Eduardo Morguenstern
Poeta que considera el portal su segunda casa
Se que en lo profundo del corazón
yace el misterio…
Más allá de lo orgánico,
donde habitan las fuerzas portentosas de la vida…
Más allá de la materia, entresijos del enigma,
Oquedades del Silencio…
Cálida geoda de radiantes, de invisibles cuarzos
En la oscuridad más honda,
rutilantes brillos de escondidos, diminutos soles de obsidiana,
son el santuario en que mora el Señor de mi vida:
Ahí preside ese amor inefable que mi torpeza ignora,
que mi desafinada conciencia mal traduce,
Que mis actos tropezantes hieren...
Que mis voces balbuceantes oscurecen.
Pero a veces en los sueños se vislumbra
Su brillo inefable, Su Voz de brisas perfumadas,
Y me bendice, y me alienta, y me impulsa
Hacia el anhelo superior de Su contacto,
Y me atrae, magnético Amor, hacia sus notas
de siderales músicas silenciosas…
Ángel de Luz, que en mi trayecto
casi a ciegas por la vida, nunca te ofenda, no te ahuyente!
Tu paciencia, oh! Tan infinita! Sé que espera
Desde los siglos el momento tan glorioso del encuentro,
Más allá de las palabras que siempre ocultan La Verdad,
los conceptos, dualidades que separan,
más allá de los opuestos…
A mi ritmo inseguro y vacilante,
episódico y torpe es mi andar, zigzagueante,
pero allá voy, Señor, sé que he de alcanzarte.
E. Morguenstern.