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El bamboleo (después del derrumbe, entre vértigos y risas torcidas)

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Caí, claro. No con elegancia de trapecista ni con el aplomo dramático de una actriz de radionovela, no. Caí como caen los que no están preparados ni para el suelo ni para la metáfora: con el alma a medio doblar y el cuerpo recordando que la gravedad no perdona.

Después vino el bamboleo.
Ese vals sin música que te regalan los golpes en la sien y el ego.
Las paredes se hicieron líquidas. La silla me hizo un guiño sarcástico. La alfombra flotaba como si la hubieran inflado con helio y malas intenciones.
Mis piernas, esas traidoras, se convirtieron en dos tallarines pasados.

Y yo ahí, dando pasos como si bailara con la muerte, pero sin ensayar.
La cabeza me giraba, no como un planeta ordenado, sino como licuadora sin tapa.
Un mareo con aroma a sarcasmo,
con sabor a “te lo dije” de la abuela
y eco de risas enlatadas.

—¿Estás bien? —preguntaron,
mientras yo intentaba negociar con el piso.
Ese mismo piso que antes ignoraba y ahora me exigía respeto con cada latido de mi cadera magullada.

Quise responder algo poético, algo profundo...
Pero solo logré un “Mmmmugh”, que traduce en idioma caído:
“Estoy bailando con el diablo y usa crocs talla 48.”

Me levanté, finalmente, como resaca de domingo.
Con dignidad descompuesta y el orgullo en yeso.
Caminé tres pasos. Bamboleé otros cinco.
Y entendí que la caída no duele tanto como el ridículo que te arrastra por la alfombra de la conciencia.

Ahí supe que el mareo es solo el cuerpo que se ríe de uno,
con la sutileza de un payaso borracho en un funeral.

Y aún tambaleando,
di gracias.
Porque al menos esta vez,
no me caí del alma.

Solo del cuerpo.
Y del pedestal,
que por torpe, ya estaba flojo.
 
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