BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Como el barbo que muerde el anzuelo, bajo
el cieno, o más lejos, como el árbol
que hundiera sus raíces en un territorio
muerto, estéril. Como las vecindades
de orines y pestilencias que se ocupan
de acabar con el perímetro perfecto de las ciudades.
Como ese latido de insomnio de los que sufren
abrazados a las estatuas.
Más. Como esa larga sucesión de edificios
que nada significan, sino la horrible mutilación
de una vaca, o de una selva necesaria.
Como las rosas que se tatúan los marineros
agolpados en las puertas de las cafeterías, pidiendo
limosna, o matarratas. O como esos cráneos imbéciles
que sostienen un imperio de cables y circuitos eléctricos.
Como la manzana que se pudrió junto al membrillo casero.
Como la sangre enferma del lucio que escapa bajo
el lodo y las manos sucias-.
©
el cieno, o más lejos, como el árbol
que hundiera sus raíces en un territorio
muerto, estéril. Como las vecindades
de orines y pestilencias que se ocupan
de acabar con el perímetro perfecto de las ciudades.
Como ese latido de insomnio de los que sufren
abrazados a las estatuas.
Más. Como esa larga sucesión de edificios
que nada significan, sino la horrible mutilación
de una vaca, o de una selva necesaria.
Como las rosas que se tatúan los marineros
agolpados en las puertas de las cafeterías, pidiendo
limosna, o matarratas. O como esos cráneos imbéciles
que sostienen un imperio de cables y circuitos eléctricos.
Como la manzana que se pudrió junto al membrillo casero.
Como la sangre enferma del lucio que escapa bajo
el lodo y las manos sucias-.
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