Las raíces del pálido árbol blasfemo,se hunden en la sombra de una tierra que humea miasmas de reciente mortandad.Es entonces cuando la resina de tal arbusto resbala como el unto por la corteza quebrada,haciendo vanas las intenciones del sedicioso mortal de encaramarse con sus frágiles pies y manos a la copa gloriosa,donde un alud de hojas musita una canción espectral;en acción de gracia a la infinita pradera celestial que pende como un hilo de cónclave residual.El arbusto centenario respira llameantes estrellas de un crepúsculo de vega,fermentada en la caldeada olla de esa vieja figura de plata que es la luna.Pero cuando la noche remite,y deja su imperio de luces vacuas y tinieblas densas al amanecer de una alborada repleta de lupanares,se va marchitando nuestro fehaciente vegetal de olores y voces omnímodas,deshaciéndose en turbio agua de manantial.Yendo su germen inmortal a caer a otra verde galaxia aún sin desgarrar.