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El anciano y la piedra.

rodrigotoro

Poeta adicto al portal
Deambulaba sobre el frío pavimento,

escoltado por las luces de neón,

atravesando de callejón a callejón

en busca de un poco de alimento



engrillado a mi errático destino,

taciturno y menguado de esperanzas:

Carente de poesía y sus retóricas semblanzas

en donde el percal oficiaba de lino.



Y súbitamente, encontré en mi camino,

un anciano sentado en una piedra;

a su alrededor, basura que la gente avienta,

y en su curtido rostro, resumen de su destino.



“Salud y paz, abuelo -le dije-

qué lugar para encontrarte,

¿no crees que ya es muy tarde

y no debieses estar en el suelo?”



“Saludos amigo vagabundo -me dijo-

seas bienvenido a mi humilde morada:

No es un alcázar de barroca fachada

pero es mío, y es mi mundo”.



“Tu mundo es menudo, bastante singular -dije-

y déjame decirte que frisa en lo ordinario;

creo que la calle te ha hecho su presidiario

y por sus locas veladas te has tornado peculiar…”



“Si eso es lo que ves, me parece genial -replicó-

y quizás no pueda culparte de estar equivocado,

sólo soy un anciano, en una roca sentado,

y la soledad de la luna es mi único manantial…



Pero si observas bien, mi desconocido amigo,

verás que poseo la mayor de las riquezas:

Soy dueño de mis actos y conozco mis flaquezas

y he encontrado la dicha en ser sólo un mendigo”.



“¿Cómo puedes disfrutar todo esto -dije-

si apenas tienes alimento para subsistir,

y en este callejón, cualquiera te puede herir...

ver tu inconsciencia se comienza a hacer molesto.



Debieses y tomar tu piedra y seguir adelante,

a pocas cuadras, donde voy, hay un buen refugio,

y pese a que no es un hotel, es buen subterfugio

para capear el abandono de esta vida denigrante…”



“Gracias, pero declino muy categórico,

no soy ave de jaulas ni arropados embelesos:

Eso, es para aquellos que les gusta sentirse muñecos

de la caridad a granel y su semblante pictórico.



Y yo soy un consumado bebedor de los espacios,

príncipe de los palacios que el albedrío puede lograr;

y sólo puedo existir, cuando mi piel llega a volar,

y vivir en un refugio, sería volverme batracio…”



“Bueno, es tu opción, ya no diré más nada,

se ve en tu mirada que hablas desde tu alma;

te deseo buena suerte, y cuidado con el hampa

que yo sigo mi camino con alegre carcajada…”



Y a pasos ráudos llegué al refugio, y fui acogido,

donde me dieron sopa rancia y un trozo de pan añejo;

y tras paladear este lujo, recordé al extraño viejo

arrellenando su piedra en el abandono sumergido.



Y sin pensarlo dos veces tomé una hogaza de pan

y salí, a paso veloz, sin que nadie me viera,

dispuesto a agasajar a aquella alma pordiosera

y brindarle, aunque fuese, una pequeña caridad.



Pero al llegar al callejón no encontré al anciano

y aunque resultó algo extraño, pude hallar su piedra:

Solitaria e inconmovible, aunque difería en forma cierta

y pude percibir en ella un brillo extraordinario…



Y al tocarla, qué sorpresa, pude ver su naturaleza,

un trozo de oro macizo, de veintiún quilates,

una fortuna inenarrable, que me convirtió en magnate

y de la mísera vagancia salté a la realeza.



Y hoy, sentado en limosina, recuerdo a ese anciano,

y trato de entender el cómo opera el curioso destino…

Pero pese a que una hogaza de pan me valió volverme fino

sigo creyendo que todo esto es mucho más que extraño.
 
Última edición:
Deambulaba sobre el frío pavimento,


escoltado por las luces de neón,

atravesando de callejón a callejón

en busca de un poco de alimento



engrillado a mi errático destino,

taciturno y menguado de esperanzas:

Carente de poesía y sus retoricas semblanzas

en donde el percal oficiaba de lino.



Y súbitamente, encontré en mi camino,

un anciano sentado en una piedra;

A su alrededor, basura que la gente avienta,

y en su curtido rostro, resumen de su destino



“salud y paz, abuelo -le dije-

qué lugar para encontrarte

¿no crees que ya es muy tarde

y no debieses estar en el suelo?”



“saludos amigo vagabundo -me dijo-

seas bienvenido a mi humilde morada:

No es un alcázar de barroca fachada

pero es mío, y es mi mundo”.



“Tu mundo es menudo, bastante singular -dije-

Y déjame decirte que frisa en lo ordinario;

Creo que la calle te ha hecho su presidiario

y por sus locas veladas te has tornado peculiar…”



“Si eso es lo que ves, me parece genial -replicó-

y quizás no pueda culparte de estar equivocado,

Solo soy un anciano, en una roca sentádo,

Y la soledad de la luna es mi único manantial…



Pero si observas bien, mi desconocido amigo,

verás que poseo la mayor de las riquezas:

Soy dueño de mis actos y conozco mis flaquezas

Y he encontrado la dicha en ser solo un mendigo”



“¿Cómo puedes disfrutar todo esto -dije-

si apenas tienes alimento para subsistir,

y en este callejón, cualquiera te puede herir...

Ver tu inconsciencia se comienza a hacer molesto



debieses y tomar tu piedra y seguir adelante,

a pocas cuadras, donde voy, hay un buen refugio,

y pese a que no es un hotel, es buen subterfugio

para capear el abandono de esta vida denigrante…”



“Gracias, pero declino muy categórico,

no soy ave de jaulas ni arropados embelecos:

Eso, es para aquellos que les gusta sentirse muñecos

de la caridad a granel y su semblante pictórico



y yo soy un consumado bebedor de los espacios,

príncipe de los palacios que el albedrio puede lograr;

Y solo puedo existir, cuando mi piel llega a volar,

y vivir en un refugio, sería volverme batracio…”



“Bueno, es tu opción, ya no diré más nada,

se ve en tu mirada que hablas desde tu alma;

Te deseo buena suerte, y cuidado con el hampa

que yo sigo mi camino con alegre carcajada…”



Y a pasos ráudos llegué al refugio, y fui acogido,

donde me dieron sopa rancia y un trozo de pan añejo;

Y tras paladear este lujo, recordé al extraño viejo

arrellenando su piedra en el abandono sumergido



y sin pensarlo dos veces tomé una hogaza de pan

y salí, a paso veloz, sin que nadie me viera,

dispuesto a agasajar a aquella alma pordiosera

y brindarle, aunque fuese, una pequeña caridad



pero al llegar al callejón no encontré al anciano

y aunque resultó algo extraño, pude hallar su piedra:

Solitaria e inconmovible, aunque difería en forma cierta

y pude percibir en ella un brillo extraordinario…



Y al tocarla, que sorpresa, pude ver su naturaleza,

un trozo de oro macizo, de veintiún quilates,

una fortuna inenarrable, que me convirtió en magnate

y de la mísera vagancia salté a la realeza.



Y hoy, sentado en limosina, recuerdo a ese anciano,

y trato de entender el cómo opera el curioso destino…

Pero pese a que una hogaza de pan me valió volverme fino


sigo creyendo que todo esto es mucho más que extraño…….

Buen relato, me permito hacer correcciones ortográficas y de puntuación.
Abrazos para ti,:::gafas1:::
 

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