Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
Entonces era niebla, luego en el big bang de los andantes, tu campo de bosones amasaba mis cuerpos con tu cuerpo.
Había en tus ojos omniscientes, inmensos como páginas en blanco, hambrientas de los verbos del pan diario, un presagio furioso de estaciones.
Del solaz en la tibia tarde de los pechos, al tifón del deseo reprimido. De la ingenua llovizna de tu risa, a heladas quemando mis cosechas. De la erudición en laberintos, cual Dédalo en sus alas de pájaros prestados, a la resolución de tintas inmanentes, como verdes prendidos del asfalto, por ejemplo. De lizos azabaches, con sus caricias tan a tiempo por la noche, a los hilos de Ariadna, raídos de cronómetros, fingiendo cada fuga del espectro de los grises, que manchan las nevadas.
Vuelto del universo que sojuzgas, he encontrado en el barro ánforas nuevas y este pueblo pequeño…Del horno de las tardes en los bosques, nacen los trenes como ríos descendiendo, con todos nuestros rostros volviendo de trincheras en batalla, urgidos del ungüento de las madres.
Traen también las risas de los niños que fuimos descontando, en el juego suicida de implicarnos.
Vamos así forjando otros caminos, de erráticas orillas, de formas asimétricas, de incongruentes premuras. Trasmutando los tiempos de tu tiempo.
Que sólo calibrando sombras de la verdad inmensa de tus ojos, se diluyen las muertes, la ciencia duele menos y saberte conjuga, mis verbos en amarte.
Había en tus ojos omniscientes, inmensos como páginas en blanco, hambrientas de los verbos del pan diario, un presagio furioso de estaciones.
Del solaz en la tibia tarde de los pechos, al tifón del deseo reprimido. De la ingenua llovizna de tu risa, a heladas quemando mis cosechas. De la erudición en laberintos, cual Dédalo en sus alas de pájaros prestados, a la resolución de tintas inmanentes, como verdes prendidos del asfalto, por ejemplo. De lizos azabaches, con sus caricias tan a tiempo por la noche, a los hilos de Ariadna, raídos de cronómetros, fingiendo cada fuga del espectro de los grises, que manchan las nevadas.
Vuelto del universo que sojuzgas, he encontrado en el barro ánforas nuevas y este pueblo pequeño…Del horno de las tardes en los bosques, nacen los trenes como ríos descendiendo, con todos nuestros rostros volviendo de trincheras en batalla, urgidos del ungüento de las madres.
Traen también las risas de los niños que fuimos descontando, en el juego suicida de implicarnos.
Vamos así forjando otros caminos, de erráticas orillas, de formas asimétricas, de incongruentes premuras. Trasmutando los tiempos de tu tiempo.
Que sólo calibrando sombras de la verdad inmensa de tus ojos, se diluyen las muertes, la ciencia duele menos y saberte conjuga, mis verbos en amarte.
Última edición: