No hablo del beso, ni del cuerpo herido,
ni del temblor que al alma desatina,
hablo del fuego manso, contenido,
que enciende sin tocar, pero ilumina.
A ese amor me entregué, sin poseerlo,
sin nombre, sin frontera ni medida,
dejando que al mirarlo y al quererlo
se abriera en mí la puerta de la vida.
No pide nada, y todo lo concede,
no exige fe, mas guía sin mandato,
su voz no juzga, calla, y cuando puede
convierte el llanto en canto y en retrato.
Así aprendí que amar no es retener,
que amar es soltar, es dar sentido,
que solo en el perder se puede ver
el infinito que hay en lo vivido.
Y en esa entrega, mansa y verdadera,
mi alma comprendió su antiguo oficio:
amarlo todo —el sol, la primavera—,
sin preguntar por fin… ni por inicio.
ni del temblor que al alma desatina,
hablo del fuego manso, contenido,
que enciende sin tocar, pero ilumina.
A ese amor me entregué, sin poseerlo,
sin nombre, sin frontera ni medida,
dejando que al mirarlo y al quererlo
se abriera en mí la puerta de la vida.
No pide nada, y todo lo concede,
no exige fe, mas guía sin mandato,
su voz no juzga, calla, y cuando puede
convierte el llanto en canto y en retrato.
Así aprendí que amar no es retener,
que amar es soltar, es dar sentido,
que solo en el perder se puede ver
el infinito que hay en lo vivido.
Y en esa entrega, mansa y verdadera,
mi alma comprendió su antiguo oficio:
amarlo todo —el sol, la primavera—,
sin preguntar por fin… ni por inicio.