epimeteo
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay un lugar en mi pueblo que se me antoja olimpíaco. Sin el menor esfuerzo te hace sentir que estás fuera del universo cardíaco que suelen ser las ciudades. Acudo, cuando puedo, a solazarme con tan bello paisaje.
Una mañana, en que la musa inspiradora de una de mis aficiones, que es la pintura, aún no se había desperezado de su nocturno sueño, y viendo que los pinceles se negaban a plasmar mi ideal colorido, cogí el bastón, a mi fiel amigo Ortega, a quien acomodé en el asiento delantero de mi coche y dirigí mi rumbo hacia ese delicioso lugar llamado la Alberca.
Situado cerca del pueblo, se encuentra este parnásico lugar, de entrada angosta, que parece anunciar al caminante las dificultades y el sufrimiento que va a tener antes de poder disfrutar de la ambrosía paisajística. Ante tamaña oposición por parte de los dioses opté por aparcar el coche a la entrada y hacer el resto del camino andando. Pero, no sé si por rebeldía o por pura comodidad, el caso es que me arriesgué y poniendo el coche nuevamente en marcha lo enfile hacia el abrupto camino. Entre piedras a evitar y escuchando la sexta de Beethoven, hizo que se estimulara, aún mas si cabía, mis apetitos olímpicos Al pie de la presa aparqué y cuando llegué a la cima, después de sortear innumerables peligros, con lanza en ristre (mi bastón) pude ver completado el cuadro con un hermoso y pequeño pantano, que mi imaginación quijotesca lo transformó en grande y hermoso lago, con sirenas de agua dulce entonando sus bellas canciones (orondas ranas) con traviesos faunos (jóvenes pescadores) alrededor del lago, violando su intimidad y que animosamente intentaban secuestrar a las nereidas (carpas) ajenas a sus intenciones.
Me instalé, en una gran piedra, abrí el libro en la pagina correspondiente y dejé que Ortega, con su sabia e inteligente dialéctica, delectara mis sentidos y despertara mi inteligencia, que a esas horas de la mañana suele estar compartiendo lesbiano lecho con la que se había negado a darme la combinación de los colores.
De vez en cuando interrumpía a mi buen amigo, para hacer una reflexión sobre lo que me había dicho. Y a veces, para ensanchar mi espíritu con la sensualidad del lugar.
Ensimismado en una de estas reflexiones, noté de repente algo extraño, oía algo parecido a un coro de niños de colorido bachiano. Cada vez llegaba a mis oídos y a mi espíritu con mayor claridad, hasta que ya no cupo ninguna duda: ¡Era un coro celestial! ¡Era el ÁNGELUS de las doce de cada día. Un maravilloso coro. Lo mas curioso es que cantaban en mi estomago Y fue entonces cuando despidiéndome de Zeus y su sequito, hice lo propio con los pequeños faunos e invitando cortésmente a mi amigo Ortega a que siguiera mis pasos, cerré el libro, cogí mi coche y desandando lo andado, me dirigí resueltamente a mi casa, donde mi mujer me estaba esperando con un suculento desayuno, al que acompañé con un refrescante clarete de esta maravillosa villa.
Una mañana, en que la musa inspiradora de una de mis aficiones, que es la pintura, aún no se había desperezado de su nocturno sueño, y viendo que los pinceles se negaban a plasmar mi ideal colorido, cogí el bastón, a mi fiel amigo Ortega, a quien acomodé en el asiento delantero de mi coche y dirigí mi rumbo hacia ese delicioso lugar llamado la Alberca.
Situado cerca del pueblo, se encuentra este parnásico lugar, de entrada angosta, que parece anunciar al caminante las dificultades y el sufrimiento que va a tener antes de poder disfrutar de la ambrosía paisajística. Ante tamaña oposición por parte de los dioses opté por aparcar el coche a la entrada y hacer el resto del camino andando. Pero, no sé si por rebeldía o por pura comodidad, el caso es que me arriesgué y poniendo el coche nuevamente en marcha lo enfile hacia el abrupto camino. Entre piedras a evitar y escuchando la sexta de Beethoven, hizo que se estimulara, aún mas si cabía, mis apetitos olímpicos Al pie de la presa aparqué y cuando llegué a la cima, después de sortear innumerables peligros, con lanza en ristre (mi bastón) pude ver completado el cuadro con un hermoso y pequeño pantano, que mi imaginación quijotesca lo transformó en grande y hermoso lago, con sirenas de agua dulce entonando sus bellas canciones (orondas ranas) con traviesos faunos (jóvenes pescadores) alrededor del lago, violando su intimidad y que animosamente intentaban secuestrar a las nereidas (carpas) ajenas a sus intenciones.
Me instalé, en una gran piedra, abrí el libro en la pagina correspondiente y dejé que Ortega, con su sabia e inteligente dialéctica, delectara mis sentidos y despertara mi inteligencia, que a esas horas de la mañana suele estar compartiendo lesbiano lecho con la que se había negado a darme la combinación de los colores.
De vez en cuando interrumpía a mi buen amigo, para hacer una reflexión sobre lo que me había dicho. Y a veces, para ensanchar mi espíritu con la sensualidad del lugar.
Ensimismado en una de estas reflexiones, noté de repente algo extraño, oía algo parecido a un coro de niños de colorido bachiano. Cada vez llegaba a mis oídos y a mi espíritu con mayor claridad, hasta que ya no cupo ninguna duda: ¡Era un coro celestial! ¡Era el ÁNGELUS de las doce de cada día. Un maravilloso coro. Lo mas curioso es que cantaban en mi estomago Y fue entonces cuando despidiéndome de Zeus y su sequito, hice lo propio con los pequeños faunos e invitando cortésmente a mi amigo Ortega a que siguiera mis pasos, cerré el libro, cogí mi coche y desandando lo andado, me dirigí resueltamente a mi casa, donde mi mujer me estaba esperando con un suculento desayuno, al que acompañé con un refrescante clarete de esta maravillosa villa.