Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Frente a la casa solariega,
en la plazuela de tierra,
se alza el olmo frondoso y viejo
donde la oropéndola tiene su nido.
Se cubrirá de hojas el olmo
para dar cobijo al ave que canta
y abrazarán sus ramas a los polluelos
cuidando de que no caigan.
Desde mi ventana oigo,
en su canto alegre de la mañana,
con el sol de oro,
los buenos días de plata.
Y sigo sus vuelos,
el cuidado de su puesta,
los desvelos,
el día a día de su vivir,
la conquista del hoy
que le dará un mañana.
Mañanas de verano
en que me acompañará
hasta que vengan los fríos.
Llegará puntual su trino
con la alborada
y yo estaré esperando
en el amor de la cama.
Romperá la primera luz del día
por el hueco de mi ventana.
Levantaré la persiana
para que la claridad bañe mi cara
y dibujaré una sonrisa cómplice
a la oropéndola que se desliza por la mañana.
Cuando pasen los días,
abandonará el nido conocido,
se irá buscando lejanos calores,
viajando aires, bebiendo nieblas,
dejando amores.
Tiembla el olmo desnudo
las ausencias del amor viajero
y enseña sus ramas nudosas,
su cuarteada corteza…
No cortes el olmo, leñador,
no hieras la plaza,
que cuando llegue el calor,
vendrá el ave amiga buscando su nido
y, de verdad,
lo necesita mi corazón herido.