La bella infanta de dulces ojos de miel camina por la vereda azul mate. Una especie de arpegio musical trastoca sus mientes de santa moza. Ella no duda en que es la llamada atrayente del amor. Cuando ya ha llegado al legado de un río, que corre espumoso, se encuentra con un príncipe encantado. Todo él enarbolado con el manto plateado de una noche que ha caído como un moribundo milano. Lleva en su mano de fuego un arpa. Ella se da cuenta del desliz. Y le pregunta qué quiere de ella. Él deja el noble instrumento y va acercándose hacia ella como el sacro influjo lunar creciente. Sus ojos encendidos de pasión furibunda espantan a la fémina. Pero el noble y apuesto muchacho ya la tiene agarrada de los brazos. En un silencio latente de la madre natura le da el beso de la muerte. Y ella, desvanecida, cae al manto verdín como cadáver impoluto. Mientras la triste figura masculina recoge su instrumento y se disipa en una humareda de mirra requemada.