Carrió
José Carrió Seser
Bajo la verde cortina del sauce
cada tarde se sentaba aquel anciano;
el banco, tanto tiempo su reposo, le era casi reservado,
como si el solitario parque
esperase que aquel ser avejentado
diese el último toque de color a su paisaje.
Sentado allí, pensando en sus vivencias de antaño,
en sus ojos una lágrima fugaz se adivinaba,
¡que lejos quedaba su bastón!, apoyo de los años,
en la gloriosa juventud que recordaba.
Desgranando poco a poco sus recuerdos
las horas se pasaron velozmente
y el tiempo, que todo lo consume,
estaba ya la tarde oscureciendo;
ya la luz a sus ojos se extinguía,
tomó el bastón y miró al cielo,
la tarde igual que él envejecía,
la tarde como él iba muriendo.
cada tarde se sentaba aquel anciano;
el banco, tanto tiempo su reposo, le era casi reservado,
como si el solitario parque
esperase que aquel ser avejentado
diese el último toque de color a su paisaje.
Sentado allí, pensando en sus vivencias de antaño,
en sus ojos una lágrima fugaz se adivinaba,
¡que lejos quedaba su bastón!, apoyo de los años,
en la gloriosa juventud que recordaba.
Desgranando poco a poco sus recuerdos
las horas se pasaron velozmente
y el tiempo, que todo lo consume,
estaba ya la tarde oscureciendo;
ya la luz a sus ojos se extinguía,
tomó el bastón y miró al cielo,
la tarde igual que él envejecía,
la tarde como él iba muriendo.