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El alcalde carbonero

prcantos

λίθον ͑ον απεδοκίμασαν ͑οι οικοδομουντες
El alcalde carbonero
(sobre "El carbonero alcalde" de Pedro Antonio de Alarcón)

En mil ochocientos diez
en el lugar de La Peza,
pueblo de agua encerrada
en su secreto de piedra,
entre olivos milenarios
y encinas de carne negra
que líquida nieve enfría
y un sol de bronce golpea,
cuando burlador el toro
en el cielo -no en la tierra-
a Orión, matador celeste,
le roba la primavera,
entre el guiso de San Marcos
y el potaje de cuaresma,
se escondieron las azadas
y se alzaron las banderas.

Era entonces de la villa
alcalde Manuel Atienza,
cincuenta inviernos de musgo
de los pies a la cabeza.
Noche de greñas ahumadas
espira en su cabellera
con luceros de caoba
tallados en dos hileras.
Balcón abierto es camisa
al jardín de su maleza
donde silvestres circulan
cantares y enredaderas.
Sus manos llevan nudosas
el esqueleto por fuera,
tan duras con los tocones
como firmes con las hembras.
Bosque de dos robles calza
coronados de una selva
donde el vigor de la sangre
moja fecundos planetas.

¿Dónde va el señor alcalde,
su vara de mando enhiesta,
trotando como un tambor
las calles y las placetas?
Va a convertir a su pueblo
de la paz hacia la alerta
para que forjen espadas
con bieldos y podaderas.
¡Que vienen los invasores
ya casi por Rambla Seca
en una nube de polvo
con rayos de bayoneta!

En el castillo se yerguen
enlutadas las enseñas
y en la torre, las campanas
como bélicas trompetas.
El cura da bendiciones
y absuelve a la patulea,
siendo del Señor, ministro
y de la muerte, profeta.
Los mozos tensan las hondas,
las mujeres cortan vendas
para beber ríos de sangre
bajo una lluvia de piedra.

Junto al río Morollón
un tronco de encina hueca,
como un faro horizontal
sobre un monte de madera,
boca del grito más largo,
vientre de la madre guerra,
aherrojado con alambres,
ceñido con recias cuerdas
preñado fue hasta los topes
con hierros, pólvora y mecha,
muerte partida en pedazos
por la violencia de arena.

Era la hora de nona,
la hora de las tinieblas,
cuando al fuego del alcalde
se abrasó toda la tierra.
Sierra Nevada tembló
ante una voz tan intensa
que hizo vomitar sus muertos
salidos de entre las peñas.
Rasgó su velo de nieve
en la oscuridad más nueva,
cielo negro constelado
de mortíferas estrellas.
¡Cómo mugían los toros
huyendo por las dehesas
y se retorcían los robles
desnudos de sus cortezas!
Muertos y vivos confunden
brazos extraños y piernas,
troncos de sangre caliente
y troncos de savia fresca.

Triduo santo de sepulcro
con sus llantos y sus velas
ofició un silencio verde
por la villa de La Peza.
Los vivos dieron al suelo,
todo de venas abiertas,
los despojos de los suyos
y de los otros, la afrenta.
Pero, ave fénix aciaga,
como un rescoldo en la hoguera,
al cabo de los tres días
resucitó la violencia.

¿Dónde va el señor alcalde
de una población desierta?
A luchar hasta la muerte
a la usanza alpujarreña:
emboscadas por los riscos
asaltando las veredas
con un colmillo en la mano
los lobos contra las hienas.
Mas, diezmado el enemigo,
su número tanto era
que diez soldados en suma
sitian a Manuel Atienza:
en una elevada cima
al barranco fue veleta,
ejemplo para valientes
y a los cobardes, vergüenza.
Ícaro de su valor
y señor de su conciencia,
nunca conoció este suelo
tal refulgor de cometa:

«Tres gallos me canten kyries,
reflejos por las albercas,
con un responso de viento
y una aspersión de tormenta.
Lucero de la mañana,
cirio de mi cabecera.
El valle será mi tumba
y mi lápida, la sierra.
Pero rezadme un rosario
con todas sus calaveras.
¡Que soy un hombre y un trueno!
¡Que yo soy toda La Peza!»

Y al ahorcarse las campanas
en la torre de la iglesia,
en cada pilar del agua
salió una luna pequeña.

Registro de edición
10/07/2018

se escondieron los arados > se escondieron las azadas
En el castillo ondeaban > En el castillo se yerguen
preñado fue en un instante > preñado fue hasta los topes

Eran las tres de la tarde, / la nona de las tinieblas, > Era la hora de nona, / la hora de las tinieblas,
Rasgó su manto de nieve > Rasgó su velo de nieve
 
Última edición:
El alcalde carbonero
(sobre "El carbonero alcalde" de Pedro Antonio de Alarcón)

En mil ochocientos diez
en el lugar de La Peza,
pueblo de agua encerrada
en su secreto de piedra,
entre olivos milenarios
y encinas de carne negra
que líquida nieve enfría
y un sol de bronce golpea,
cuando burlador el toro
en el cielo -no en la tierra-
a Orión, matador celeste,
le roba la primavera,
entre el guiso de San Marcos
y el potaje de cuaresma,
se escondieron los arados
y se alzaron las banderas.

Era entonces de la villa
alcalde Manuel Atienza,
cincuenta inviernos de musgo
de los pies a la cabeza.
Noche de greñas ahumadas
espira en su cabellera
con luceros de caoba
tallados en dos hileras.
Balcón abierto es camisa
al jardín de su maleza
donde silvestres circulan
cantares y enredaderas.
Sus manos llevan nudosas
el esqueleto por fuera,
tan duras con los tocones
como firmes con las hembras.
Bosque de dos robles calza
coronados de una selva
donde el vigor de la sangre
moja fecundos planetas.

¿Dónde va el señor alcalde,
su vara de mando enhiesta,
trotando como un tambor
las calles y las placetas?
Va a convertir a su pueblo
de la paz hacia la alerta
para que forjen espadas
con bieldos y podaderas.
¡Que vienen los invasores
ya casi por Rambla Seca
en una nube de polvo
con rayos de bayoneta!

En el castillo ondeaban
enlutadas las enseñas
y en la torre, las campanas
como bélicas trompetas.
El cura da bendiciones
y absuelve a la patulea,
siendo del Señor, ministro
y de la muerte, profeta.
Los mozos tensan las hondas,
las mujeres cortan vendas
para beber ríos de sangre
bajo una lluvia de piedra.

Junto al río Morollón
un tronco de encina hueca,
como un faro horizontal
sobre un monte de madera,
boca del grito más largo,
vientre de la madre guerra,
aherrojado con alambres,
ceñido con recias cuerdas
preñado fue en un instante
con hierros, pólvora y mecha,
muerte partida en pedazos
por la violencia de arena.

Eran las tres de la tarde,
la nona de las tinieblas,
cuando al fuego del alcalde
se abrasó toda la tierra.
Sierra Nevada tembló
ante una voz tan intensa
que hizo vomitar sus muertos
salidos de entre las peñas.
Rasgó su manto de nieve
en la oscuridad más nueva,
cielo negro constelado
de mortíferas estrellas.
¡Cómo mugían los toros
huyendo por las dehesas
y se retorcían los robles
desnudos de sus cortezas!
Muertos y vivos confunden
brazos extraños y piernas,
troncos de sangre caliente
y troncos de savia fresca.

Triduo santo de sepulcro
con sus llantos y sus velas
ofició un silencio verde
por la villa de La Peza.
Los vivos dieron al suelo,
todo de venas abiertas,
los despojos de los suyos
y de los otros, la afrenta.
Pero, ave fénix aciaga,
como un rescoldo en la hoguera,
al cabo de los tres días
resucitó la violencia.

¿Dónde va el señor alcalde
de una población desierta?
A luchar hasta la muerte
a la usanza alpujarreña:
emboscadas por los riscos
asaltando las veredas
con un colmillo en la mano
los lobos contra las hienas.
Mas, diezmado el enemigo,
su número tanto era
que diez soldados en suma
sitian a Manuel Atienza:
en una elevada cima
al barranco fue veleta,
ejemplo para valientes
y a los cobardes, vergüenza.
Ícaro de su valor
y señor de su conciencia,
nunca conoció este suelo
tal refulgor de cometa:

«Tres gallos me canten kyries,
reflejos por las albercas,
con un responso de viento
y una aspersión de tormenta.
Lucero de la mañana,
cirio de mi cabecera.
El valle será mi tumba
y mi lápida, la sierra.
Pero rezadme un rosario
con todas sus calaveras.
¡Que soy un hombre y un trueno!
¡Que yo soy toda La Peza!»

Y al ahorcarse las campanas
en la torre de la iglesia,
en cada pilar del agua
salió una luna pequeña.

Me parece increíble, Pablo que a estas alturas no hayas recibido ni un solo comentario. Comprendo tu soledad como poeta.

Un saludo cordial

Mouse
 
El alcalde carbonero
(sobre "El carbonero alcalde" de Pedro Antonio de Alarcón)

En mil ochocientos diez
en el lugar de La Peza,
pueblo de/ agua encerrada.
en su secreto de piedra,
entre olivos milenarios
y encinas de carne negra
que líquida nieve enfría
y un sol de bronce golpea,
cuando burlador el toro
en el cielo -no en la tierra-
a Orión, matador celeste,
le roba la primavera,
entre el guiso de San Marcos
y el potaje de cuaresma,
se escondieron los arados
y se alzaron las banderas.

Era entonces de la villa
alcalde Manuel Atienza,
cincuenta inviernos de musgo
de los pies a la cabeza.
Noche de greñas ahumadas
espira en su cabellera
con luceros de caoba
tallados en dos hileras.
Balcón abierto es camisa
al jardín de su maleza
donde silvestres circulan
cantares y enredaderas.
Sus manos llevan nudosas
el esqueleto por fuera,
tan duras con los tocones
como firmes con las hembras.
Bosque de dos robles calza
coronados de una selva
donde el vigor de la sangre
moja fecundos planetas.

¿Dónde va el señor alcalde,
su vara de mando enhiesta,
trotando como un tambor
las calles y las placetas?
Va a convertir a su pueblo
de la paz hacia la alerta
para que forjen espadas
con bieldos y podaderas.
¡Que vienen los invasores
ya casi por Rambla Seca
en una nube de polvo
con rayos de bayoneta!

En el castillo ondeaban
enlutadas las enseñas
y en la torre, las campanas
como bélicas trompetas.
El cura da bendiciones
y absuelve a la patulea,
siendo del Señor, ministro
y de la muerte, profeta.
Los mozos tensan las hondas,
las mujeres cortan vendas
para beber ríos de sangre
bajo una lluvia de piedra.

Junto al río Morollón
un tronco de encina hueca,
como un faro horizontal
sobre un monte de madera,
boca del grito más largo,
vientre de la madre guerra,
aherrojado con alambres,
ceñido con recias cuerdas
preñado fue en un instante
con hierros, pólvora y mecha,
muerte partida en pedazos
por la violencia de arena.

Eran las tres de la tarde,
la nona de las tinieblas,
cuando al fuego del alcalde
se abrasó toda la tierra.
Sierra Nevada tembló
ante una voz tan intensa
que hizo vomitar sus muertos
salidos de entre las peñas.
Rasgó su manto de nieve
en la oscuridad más nueva,
cielo negro constelado
de mortíferas estrellas.
¡Cómo mugían los toros
huyendo por las dehesas
y se retorcían los robles
desnudos de sus cortezas!
Muertos y vivos confunden
brazos extraños y piernas,
troncos de sangre caliente
y troncos de savia fresca.

Triduo santo de sepulcro
con sus llantos y sus velas
ofició un silencio verde
por la villa de La Peza.
Los vivos dieron al suelo,
todo de venas abiertas,
los despojos de los suyos
y de los otros, la afrenta.
Pero, ave fénix aciaga,
como un rescoldo en la hoguera,
al cabo de los tres días
resucitó la violencia.

¿Dónde va el señor alcalde
de una población desierta?
A luchar hasta la muerte
a la usanza alpujarreña:
emboscadas por los riscos
asaltando las veredas
con un colmillo en la mano
los lobos contra las hienas.
Mas, diezmado el enemigo,
su número tanto era
que diez soldados en suma
sitian a Manuel Atienza:
en una elevada cima
al barranco fue veleta,
ejemplo para valientes
y a los cobardes, vergüenza.
Ícaro de su valor
y señor de su conciencia,
nunca conoció este suelo
tal refulgor de cometa:

«Tres gallos me canten kyries,
reflejos por las albercas,
con un responso de viento
y una aspersión de tormenta.
Lucero de la mañana,
cirio de mi cabecera.
El valle será mi tumba
y mi lápida, la sierra.
Pero rezadme un rosario
con todas sus calaveras.
¡Que soy un hombre y un trueno!
¡Que yo soy toda La Peza!»

Y al ahorcarse las campanas
en la torre de la iglesia,
en cada pilar del agua
salió una luna pequeña.


Soberbio romance que narra una historia de la gesta de ese alcalde lapeceño que hizo resistencia a los franceses cuando invadieron el país en ese territorio de la comarca de Gaadix. La narración de los hechos está magníficamente hilvanada y hay partes realmente como para guardar como el episodio del suicidio del personaje supongo que antes de dejarse capturar; eta parte me gustado muy especialmente:

"Mas, diezmado el enemigo,
su número tanto era
que diez soldados en suma
sitian a Manuel Atienza:
en una elevada cima
al barranco fue veleta,
ejemplo para valientes
y a los cobardes, vergüenza.
Ícaro de su valor
y señor de su conciencia,
nunca conoció este suelo
tal refulgor de cometa:"

Para mi gusto, ya no solo en esta estrofa sino en todo el romance en general has estado especialmente brillante; no recuerdo haberte leído otro romance anterior a este; si te estrenas con este trabajo en este palo he de decirte que te has lucido.

En la cita te dejo un par de apuntes. El primero es un hiato en el tercer verso que no te señalo porque me moleste, todo lo contrario, lo señalo como muestra de lo que tantas veces he dicho: la poesía no se recita como se habla, la poesía se declama como el poeta quiere declamarla, así que ¡bien por ese hiato!

Los otros apuntes reinciden en lo que ya te he dicho en otras ocasiones: hacer de ríos palabra monosílaba me sigue chocando sobre todo cuando dos versos más abajo se vuelve a usar pero esta vez como le corresponde, o sea como bisílaba. Sé que ya me has sacado muchos precedentes clásicos que consideran esa práctica normal, pero, qué quieres que te diga, a mí me sigue chocando.

Y nada más que felicitarte por este extenso trabajo que me ha dado unos gratos momentos de lectura este mañana de domingo.

Un cordial saludo.
 
Me parece increíble, Pablo que a estas alturas no hayas recibido ni un solo comentario. Comprendo tu soledad como poeta.

Un saludo cordial

Mouse

Gracias. Bueno, qué vamos a hacer. Saludos.

Soberbio romance que narra una historia de la gesta de ese alcalde lapeceño que hizo resistencia a los franceses cuando invadieron el país en ese territorio de la comarca de Gaadix. La narración de los hechos está magníficamente hilvanada y hay partes realmente como para guardar como el episodio del suicidio del personaje supongo que antes de dejarse capturar; eta parte me gustado muy especialmente:

"Mas, diezmado el enemigo,
su número tanto era
que diez soldados en suma
sitian a Manuel Atienza:
en una elevada cima
al barranco fue veleta,
ejemplo para valientes
y a los cobardes, vergüenza.
Ícaro de su valor
y señor de su conciencia,
nunca conoció este suelo
tal refulgor de cometa:"

Para mi gusto, ya no solo en esta estrofa sino en todo el romance en general has estado especialmente brillante; no recuerdo haberte leído otro romance anterior a este; si te estrenas con este trabajo en este palo he de decirte que te has lucido.

En la cita te dejo un par de apuntes. El primero es un hiato en el tercer verso que no te señalo porque me moleste, todo lo contrario, lo señalo como muestra de lo que tantas veces he dicho: la poesía no se recita como se habla, la poesía se declama como el poeta quiere declamarla, así que ¡bien por ese hiato!

Los otros apuntes reinciden en lo que ya te he dicho en otras ocasiones: hacer de ríos palabra monosílaba me sigue chocando sobre todo cuando dos versos más abajo se vuelve a usar pero esta vez como le corresponde, o sea como bisílaba. Sé que ya me has sacado muchos precedentes clásicos que consideran esa práctica normal, pero, qué quieres que te diga, a mí me sigue chocando.

Y nada más que felicitarte por este extenso trabajo que me ha dado unos gratos momentos de lectura este mañana de domingo.

Un cordial saludo.

Gracias a ti también. No es la primera vez que escribo romances: una vez hice los de Orphenica Lyra:

http://www.mundopoesia.com/foros/temas/orphenica-lyra-iv.614307/
http://www.mundopoesia.com/foros/temas/orphenica-lyra-vii.615628/

Pero tenía ganas de hacer algún romance histórico como éste. A ver si le corrijo algunas cosas que he visto, no estoy muy suelto los romances. Saludos.
 
Última edición:
Gracias a ti también. No es la primera vez que escribo romances: una vez hice los de Orphenica Lyra:


Tienes razón, Pablo; he visitado esos enlaces que me has dejado y he recordado eso dos muy buenos ejemplos de tu incursión en el romance; ya hace un año y medio de su edición y la verdad es que no lo recordaba.
Por cierto que en el primero mi comentario es el único que veo y eso me parece bastante injusto. Voy a recomentarlo por ver si algún nuevo lector lo puede leer y dejar algún nuevo comentario en él, que creo que lo merece.

Saludo cordial.
 
Última edición:
Este romance me ha parecido excelente, Pablo. No conocía la historia, no estoy muy puesto en la guerra de la independencia y viene muy bien recordar una de esas pequeñas historias. Destacaría la ambientación conseguida.

El hiato que señala Juan Ramón "de/agua" también me suena mejor en esa forma que con la sinalefa, ni me doy cuenta si no lo señala.

No sé a que te refieres sobre mejorar la soltura en el romance, lo único que veo es muchas rimas en -era y -eras cercanas, pero nada que no sea habitual en este palo.

Saludos.
 
Tienes razón, Pablo; he visitado esos enlaces que me has dejado y he recordado eso dos muy buenos ejemplos de tu incursión en el romance; ya hace un año y medio de su edición y la verdad es que no lo recordaba.
Por cierto que en el primero mi comentario es el único que veo y eso me parece bastante injusto. Voy a recomentarlo por ver si algún nuevo lector lo puede leer y dejar algún nuevo comentario en él, que creo que lo merece.

Saludo cordial.

Gracias por esas relecturas. Bueno, no creo que sea injusto: cada usuario que lee comenta o no comenta, no pasa nada, ¿no? Voy a aprovechar tu comentario allí para explicar algo más sobre esa serie de "Orphenica Lyra" y su relación con la "Fábula de alfa y omega". Luego lo escribo. Saludos.
 
Este romance me ha parecido excelente, Pablo. No conocía la historia, no estoy muy puesto en la guerra de la independencia y viene muy bien recordar una de esas pequeñas historias. Destacaría la ambientación conseguida.

El hiato que señala Juan Ramón "de/agua" también me suena mejor en esa forma que con la sinalefa, ni me doy cuenta si no lo señala.

No sé a que te refieres sobre mejorar la soltura en el romance, lo único que veo es muchas rimas en -era y -eras cercanas, pero nada que no sea habitual en este palo.

Saludos.

Muchas gracias, Sergio, por tu comentario. Con lo de mejorarlo me refería fundamentalmente a revisar las asonancias entre versos impares, que a veces están demasiado próximas, ¿no? No sé si merecería la pena retocarlo, tú me dirás. Saludos.
 
El alcalde carbonero
(sobre "El carbonero alcalde" de Pedro Antonio de Alarcón)

En mil ochocientos diez
en el lugar de La Peza,
pueblo de agua encerrada
en su secreto de piedra,
entre olivos milenarios
y encinas de carne negra
que líquida nieve enfría
y un sol de bronce golpea,
cuando burlador el toro
en el cielo -no en la tierra-
a Orión, matador celeste,
le roba la primavera,
entre el guiso de San Marcos
y el potaje de cuaresma,
se escondieron los arados
y se alzaron las banderas.

Era entonces de la villa
alcalde Manuel Atienza,
cincuenta inviernos de musgo
de los pies a la cabeza.
Noche de greñas ahumadas
espira en su cabellera
con luceros de caoba
tallados en dos hileras.
Balcón abierto es camisa
al jardín de su maleza
donde silvestres circulan
cantares y enredaderas.
Sus manos llevan nudosas
el esqueleto por fuera,
tan duras con los tocones
como firmes con las hembras.
Bosque de dos robles calza
coronados de una selva
donde el vigor de la sangre
moja fecundos planetas.

¿Dónde va el señor alcalde,
su vara de mando enhiesta,
trotando como un tambor
las calles y las placetas?
Va a convertir a su pueblo
de la paz hacia la alerta
para que forjen espadas
con bieldos y podaderas.
¡Que vienen los invasores
ya casi por Rambla Seca
en una nube de polvo
con rayos de bayoneta!

En el castillo ondeaban
enlutadas las enseñas
y en la torre, las campanas
como bélicas trompetas.
El cura da bendiciones
y absuelve a la patulea,
siendo del Señor, ministro
y de la muerte, profeta.
Los mozos tensan las hondas,
las mujeres cortan vendas
para beber ríos de sangre
bajo una lluvia de piedra.

Junto al río Morollón
un tronco de encina hueca,
como un faro horizontal
sobre un monte de madera,
boca del grito más largo,
vientre de la madre guerra,
aherrojado con alambres,
ceñido con recias cuerdas
preñado fue en un instante
con hierros, pólvora y mecha,
muerte partida en pedazos
por la violencia de arena.

Eran las tres de la tarde,
la nona de las tinieblas,
cuando al fuego del alcalde
se abrasó toda la tierra.
Sierra Nevada tembló
ante una voz tan intensa
que hizo vomitar sus muertos
salidos de entre las peñas.
Rasgó su manto de nieve
en la oscuridad más nueva,
cielo negro constelado
de mortíferas estrellas.
¡Cómo mugían los toros
huyendo por las dehesas
y se retorcían los robles
desnudos de sus cortezas!
Muertos y vivos confunden
brazos extraños y piernas,
troncos de sangre caliente
y troncos de savia fresca.

Triduo santo de sepulcro
con sus llantos y sus velas
ofició un silencio verde
por la villa de La Peza.
Los vivos dieron al suelo,
todo de venas abiertas,
los despojos de los suyos
y de los otros, la afrenta.
Pero, ave fénix aciaga,
como un rescoldo en la hoguera,
al cabo de los tres días
resucitó la violencia.

¿Dónde va el señor alcalde
de una población desierta?
A luchar hasta la muerte
a la usanza alpujarreña:
emboscadas por los riscos
asaltando las veredas
con un colmillo en la mano
los lobos contra las hienas.
Mas, diezmado el enemigo,
su número tanto era
que diez soldados en suma
sitian a Manuel Atienza:
en una elevada cima
al barranco fue veleta,
ejemplo para valientes
y a los cobardes, vergüenza.
Ícaro de su valor
y señor de su conciencia,
nunca conoció este suelo
tal refulgor de cometa:

«Tres gallos me canten kyries,
reflejos por las albercas,
con un responso de viento
y una aspersión de tormenta.
Lucero de la mañana,
cirio de mi cabecera.
El valle será mi tumba
y mi lápida, la sierra.
Pero rezadme un rosario
con todas sus calaveras.
¡Que soy un hombre y un trueno!
¡Que yo soy toda La Peza!»

Y al ahorcarse las campanas
en la torre de la iglesia,
en cada pilar del agua
salió una luna pequeña.


Me chiflan estos romances largos por lo que suelen tener de testimonial. Leí en mi temprana juventud El sombrero de tres picos, aquella novela realista del narrador de Guadix que enderezó mi embrionaria afición por la literatura.

Destreza, sabiduría y sensibilidad se agrupan para configurar un poema más que plausible.

Llegue mi saludo más cordial hasta tu Granada.
 
Última edición:
Muchas gracias, Sergio, por tu comentario. Con lo de mejorarlo me refería fundamentalmente a revisar las asonancias entre versos impares, que a veces están demasiado próximas, ¿no? No sé si merecería la pena retocarlo, tú me dirás. Saludos.


Lo he releído y es cierto que hay varias, a mí no me gustan cuando cambian el ritmo del recitado, generalmente al inicio y al final de las estrofas pasa menos desapercibida.

Luego que tendré un tiempo delante del ordenador te especifico las que yo cambiaría y ya me dices si le ves sentido a cambiarlas o no.

Dejo debajo el texto con las asonancias que leí y las que me parecen más duras, ya sabes que mis opiniones no tienen estudios contrastados detrás, tómalas como lo que son.


En mil ochocientos diez
en el lugar de La Peza,
pueblo de agua encerrada
en su secreto de piedra,
entre olivos milenarios
y encinas de carne negra
que líquida nieve enfría
y un sol de bronce golpea,
cuando burlador el toro
en el cielo -no en la tierra-
a Orión, matador celeste,
le roba la primavera,
entre el guiso de San Marcos
y el potaje de cuaresma,
se escondieron los arados (en este si veo que se puede evitar y gana el final de la estrofa)
y se alzaron las banderas.

Era entonces de la villa
alcalde Manuel Atienza,
cincuenta inviernos de musgo
de los pies a la cabeza.
Noche de greñas ahumadas
espira en su cabellera
con luceros de caoba
tallados en dos hileras.
Balcón abierto es camisa
al jardín de su maleza
donde silvestres circulan
cantares y enredaderas.
Sus manos llevan nudosas
el esqueleto por fuera,
tan duras con los tocones
como firmes con las hembras.
Bosque de dos robles calza
coronados de una selva
donde el vigor de la sangre
moja fecundos planetas.

¿Dónde va el señor alcalde, (de esta no me preocuparía, porque parece claro que el recitado da un gran parón al final de la estrofa anterior)
su vara de mando enhiesta,
trotando como un tambor
las calles y las placetas?
Va a convertir a su pueblo
de la paz hacia la alerta
para que forjen espadas
con bieldos y podaderas.
¡Que vienen los invasores
ya casi por Rambla Seca
en una nube de polvo
con rayos de bayoneta!

En el castillo ondeaban (Aquí cambiaría algo porque sino en el quinto verso se espera de nuevo la asonancia)
enlutadas las enseñas
y en la torre, las campanas
como bélicas trompetas.
El cura da bendiciones
y absuelve a la patulea,
siendo del Señor, ministro
y de la muerte, profeta.
Los mozos tensan las hondas,
las mujeres cortan vendas
para beber ríos de sangre
bajo una lluvia de piedra.


Junto al río Morollón
un tronco de encina hueca,
como un faro horizontal
sobre un monte de madera,
boca del grito más largo,
vientre de la madre guerra,
aherrojado con alambres,
ceñido con recias cuerdas
preñado fue en un instante
con hierros, pólvora y mecha,
muerte partida en pedazos
por la violencia de arena.

Eran las tres de la tarde,
la nona de las tinieblas,
cuando al fuego del alcalde (Veo mejor cambiar una de estas dos que alguna de las dos anteriores, tanto -ae parece escrito adrede)
se abrasó toda la tierra.
Sierra Nevada tembló
ante una voz tan intensa
que hizo vomitar sus muertos
salidos de entre las peñas.
Rasgó su manto de nieve
en la oscuridad más nueva,
cielo negro constelado
de mortíferas estrellas.

¡Cómo mugían los toros
huyendo por las dehesas
y se retorcían los robles
desnudos de sus cortezas!
Muertos y vivos confunden
brazos extraños y piernas,
troncos de sangre caliente
y troncos de savia fresca.


Triduo santo de sepulcro
con sus llantos y sus velas
ofició un silencio verde
por la villa de La Peza.
Los vivos dieron al suelo,
todo de venas abiertas,
los despojos de los suyos
y de los otros, la afrenta.
Pero, ave fénix aciaga,
como un rescoldo en la hoguera,
al cabo de los tres días
resucitó la violencia. (Toda esta parte en cursiva me parece una ambientación excelentemente conseguida, me ha encantado en la relectura)


¿Dónde va el señor alcalde
de una población desierta?
A luchar hasta la muerte
a la usanza alpujarreña:
emboscadas por los riscos
asaltando las veredas
con un colmillo en la mano
los lobos contra las hienas.
Mas, diezmado el enemigo,
su número tanto era
que diez soldados en suma
sitian a Manuel Atienza:
en una elevada cima
al barranco fue veleta,
ejemplo para valientes
y a los cobardes, vergüenza.
Ícaro de su valor
y señor de su conciencia,
nunca conoció este suelo
tal refulgor de cometa:

«Tres gallos me canten kyries,
reflejos por las albercas,
con un responso de viento
y una aspersión de tormenta.
Lucero de la mañana,
cirio de mi cabecera.
El valle será mi tumba
y mi lápida, la sierra.
Pero rezadme un rosario
con todas sus calaveras.
¡Que soy un hombre y un trueno!
¡Que yo soy toda La Peza!»

Y al ahorcarse las campanas
en la torre de la iglesia,
en cada pilar del agua (Aquí no sé, no veo mal que el romance acabe con una estrofa acabe con doble rima asonante)
salió una luna pequeña.




Un abrazo.
 
Última edición:
¡Muchas gracias, Sergio! Me has ahorrado gran parte del trabajo. Creo que voy a seguir todas tus indicaciones, mañana lo miro. Saludos.
 
Lo he releído y es cierto que hay varias, a mí no me gustan cuando cambian el ritmo del recitado, generalmente al inicio y al final de las estrofas pasa menos desapercibida.

Luego que tendré un tiempo delante del ordenador te especifico las que yo cambiaría y ya me dices si le ves sentido a cambiarlas o no.

Dejo debajo el texto con las asonancias que leí y las que me parecen más duras, ya sabes que mis opiniones no tienen estudios contrastados detrás, tómalas como lo que son.
Muchas gracias, Sergio, por tu comentario. Con lo de mejorarlo me refería fundamentalmente a revisar las asonancias entre versos impares, que a veces están demasiado próximas, ¿no? No sé si merecería la pena retocarlo, tú me dirás. Saludos

Este asunto de las rimas de los romances me ha hecho recordar un muy interesante y documentado artículo de Francisco Redondo Benito, excelente poeta que ha estado dando consejos durante mucho tiempo en los talleres y chats de aprendizaje de esta Casa.
En su web personal editó ese artículo del que les hablo y cuya lectura les recomiendo. Lo hallarán aquí:

http://ciposfred.blogspot.com/2010/06/la-rima-en-los-romances.html

Ya me dirán.

Saludos.
 
Última edición:
El alcalde carbonero
(sobre "El carbonero alcalde" de Pedro Antonio de Alarcón)

En mil ochocientos diez
en el lugar de La Peza,
pueblo de agua encerrada
en su secreto de piedra, --- hermosa imagen

entre olivos milenarios
y encinas de carne negra
que líquida nieve enfría
y un sol de bronce golpea,
cuando burlador el toro
en el cielo -no en la tierra-
a Orión, matador celeste,
le roba la primavera,
entre el guiso de San Marcos
y el potaje de cuaresma,
se escondieron los arados
y se alzaron las banderas.


Era entonces de la villa
alcalde Manuel Atienza,
cincuenta inviernos de musgo
de los pies a la cabeza.
Noche de greñas ahumadas
espira en su cabellera
con luceros de caoba
tallados en dos hileras.
Balcón abierto es camisa
al jardín de su maleza
donde silvestres circulan
cantares y enredaderas.
Sus manos llevan nudosas
el esqueleto por fuera,

tan duras con los tocones
como firmes con las hembras.
Bosque de dos robles calza
coronados de una selva
donde el vigor de la sangre
moja fecundos planetas. --- genial


¿Dónde va el señor alcalde,
su vara de mando enhiesta,
trotando como un tambor
las calles y las placetas?
Va a convertir a su pueblo
de la paz hacia la alerta
para que forjen espadas
con bieldos y podaderas.
¡Que vienen los invasores
ya casi por Rambla Seca
en una nube de polvo
con rayos de bayoneta!

En el castillo ondeaban
enlutadas las enseñas
y en la torre, las campanas
como bélicas trompetas.
El cura da bendiciones
y absuelve a la patulea,
siendo del Señor, ministro
y de la muerte, profeta.
Los mozos tensan las hondas,
las mujeres cortan vendas
para beber ríos de sangre
bajo una lluvia de piedra.

Junto al río Morollón
un tronco de encina hueca,
como un faro horizontal
sobre un monte de madera,
boca del grito más largo,
vientre de la madre guerra,
aherrojado con alambres,
ceñido con recias cuerdas
preñado fue en un instante
con hierros, pólvora y mecha,
muerte partida en pedazos
por la violencia de arena.

Eran las tres de la tarde,
la nona de las tinieblas,
cuando al fuego del alcalde
se abrasó toda la tierra.
Sierra Nevada tembló
ante una voz tan intensa
que hizo vomitar sus muertos
salidos de entre las peñas.
Rasgó su manto de nieve
en la oscuridad más nueva,
cielo negro constelado
de mortíferas estrellas.
¡Cómo mugían los toros
huyendo por las dehesas
y se retorcían los robles
desnudos de sus cortezas!
Muertos y vivos confunden
brazos extraños y piernas,
troncos de sangre caliente
y troncos de savia fresca.

Triduo santo de sepulcro
con sus llantos y sus velas
ofició un silencio verde
por la villa de La Peza.
Los vivos dieron al suelo,
todo de venas abiertas,
los despojos de los suyos
y de los otros, la afrenta.
Pero, ave fénix aciaga,
como un rescoldo en la hoguera,
al cabo de los tres días
resucitó la violencia.

¿Dónde va el señor alcalde
de una población desierta?
A luchar hasta la muerte
a la usanza alpujarreña:
emboscadas por los riscos
asaltando las veredas
con un colmillo en la mano
los lobos contra las hienas.
Mas, diezmado el enemigo,
su número tanto era
que diez soldados en suma
sitian a Manuel Atienza:
en una elevada cima
al barranco fue veleta,
ejemplo para valientes
y a los cobardes, vergüenza.
Ícaro de su valor
y señor de su conciencia,
nunca conoció este suelo
tal refulgor de cometa:

«Tres gallos me canten kyries,
reflejos por las albercas,
con un responso de viento
y una aspersión de tormenta.
Lucero de la mañana,
cirio de mi cabecera.
El valle será mi tumba
y mi lápida, la sierra.
Pero rezadme un rosario
con todas sus calaveras.
¡Que soy un hombre y un trueno!
¡Que yo soy toda La Peza!»

Y al ahorcarse las campanas
en la torre de la iglesia,
en cada pilar del agua
salió una luna pequeña.



Lo primero que me viene a la cabeza tras agotar el último de los versos de tu romance es la palabra “sensibilidad”. Sensibilidad para situar a tu “yo poético”, en aquel lugar, en aquellos tiempos y atrapando las imágenes y emociones las consigues trasladar al romance con mucho arte y autenticidad. Ese aspecto junto con la creación de hermosas y certeras metáforas, cuya lectura he disfrutado con placer, en mi opinión hacen de tu romance un poema verdaderamente bueno.

Además de esto, que no es poco, huele a Lorca y eso es un regalo para este lector.

Debo, por tanto, adjetivar tu poema como brillante, mi estimado compañero.

Mi sincera enhorabuena compañero.


Pdt.- Dejo en la cita y en azul algunos versos que me han parecido hermosos, y aunque no te cite todos los que me han gustado valen como ejemplo.
 
Este asunto de las rimas de los romances me ha hecho recordar un muy interesante y documentado artículo de Francisco Redondo Benito, excelente poeta que ha estado dando consejos durante mucho tiempo en los talleres y chats de aprendizaje de esta Casa.
En su web personal editó ese artículo del que les hablo y cuya lectura les recomiendo. Lo hallarán aquí:

http://ciposfred.blogspot.com/2010/06/la-rima-en-los-romances.html

Ya me dirán.

Saludos.

Leí hace tiempo ese artículo.

Esta claro que todos los romances viejos tienen esas rimas en versos impares y no solo asonantes. Pero hay que tener en cuenta que estaban hechos para ser cantados y no recitados y que en muchos casos estaban pensadas como rimas internas.

Aquí entro en el terreno de la opinión personal.
Cuando se recitan los octosílabos, y no se cantan, las rimas asonantes fuera de lugar pueden romper el ritmo, igual me parece que suenan mucho más duras las rimas consonantes en lecturas que en canciones.

Saludos.
 
Lo primero que me viene a la cabeza tras agotar el último de los versos de tu romance es la palabra “sensibilidad”. Sensibilidad para situar a tu “yo poético”, en aquel lugar, en aquellos tiempos y atrapando las imágenes y emociones las consigues trasladar al romance con mucho arte y autenticidad. Ese aspecto junto con la creación de hermosas y certeras metáforas, cuya lectura he disfrutado con placer, en mi opinión hacen de tu romance un poema verdaderamente bueno.

Además de esto, que no es poco, huele a Lorca y eso es un regalo para este lector.

Debo, por tanto, adjetivar tu poema como brillante, mi estimado compañero.

Mi sincera enhorabuena compañero.


Pdt.- Dejo en la cita y en azul algunos versos que me han parecido hermosos, y aunque no te cite todos los que me han gustado valen como ejemplo.

Muchas gracias por tu lectura y comentarios. Me alegra mucho que te haya gustado. Saludos.

Este asunto de las rimas de los romances me ha hecho recordar un muy interesante y documentado artículo de Francisco Redondo Benito, excelente poeta que ha estado dando consejos durante mucho tiempo en los talleres y chats de aprendizaje de esta Casa.
En su web personal editó ese artículo del que les hablo y cuya lectura les recomiendo. Lo hallarán aquí:

http://ciposfred.blogspot.com/2010/06/la-rima-en-los-romances.html

Ya me dirán.

Saludos.

Gracias por la referencia, Juan Ramón. No recuerdo si ya la había leído; en todo caso, ahora sí lo he hecho. Me gusta el análisis genético que hace, pero no me gusta tanto la conclusión: que no hay que preocuparse de lo que pase con los versos impares. Me parece una opción poco inteligente: se puede hacer mucho con la música de los versos que no necesariamente riman, ¿no creéis? Yo sí me preocupo por ese asunto; seguramente mañana podré retocarlo. Saludos.

Leí hace tiempo ese artículo.

Esta claro que todos los romances viejos tienen esas rimas en versos impares y no solo asonantes. Pero hay que tener en cuenta que estaban hechos para ser cantados y no recitados y que en muchos casos estaban pensadas como rimas internas.

Aquí entro en el terreno de la opinión personal.
Cuando se recitan los octosílabos, y no se cantan, las rimas asonantes fuera de lugar pueden romper el ritmo, igual me parece que suenan mucho más duras las rimas consonantes en lecturas que en canciones.

Saludos.

Interesante esta apreciación sobre cantar o recitar. Yo cuando escribo poesía no recito ni canto: me preocupo, eso sí, del plano fónico, pero (digamos) en abstracto (formalmente). Lo mismo me ocurría cuando componía música. Qué tiempos. Ahora llevo varios años sin escribir música. ¿Habrá algún foro para compositores? ;-) Saludos.
 
Lo he releído y es cierto que hay varias, a mí no me gustan cuando cambian el ritmo del recitado, generalmente al inicio y al final de las estrofas pasa menos desapercibida.

Luego que tendré un tiempo delante del ordenador te especifico las que yo cambiaría y ya me dices si le ves sentido a cambiarlas o no.

Dejo debajo el texto con las asonancias que leí y las que me parecen más duras, ya sabes que mis opiniones no tienen estudios contrastados detrás, tómalas como lo que son.


En mil ochocientos diez
en el lugar de La Peza,
pueblo de agua encerrada
en su secreto de piedra,
entre olivos milenarios
y encinas de carne negra
que líquida nieve enfría
y un sol de bronce golpea,
cuando burlador el toro
en el cielo -no en la tierra-
a Orión, matador celeste,
le roba la primavera,
entre el guiso de San Marcos
y el potaje de cuaresma,
se escondieron los arados (en este si veo que se puede evitar y gana el final de la estrofa)
y se alzaron las banderas.

Era entonces de la villa
alcalde Manuel Atienza,
cincuenta inviernos de musgo
de los pies a la cabeza.
Noche de greñas ahumadas
espira en su cabellera
con luceros de caoba
tallados en dos hileras.
Balcón abierto es camisa
al jardín de su maleza
donde silvestres circulan
cantares y enredaderas.
Sus manos llevan nudosas
el esqueleto por fuera,
tan duras con los tocones
como firmes con las hembras.
Bosque de dos robles calza
coronados de una selva
donde el vigor de la sangre
moja fecundos planetas.

¿Dónde va el señor alcalde, (de esta no me preocuparía, porque parece claro que el recitado da un gran parón al final de la estrofa anterior)
su vara de mando enhiesta,
trotando como un tambor
las calles y las placetas?
Va a convertir a su pueblo
de la paz hacia la alerta
para que forjen espadas
con bieldos y podaderas.
¡Que vienen los invasores
ya casi por Rambla Seca
en una nube de polvo
con rayos de bayoneta!

En el castillo ondeaban (Aquí cambiaría algo porque sino en el quinto verso se espera de nuevo la asonancia)
enlutadas las enseñas
y en la torre, las campanas
como bélicas trompetas.
El cura da bendiciones
y absuelve a la patulea,
siendo del Señor, ministro
y de la muerte, profeta.
Los mozos tensan las hondas,
las mujeres cortan vendas
para beber ríos de sangre
bajo una lluvia de piedra.


Junto al río Morollón
un tronco de encina hueca,
como un faro horizontal
sobre un monte de madera,
boca del grito más largo,
vientre de la madre guerra,
aherrojado con alambres,
ceñido con recias cuerdas
preñado fue en un instante
con hierros, pólvora y mecha,
muerte partida en pedazos
por la violencia de arena.

Eran las tres de la tarde,
la nona de las tinieblas,
cuando al fuego del alcalde (Veo mejor cambiar una de estas dos que alguna de las dos anteriores, tanto -ae parece escrito adrede)
se abrasó toda la tierra.
Sierra Nevada tembló
ante una voz tan intensa
que hizo vomitar sus muertos
salidos de entre las peñas.
Rasgó su manto de nieve
en la oscuridad más nueva,
cielo negro constelado
de mortíferas estrellas.
¡Cómo mugían los toros
huyendo por las dehesas
y se retorcían los robles
desnudos de sus cortezas!
Muertos y vivos confunden
brazos extraños y piernas,
troncos de sangre caliente
y troncos de savia fresca.


Triduo santo de sepulcro
con sus llantos y sus velas
ofició un silencio verde
por la villa de La Peza.
Los vivos dieron al suelo,
todo de venas abiertas,
los despojos de los suyos
y de los otros, la afrenta.
Pero, ave fénix aciaga,
como un rescoldo en la hoguera,
al cabo de los tres días
resucitó la violencia. (Toda esta parte en cursiva me parece una ambientación excelentemente conseguida, me ha encantado en la relectura)


¿Dónde va el señor alcalde
de una población desierta?
A luchar hasta la muerte
a la usanza alpujarreña:
emboscadas por los riscos
asaltando las veredas
con un colmillo en la mano
los lobos contra las hienas.
Mas, diezmado el enemigo,
su número tanto era
que diez soldados en suma
sitian a Manuel Atienza:
en una elevada cima
al barranco fue veleta,
ejemplo para valientes
y a los cobardes, vergüenza.
Ícaro de su valor
y señor de su conciencia,
nunca conoció este suelo
tal refulgor de cometa:

«Tres gallos me canten kyries,
reflejos por las albercas,
con un responso de viento
y una aspersión de tormenta.
Lucero de la mañana,
cirio de mi cabecera.
El valle será mi tumba
y mi lápida, la sierra.
Pero rezadme un rosario
con todas sus calaveras.
¡Que soy un hombre y un trueno!
¡Que yo soy toda La Peza!»

Y al ahorcarse las campanas
en la torre de la iglesia,
en cada pilar del agua (Aquí no sé, no veo mal que el romance acabe con una estrofa acabe con doble rima asonante)
salió una luna pequeña.




Un abrazo.

Hecho. Se pueden ver los cambios en el registro de edición al final del poema. Creo que ha mejorado. Saludos y gracias.
 

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