.
—No se sabe, Dios lo ha prohibido . Debemos irnos, no podemos
traspasar la cruz que da principio a este acantilado.
—¿Tú no lo sientes?
—Sí, mis alas tiemblan como las tuyas.
—¿Por lo que emana de allí abajo?
—Y por lo que emana de aquí, y por lo que emana de aquí.
Gracias por leer.
Entonces, es cuando los vi decididos a empujar. En todos los pueblos del mundo, incluso en el Polo Norte, en cada iglú había gente esperando la señal para empujarlo todo a no se sabía dónde.
Televisores, radios, teléfonos, cada aparato que sirviera para recibir la orden,
estaba encendido.
Y un día, de pronto, una voz gritó en cada aparato del mundo:
¡AHORA O NUNCA, EMPUJAD, EMPUJAD...!
Y la voz gritaba mientras toda la gente del mundo empujaba sus casas, sus chabolas, sus edificios, sus pueblos, sus ciudades, sus calles, sus parques, sus museos, sus teatros, sus cines, sus barcos, sus aviones, sus coches, sus motos, sus bares...
Mas, ante las miradas desgastadas de los animales y plantas abatidas, nada de ello se movió ni un dedo.
Y un día, de pronto, la voz dijo, ahora casi susurrando:
Volved cada uno a vuestro hogar y permaneced a buen recaudo, porque viene un virus que puede ser mortal para menos de uno de cada cien de vosotros.
Pasaba el tiempo, nadie se abrazaba, ni besaba, y si se hablaba, una mascarilla impedía ver labios y boca. El interior de la gente emergió a la piel, al rostro y al aura y dejó al aire el vacío inmenso de la inmensa mayoría. Se redujeron y arrojaron amigos; se crearon círculos cada vez más pequeños, hasta quedar cada uno consigo mismo.
El silencio continuaba expandiéndose junto al vacío de la inmensa mayoría.
Y casas, chabolas, edificios, pueblos, ciudades, calles, parques, museos, teatros, cines, barcos, aviones, bares, coches, motos... fueron desapareciendo de los ojos de cada una de la gente que fue abandonando el mundo que antes empujaba a no sabían dónde.
—¿Qué habrá allí abajo? —le preguntó un ángel a otro ángel.
—No se sabe, Dios lo ha prohibido . Debemos irnos, no podemos
traspasar la cruz que da principio a este acantilado.
—¿Tú no lo sientes?
—Sí, mis alas tiemblan como las tuyas.
—¿Por lo que emana de allí abajo?
—Y por lo que emana de aquí, y por lo que emana de aquí.
Gracias por leer.
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