Kwisatz
Poeta asiduo al portal
EL AUTÉNTICO ANTISISTEMA
Es un hecho que hemos nacido en una sociedad de consumo. Vivimos insertos en ella. Más que eso, somos parte de ella. Ella nos alimenta y nosotros la alimentamos.
Por eso me resulta cómico ver como los medios de comunicación se refieren a los vándalos que aprovechan cualquier acontecimiento públicos para arremeter contra el mobiliario público y los comercios privados como “antisistemas”.
Actos de ira irracional que no solucionan nada, el equivalente a rabietas de niños frustrados. Un vano forcejeo para liberarse cadenas que los más lúcidos de entre ellos intuyen.
Pero no, no son cadenas. Es algo más delicado y a la vez peligroso. Es un cordón umbilical.
Si se corta existe el riesgo de morir de inanición si el ser que se desprende de él no está del todo formado.
Ser un auténtico antisistema consiste en cortar ese cordón umbilical… y no morir en el intento.
¿Cuántos de los que vivís en la civilización podríais afirmar que no consumís nada producido por el Sistema? ¿Quién no consume electricidad? ¿Quién no compra nada en los supermercados? ¿Quién no dispone de un vehículo? Y así una multitud de preguntas similares.
El auténtico antisistema en realidad es el perfecto autarca. Aquel que no consume energía o la produce él mismo, aquel que produce sus propios alimentos, aquel que cubre sus necesidades ajeno a la sociedad de consumo.
Verdaderos antisistemas son las tribus que aún sobreviven en lugares remotos del planeta. Y ya sabemos cómo se emplea el Sistema para acabar con ellos.
Pero no es la violencia donde se fundamenta el poder del Sistema. Es en la persuasión, en la cotidianeidad, en las pequeñas cosas que componen nuestro día a día. Cualquiera que haya leído “Fundación” de Isaac Asimov ya intuirá a qué me refiero.
Vivimos en un mundo dominado por príncipes mercaderes.
¿Quién está dispuesto a renunciar a sus comodidades diarias? ¿Al bienestar que produce abrir un grifo y tener agua salubre a tu disposición? ¿A todos esos aparatos que nos “facilitan” la vida diaria y nos proporcionan confort y entretenimiento con sólo conectarlos a una de las arterias energéticas de nuestra urbe?
Es ese el cordón umbilical al que me refiero. Tan poderoso como la necesidad humana.
Esta es la trampa del progreso, y no hay vuelta atrás.
Ahora bien, el poder que manejan los príncipes mercaderes no es inherente. Es un poder concedido por la fuerza que mueve los engranajes del sistema: el Consumo.
Si una de las grandes revelaciones del siglo XIX-XX fue la del poder del Trabajo, la del siglo XXI debe ser la del Consumo.
Es en la capacidad de consumo de cada ciudadano donde reside el auténtico poder. Si queréis rebelaros contra el Sistema usadla. Aprovechad la codicia de los príncipes mercaderes en vuestro beneficio.
No nos queda otra.
Es un hecho que hemos nacido en una sociedad de consumo. Vivimos insertos en ella. Más que eso, somos parte de ella. Ella nos alimenta y nosotros la alimentamos.
Por eso me resulta cómico ver como los medios de comunicación se refieren a los vándalos que aprovechan cualquier acontecimiento públicos para arremeter contra el mobiliario público y los comercios privados como “antisistemas”.
Actos de ira irracional que no solucionan nada, el equivalente a rabietas de niños frustrados. Un vano forcejeo para liberarse cadenas que los más lúcidos de entre ellos intuyen.
Pero no, no son cadenas. Es algo más delicado y a la vez peligroso. Es un cordón umbilical.
Si se corta existe el riesgo de morir de inanición si el ser que se desprende de él no está del todo formado.
Ser un auténtico antisistema consiste en cortar ese cordón umbilical… y no morir en el intento.
¿Cuántos de los que vivís en la civilización podríais afirmar que no consumís nada producido por el Sistema? ¿Quién no consume electricidad? ¿Quién no compra nada en los supermercados? ¿Quién no dispone de un vehículo? Y así una multitud de preguntas similares.
El auténtico antisistema en realidad es el perfecto autarca. Aquel que no consume energía o la produce él mismo, aquel que produce sus propios alimentos, aquel que cubre sus necesidades ajeno a la sociedad de consumo.
Verdaderos antisistemas son las tribus que aún sobreviven en lugares remotos del planeta. Y ya sabemos cómo se emplea el Sistema para acabar con ellos.
Pero no es la violencia donde se fundamenta el poder del Sistema. Es en la persuasión, en la cotidianeidad, en las pequeñas cosas que componen nuestro día a día. Cualquiera que haya leído “Fundación” de Isaac Asimov ya intuirá a qué me refiero.
Vivimos en un mundo dominado por príncipes mercaderes.
¿Quién está dispuesto a renunciar a sus comodidades diarias? ¿Al bienestar que produce abrir un grifo y tener agua salubre a tu disposición? ¿A todos esos aparatos que nos “facilitan” la vida diaria y nos proporcionan confort y entretenimiento con sólo conectarlos a una de las arterias energéticas de nuestra urbe?
Es ese el cordón umbilical al que me refiero. Tan poderoso como la necesidad humana.
Esta es la trampa del progreso, y no hay vuelta atrás.
Ahora bien, el poder que manejan los príncipes mercaderes no es inherente. Es un poder concedido por la fuerza que mueve los engranajes del sistema: el Consumo.
Si una de las grandes revelaciones del siglo XIX-XX fue la del poder del Trabajo, la del siglo XXI debe ser la del Consumo.
Es en la capacidad de consumo de cada ciudadano donde reside el auténtico poder. Si queréis rebelaros contra el Sistema usadla. Aprovechad la codicia de los príncipes mercaderes en vuestro beneficio.
No nos queda otra.
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