El alegre momento de los muertos

danie

solo un pensamiento...
Al perderse la luz que se filtra por nuestros pasadizos
de alcobas ya recorridas,
cuando las persianas del albor
caen con el peso muerto de centenas de aves de piedra
y los ojos se cierran tras la puerta del cuarto
en donde se guarda la cajita musical
que ya acabó su cuerda,
su sucinta melodía.

¡Ay! En el momento en que se apagan
todas las ciudades, autopistas, faroles,
ventanales, urbanismos, catedrales
de nuestras pupilas.
Ese aletargado momento
que desconoce por completo las siluetas,
los paisajes
y rostros ambiguos de los sueños.
En esos momentos de carencia,
de cenizas como braseros extinguidos
por el aliento de las lápidas,
por las frías páginas de las memorias
de los obituarios.

Son momentos en que interiorizamos
con el silencio,
con los muros que confinan nuestra existencia
y albergan nuestra defunción,
momentos que nos acercamos tanto al rezo
del ángelus querellante y redentor,
tanto que olvidamos
nuestra abarrotada y jadeante vida
sobre su infinito mar de sosiegos.

Momentos en que llegamos a ser
la más grande envidia de los mismos muertos,
todo cadáver, en su tiempo, tuvo su paz,
sus flores de cementerio,
pero en la imperecedera oscuridad
se llega hasta perder ese momento.

Momentos de caída libre,
de enajenamiento en pleno vuelo,
de vacíos golpeando las campanas con su diapasón
y donde se escucha el eco que jamás termina
de la voz del alma en reconciliación
con el cielo.

Es acá cuando el alma por fin puede gritar
todos los deseos acumulados en su morada de cuerpo,
es cuando por fin doma a los briosos caballos siderales
y tiene la fuerza para capitanear su propio motín
en contra de las mundologías de un terruño severo.

Si, nosotros estamos bien muertos,
tan tiesos como los largos cabellos de la Ofelica noche,
tan inanimados ante los quinqués nuestros y ajenos,
pero por única vez,
entre la calma, fruto de los florecientes helechos,
nos encontramos con el regocijo
de la serenidad desnuda al completo,
y sus senos de virgen estoica
nos cobija con la alegría de estar muerto.
 
alguna vez hablé de los muertos vivientes, grato leerte
Al perderse la luz que se filtra por nuestros pasadizos
de alcobas ya recorridas,
cuando las persianas del albor
caen con el peso muerto de centenas de aves de piedra
y los ojos se cierran tras la puerta del cuarto
en donde se guarda la cajita musical
que ya acabó su cuerda,
su sucinta melodía.

¡Ay! En el momento en que se apagan
todas las ciudades, autopistas, faroles,
ventanales, urbanismos, catedrales
de nuestras pupilas.
Ese aletargado momento
que desconoce por completo las siluetas,
los paisajes
y rostros ambiguos de los sueños.
En esos momentos de carencia,
de cenizas como braseros extinguidos
por el aliento de las lápidas,
por las frías páginas de las memorias
de los obituarios.

Son momentos en que interiorizamos
con el silencio,
con los muros que confinan nuestra existencia
y albergan nuestra defunción,
momentos que nos acercamos tanto al rezo
del ángelus querellante y redentor,
tanto que olvidamos
nuestra abarrotada y jadeante vida
sobre su infinito mar de sosiegos.

Momentos en que llegamos a ser
la más grande envidia de los mismos muertos,
todo cadáver, en su tiempo, tuvo su paz,
sus flores de cementerio,
pero en la imperecedera oscuridad
se llega hasta perder ese momento.

Momentos de caída libre,
de enajenamiento en pleno vuelo,
de vacíos golpeando las campanas con su diapasón
y donde se escucha el eco que jamás termina
de la voz del alma en reconciliación
con el cielo.

Es acá cuando el alma por fin puede gritar
todos los deseos acumulados en su morada de cuerpo,
es cuando por fin doma a los briosos caballos siderales
y tiene la fuerza para capitanear su propio motín
en contra de las mundologías de un terruño severo.

Si, nosotros estamos bien muertos,
tan tiesos como los largos cabellos de la Ofelica noche,
tan inanimados ante los quinqués nuestros y ajenos,
pero por única vez,
entre la calma, fruto de los florecientes helechos,
nos encontramos con el regocijo
de la serenidad desnuda al completo,
y sus senos de virgen estoica
nos cobija con la alegría de estar muerto.
 
Un tema que ya sabes compañero poeta que es de mis preferidos.
Tú has alcanzado en tus versos la cumbre del arte poético, un abrazo y un saludo.
 
alguna vez hablé de los muertos vivientes, grato leerte


Sí, pero no son muertos vivos estos de los que hablo, son más muertos que los mismos muertos. jajaja

Sólo intentaba reflejar el momento en que mientras los parientes y amigos lloran despidiendo al difunto, el difunto esta con su alegría brindando desde adentro del ataúd.

¿Nunca pensaste la idea de que los muertos pueden ser muy felices desde un primer plano de ese finiquitado instante?


Gracias por tu paso.

Un abrazo.
 

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