El amor se fue de vacaciones

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
El amor se fue de vacaciones sin avisar.
Dejó las llaves sobre la mesa, una nota ilegible, y el eco de una risa que ya no recordaba. Me quedé mirando el espacio vacío donde solía colgar su abrigo, preguntándome si los afectos también necesitan tiempo libre, si existe un sindicato de pasiones que exige descanso emocional después de tantas horas extras en el corazón.

Durante días esperé su mensaje desde algún lugar sin nombre, una postal con un “te pienso” o un “volveré cuando aprenda a respirar sin ti”. Pero el buzón siguió tan mudo como la almohada. El amor, supe entonces, no se va por despecho; se va porque se cansa de repetirse. Porque a veces el alma necesita desarmarse para no oxidarse en la costumbre.

Intenté seguir sus huellas: un vaso medio lleno, una canción detenida en el minuto tres, la costumbre de mirar al teléfono como si fuera un oráculo. Todo tenía su sombra, incluso la ausencia. Y comprendí que el amor no se había ido para olvidarme, sino para recordarse a sí mismo.

Quizá ahora camina descalzo por alguna playa, intentando olvidar los relojes y las promesas. Quizá aprendió a dormir sin miedo al silencio. O quizá —lo sospecho— está sentado en algún café extranjero, escribiendo en una servilleta la historia de dos que se amaron tanto que un día decidieron soltarse para volver a encontrarse nuevos, sin pasado, sin heridas, con la simple intención de reconocerse otra vez.

El amor se fue de vacaciones.
Y yo me quedé aquí, aprendiendo a vivir en temporada baja.
 

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