Me preguntaste qué era el amor para mí. –Se dio la vuelta atónita. –No es más que una grandísima putada. – Sus ojos irradiaban ternura pero su cuerpo entró en posición de defensa. Silencio. Tenía que continuar, con eso no bastaba. –Es algo que no deseo a nadie, te jode la vida. Te induce al insomnio y si logras vencerlo se las ingenia para entrar en tus sueños y recordarte aquello que no puedes tener y tanto duele. Por si no fuera poco, soborna a la libido para que solo funcione con la persona que no está. También le encanta asociarse con canciones, libros y películas; su egocentrismo supera los límites humanos. Lo más gracioso es cuando la miras y, aun sabiendo que no puedes tenerla, te come la cabeza para que lo intentes y si no haces caso te hace cosquillas en el estómago y te recuerda momentos embarazosos para que te pongas nervioso. Pero eso no es lo peor. El muy cabrón te hace creer que esa mujer es única. Que no la puedes hablar como las demás, que le va a molestar. ¿Pero él qué cojones sabe? Si el que la conozco soy yo.
-Has…-Le interrumpió
-Espera que no he terminado. –Había empezado a soltarse. -En los momentos en los que no haces nada es como un amigo que le encanta tocar la moral y meterse en tus asuntos pero cuando por fin te ha convencido ¡Ojo! Se convierte en un padre protector. Aumentan los cosquilleos y el nerviosismo al acercarte a ella. Mientras menos distancia hay entre ellos más dolor sientes, más te hace ver que ya no es solo que sea única sino que tienes que tratarla como a una reina que se merece lo mejor y que tú eres poco para ella pero como buen padre le deja intentarlo rezando a todos los santos para que diga que no. Y aquí llega el punto donde una parte de los hombres, al ver tantas exigencias y la bipolaridad del
amor, cogemos, hablamos con la libido, le pagamos más y nos vamos a disfrutar y a olvidar.
-¿Ahora has terminado? – La ternura se subió en la mosca que sobrevolaba la habitación y escapó por la ventana.
-No. Me falta decir que será un Hijo de puta pero yo no se vivir sin él y tampoco sin ti. –La mosca regresaba con el domador. Se había dejado el orgullo y el rencor. Los ató con fuerza y los echó.