jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
si el amor siempre fuese correspondido
más o menos en la misma medida que uno ama
y el sufrimiento de uno fuese idéntico al del otro
y el dolor igual, y la desesperación la misma
y por lo tanto se tendiera mutuamente a no causarlos;
las ganas de verse y hablarse y estar juntos
siempre directamente proporcionales entre sí
el ardor por el cuerpo del amado
retribuido con un ardor semejante
la angustia de perderse para siempre
repartida equitativamente entre los dos
y albergado en la mente de uno como en un espejo
el temor del otro de que alguien más se pudiera interponer
y destruir aquel fantástico sueño;
el simétrico horror latente en ambos de pensar
que una mañana te despiertas y el amor se te acabó
y no sientes nada excepto un cierto alivio
cuando ves que falta una maleta y su ropa
y no hay siquiera una nota pegada en la puerta del refri
porque igual tú tampoco la hubieras dejado
ni hubieras hecho nada más que desaparecer
sin dejar apenas un mínimo rastro
un calcetín tal vez debajo de la lavadora
una colilla en el cenicero de la sala
cierto olor difuso entre las sábanas
una leve inclinación en tu lado de la cama
que al final del día se borrará
como si nunca hubieras pasado por ahí