Ángel33
Poeta recién llegado
El despertador no suena. Es sábado, pero eso no importa. El despertador lleva tres días averiado. Lo arreglé con un martillazo. Ahora suena cuando quiere. Esta vez ha querido a las seis y cuarto.
Me levanto, me pongo la ropa, me meto en la ducha. El agua está tibia, no caliente. La caldera se ha suicidado en silencio. La respeto por eso. Si alguna vez me suicido, también lo haré en silencio, sin molestar a los vecinos. Me seco con la toalla que estuvo húmeda desde ayer. El cuerpo no se queja. El cuerpo ha aprendido a no esperar nada.
Salgo. El sol me recibe con un puñetazo amable. No es que me odie, es que no sabe saludar de otra forma. Le devuelvo el saludo con un parpadeo. No nos debemos nada.
En la acera, un cartel reza: "Se vende ilusión. Preguntar al portero". El portero no está. Nunca está cuando hace falta. Cuando sobra, siempre está. Una señora mayor arrastra un carrito de la compra. El carrito tiene una rueda rota. La señora no se da cuenta. O se da cuenta y le da igual. Esa es la dignidad: enterarse y no importarte.
La oficina huele a café recalentado y a impaciencia. La jefa me mira como si yo fuera un mueble. Los muebles también tienen sentimientos, pero no se les permite expresarlos. Yo también soy un mueble. Un mueble con nómina.
En la pausa, bajo a la máquina de tabaco. Compro un paquete de diez. El dependiente me dice: "¿feliz?". "No, gracias", respondo. No entiende mi respuesta. Le da igual. Todos le dan igual. Fumo en la puerta. El humo sube, se deshace, no deja rastro. Ojalá el cansancio fuera tan fácil de disolver.
El metro va lleno de gente que no se mira. Un chico escucha música con los cascos puestos. Suena tan alto que yo también la escucho. Es una canción triste que habla de amores que se fueron. Me sé la letra. La canto bajito. El de al lado me mira mal. No le importa la canción, le importa mi boca. Cierro la boca. Ahora el de al lado ya no me mira. Ha ganado.
Al salir, un mendigo pide monedas. Le doy una. "¿Para qué?", pregunta. "Para ti", digo. "No, para qué me das esto si total me voy a morir igual". Le explico que la muerte no es un argumento, que la muerte es solo el final. Él no me cree. Tiene razón.
Llego a casa. El ascensor no baja porque le da la gana. Bajo andando. En el tercer piso, un cartel dice: "Prohibido leer esto". Lo leo. En la puerta de mi casa, alguien ha escrito: "Hoy es el día". No sé qué día. Entro. No ceno. La cena es un trámite que se puede saltar.
Me pongo el chubasquero. No va a llover. Me lo pongo para algo. Me siento en el taburete. El taburete cojea, pero no se queja. El taburete tiene más dignidad que mucha gente.
Apago la luz. El vacío no tarda en aparecer. No hace falta pedirlo. El vacío llega solo, como la muerte, como el silencio después de una discusión que nadie ganó.
El vacío llena. No de cosas, de espacio. El espacio es lo único que no pesa. El espacio es lo único que no duele. El espacio es lo único que no espera nada de ti.
Me duermo. Mañana será otro día. O no. Da igual. En eso consiste seguir. No en tener motivos, no en tener esperanzas, no en tener un plan. Seguir es seguir. Y punto.
Me levanto, me pongo la ropa, me meto en la ducha. El agua está tibia, no caliente. La caldera se ha suicidado en silencio. La respeto por eso. Si alguna vez me suicido, también lo haré en silencio, sin molestar a los vecinos. Me seco con la toalla que estuvo húmeda desde ayer. El cuerpo no se queja. El cuerpo ha aprendido a no esperar nada.
Salgo. El sol me recibe con un puñetazo amable. No es que me odie, es que no sabe saludar de otra forma. Le devuelvo el saludo con un parpadeo. No nos debemos nada.
En la acera, un cartel reza: "Se vende ilusión. Preguntar al portero". El portero no está. Nunca está cuando hace falta. Cuando sobra, siempre está. Una señora mayor arrastra un carrito de la compra. El carrito tiene una rueda rota. La señora no se da cuenta. O se da cuenta y le da igual. Esa es la dignidad: enterarse y no importarte.
La oficina huele a café recalentado y a impaciencia. La jefa me mira como si yo fuera un mueble. Los muebles también tienen sentimientos, pero no se les permite expresarlos. Yo también soy un mueble. Un mueble con nómina.
En la pausa, bajo a la máquina de tabaco. Compro un paquete de diez. El dependiente me dice: "¿feliz?". "No, gracias", respondo. No entiende mi respuesta. Le da igual. Todos le dan igual. Fumo en la puerta. El humo sube, se deshace, no deja rastro. Ojalá el cansancio fuera tan fácil de disolver.
El metro va lleno de gente que no se mira. Un chico escucha música con los cascos puestos. Suena tan alto que yo también la escucho. Es una canción triste que habla de amores que se fueron. Me sé la letra. La canto bajito. El de al lado me mira mal. No le importa la canción, le importa mi boca. Cierro la boca. Ahora el de al lado ya no me mira. Ha ganado.
Al salir, un mendigo pide monedas. Le doy una. "¿Para qué?", pregunta. "Para ti", digo. "No, para qué me das esto si total me voy a morir igual". Le explico que la muerte no es un argumento, que la muerte es solo el final. Él no me cree. Tiene razón.
Llego a casa. El ascensor no baja porque le da la gana. Bajo andando. En el tercer piso, un cartel dice: "Prohibido leer esto". Lo leo. En la puerta de mi casa, alguien ha escrito: "Hoy es el día". No sé qué día. Entro. No ceno. La cena es un trámite que se puede saltar.
Me pongo el chubasquero. No va a llover. Me lo pongo para algo. Me siento en el taburete. El taburete cojea, pero no se queja. El taburete tiene más dignidad que mucha gente.
Apago la luz. El vacío no tarda en aparecer. No hace falta pedirlo. El vacío llega solo, como la muerte, como el silencio después de una discusión que nadie ganó.
El vacío llena. No de cosas, de espacio. El espacio es lo único que no pesa. El espacio es lo único que no duele. El espacio es lo único que no espera nada de ti.
Me duermo. Mañana será otro día. O no. Da igual. En eso consiste seguir. No en tener motivos, no en tener esperanzas, no en tener un plan. Seguir es seguir. Y punto.